El director Mariano Ozores con los actores Irene Escolar, Luisa Gavasa y Antonio Resines
Cine
La feroz crítica que la Academia de Cine hizo de Mariano Ozores
El fallecimiento de Mariano Ozores nos recuerda que el cine más comercial de la industria española se ha apoyado en la comedia popular, aquella que engarza con los pasos de Lope de Rueda, los sainetes de Ramón de la Cruz y las comedias de Arniches o los hermanos Álvarez Quintero. No es casualidad que sus primeros pasos como guionista fueran de la mano de Alfonso Paso, el descendiente más cercano —aunque quede bien lejos— de aquella maravillosa generación formada por Jardiel, Mihura, Neville…
Sin embargo, el llevar esta tradición al límite para llenar las salas de cine valieron a Ozores, en su momento, una acerada crítica en el Diccionario del cine español, editado, bajo de la dirección de José Luis Borau, por la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España a finales del siglo pasado.
Una crítica excesiva hacia un director que, tras debutar con Las dos y media… y veneno en 1959, realizó alrededor del centenar de películas, algunas de ellas entre las más exitosas del cine español -aparte de escribir más de 150 guiones-. Quizás el secreto de la crítica académica resida, precisamente, en su éxito.
Así, tras mencionar sus comienzos artísticos de la mano de sus padres y de sus dos geniales hermanos, José Luis y Antonio —con el que este Diccionario también se ceba—, colaboraciones con La Codorniz y como pionero de TVE incluidas, este texto de la Academia suelta: «lo cierto es que en esa década de los sesenta […] Ozores dedicó los mejores esfuerzos a escribir las propias comedias, eso sí, cada vez más descaradamente orientadas a una comercialidad primaria, explotando lugares comunes, temas de actualidad y los complejos sexuales del español medio, siempre en el filo de la censura moral». El oficioso texto, a suerte de enciclopedia, de la Academia, carga contra su manera de hacer cine, aunque más adelante hay todavía más maledicencia contra el director madrileño.
Cierto es que sus películas pecan de tocar demasiados temas de actualidad, con chistes que han perdido su sentido con el paso de los años. Pero limitar el cine de sus años 60 y 70 a algunas películas de Gracita Morales (1) y otras de Paco Martínez Soria, es hacer de menos al realizador de, entre otras, ¡Cómo está el servicio! (1968), Susana (1969), Hay que educar a papá (1971) o Dos chicas de revista (1972), ninguna de las cuales menciona esta presunta enciclopedia de la Academia. ¡Si ni siquiera aparece citada Manolo, la nuit (1973), uno de los ejemplos paradigmáticos del landismo!
Más allá de que estas películas hayan envejecido mejor o peor, que el humor sea a menudo más o menos chabacano, aquellas películas llenaban salas. Y hacían industria, quizás el gran pecado de Mariano Ozores desde la perspectiva académica. Además, esa obsesión por la actualidad permite que sus películas muestren la sociedad de la época, con sus carencias, de una manera inopinadamente valiente.
En la entrada de este dichoso diccionario ni siquiera aparece el nombre de Lina Morgan, con la que rodó alrededor de media docena de películas. Pero, para más inri, no se mencionan los nombres de Andrés Pajares ni Fernando Esteso. ¿Cómo hablar de Mariano Ozores sin recordar Los bingueros (1979) o Yo hice a Roque III (1980), dos de las mejores muestras cinematográficas de cómo era y cómo se pensaba durante la transición? La razón probablemente sea el justificar el escabroso comentario del final.
Pero, antes de llegar ahí, hay que reconocer que este libro reconoce la capacidad de trabajo de Mariano Ozores, «fruto de un espíritu stajanovista (sic)». Solo en 1982 escribió y rodó 7 largometrajes. Y en un año como 1980, junto a otras, combinó El liguero mágico y El erótico enmascarado, dos clásicos del destape casposo y cómico de la época. En 1984, junto a otras tres películas, rodó Al este del oeste, cuya canción inicial es otro de esos detalles que compensan con creces el ver estas películas. El gran pecado del mediano de los Ozores fue rodar demasiado porque en cada una de sus películas hay algún detalle, algún chiste, alguna ligera chorrada, que te arranca una sonrisa y, de vez en cuando, una carcajada.
Por eso no se entiende que la Academia, cuando habla del final de su carrera, sin citar ninguna de las películas de los dos últimos párrafos, escriba: «Durante la transición política y en los primeros años de democracia, sus películas se decantan hacia posiciones conservadoras, haciendo de la sátira política de tintes ultraderechistas el principal filón». Ver ultraderechismo en el cine de Mariano Ozores es muestra de una mirada tremendamente sucia.
Casi dos décadas después, la Academia se retractó —de facto que no de palabra; ahí sigue el Diccionario— al darle el Goya de honor a Mariano Ozores.
Con su fallecimiento desaparece otro de los exponentes de la españolada, esa manera exagerada de hacer comedia que tanto nos hace reír —algo tan necesario en pleno Franquismo o durante los «años de plomo» de ETA—. Las muchas películas que rodó contribuyeron a que su genialidad, a menudo evidente, se diluyera en una carrera tan irregular pero que dio de comer a tantísima gente y que llevó a las salas a más de 90 millones de espectadores.
(1) Se puede criticar todo lo que se quiera películas como Operación Mata-Hari, pero ver a José Luis López Vázquez, en el papel de un superespía alemán, cortejando a Gracita Morales, doncella de la famosa espía y que se hace pasar por ella, es otro más de los muchísimos hilarantes hallazgos de este cineasta español.