07 de octubre de 2022

Tamara Falcó, en un momento del documental

Tamara Falcó, en un momento del documentalNetflix

La semana de la tele

La fe de «Tami» y la ciencia de Mapi

El docureality de la «campuchana» Tamará Falco en Netflix y la muñeca virtual del nuevo programa de La 1 marcan la semana televisiva

Mapi y «Tami». «Tami» y Mapi. Son los dos grandes nombres propios de la televisión en España en la semana que acaba.
La curiosa niña mitad virtual mitad real que La 1 se ha sacado de la manga del mago Jandro para competir con las hormigas de Pablo Motos dio sus primeros pasos este lunes, causando un considerable alboroto en las redes sociales.
Mapi plantea dudas científicas a los invitados, que salen del paso como buenamente pueden, pero siempre con gracia. En cuanto a la muñeca, hay a quien le da más miedo que la niña robot de El juego del calamar y cambia de canal al verla, pero también hay quien la adora y pide que la pongan a dar las campanadas junto a la Igartiburu. Como es común en España, se han formado dos bandos, que se tiran de los pelos en la arena virtual (por ahora). En cuanto a sus números, Mapi ha perdido por ahora las tres noches que se ha emitido (el jueves fue sustituida por el fútbol) frente a la repetición de El Hormiguero. Su cuota de pantalla ha sido de 7,6 %, y la media de espectadores, de 773.666. Ver tres números seis seguidos es mala señal, así que pasemos a hablar de «Tami».

El hilo espiritual

«Tami» es Tamará Falcó, que en la noche del jueves estrenó docureality en Netflix. Dicho está en El Debate que se deja ver, pero que la falta da espontaneidad, gran cualidad de la influencer, lastra el producto. El hilo conductor es que la ganadora de la cuarta edición de MasterChef Celebrity quiere abrir un restaurante efímero en un palacio que heredó de su padre. Quizá el producto habría funcionado mejor, habría sorprendido más, si se llega a apostar por la espiritualidad como asunto troncal. No lo es, si bien es cierto que las convicciones religiosas de Tamara aparecen puntualmente en todos los capítulos de la serie y especialmente en el titulado El camino de la fe, pero restando casi siempre solemnidad y sin querer profundizar. El rezo del rosario junto a tres amigas (Clara López de Lemus y las hermanas Finat: Ana y Casilda) deriva en un amago de incendio que concede a la escena un toque bufo. La visita a todo un Papa queda casi reducida a la anécdota de que justo en esa audiencia había cientos de chefs con su gorrito de cocinero y a que el Santo Padre la abronca porque se agacha en su presencia, y con ello, a la Virgen que porta en su mano. Francisco le bufa: «Él no quería que la Virgen se arrodillase delante de él. Me pareció súper bonito y súper humilde por su parte», reflexiona tras el curioso episodio Tamara, que se presentó ante el Papa con nada menos que 87 rosarios.
De las reflexiones de Tamara ya nos ocupamos en otra pieza en El Debate, donde las fuimos seleccionando por temas, pero acaso las más interesantes sean las religiosas, en las que profundizamos a continuación.
Cuenta cómo llegó la fe a su vida: «En vez de querer salir por las noches y, yo qué sé, tomarme siete copas y no sé qué, lo que me apetecía era quedarme en casa rezando el rosario, porque yo me sentía fenomenal». Y cómo la cambió: «Cuando empecé a escuchar, Dios se hizo aparente en muchas cosas de mi vida. No es que Dios antes no estuviera presente, sino que yo estaba como ciega, no lo podía ver. Cuando empecé realmente a creer en Él, empecé a florecer como persona desde dentro. Y eso me cambió la vida».
Más se la pudo cambiar, porque en un momento dado se planteó meterse a monja: «Llegué incluso a plantearme ser religiosa. Aunque al final ese no era el plan de Dios». Como no se casó con Dios, rezó a San Antonio para que le trajese un novio bueno, y entonces apareció Íñigo Onieva.
A Dios, Tamara lo tiene siempre presente, pero más cuando pisa el campo, porque ella, como su padre Carlos Falcó, es muy «campuchana»: «Yo a Dios lo descubro muchas veces en la naturaleza. O sea, en el silencio, en el ruido que hace la avena cuando pasa el viento. A mí la naturaleza me cura el alma», sentencia. «El campo es la mitad de mi alma. Mis experiencias más bonitas con Dios creo que las he tenido en el campo», añade a continuación.
La influencer, que introduce el hecho religioso en El Hormiguero siempre que tiene ocasión, hace también esta labor de apostolado en su docureality. En una época en que en la tele apenas hablan de Dios, asombra la naturalidad con que Tamara lo hace. Si hay próxima temporada, acabará seguro en apoteósica boda religiosa.
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