22 de mayo de 2022

Mauricio Wiesenthal

Mauricio WiesenthalEl Debate

Mauricio Wiesenthal: «Algo peor que la censura es aplaudir, apoyar y ensalzar la ignorancia»

«Los nacidos en tiempos más duros creíamos que un país no sólo se enriquece, sino que también se conserva, se restaura y se embellece con trabajo», dice el escritor

Escuchar a Mauricio Wiesenthal es recibir una descarga de vida y de sentido común, desgraciadamente, cada vez más escaso. El genio, porque no se le puede llamar de otra manera, ha querido responder con su energía y generosidad habituales.
 
–¿Cómo ha cambiado España a su juicio en los últimos 50 años?
–Afortunadamente se han cambiado muchas cosas injustas que no funcionaban y que a los españoles de mi edad nos avergonzaban en los años sesenta y setenta, como el hecho de tener en la memoria una cruel guerra civil, y la vergüenza de vivir bajo tutela vigilada en una dictadura. Luego, cuando conseguimos con no poco esfuerzo por parte de todos, construir un país democrático, cimentado en civilizados pactos sociales, más justo y próspero, se comenzaron a desmontar y deconstruir otras cosas que siempre habían funcionado y funcionaban. Nosotros –los nacidos en tiempos más duros– creíamos que un país no sólo se enriquece, sino que también se conserva, se restaura y se embellece con trabajo (sobre todo trabajo) y respeto, exactamente igual que se levanta y prospera el hogar de una familia sencilla. Por eso el consejo que más nos repetían nuestros padres y educadores era «no toques eso, que se rompe». No había dinero para reponer las cosas rotas, y nos preguntábamos dónde encontraríamos fuerzas para sustituir las vidas de los maestros y de los mejores que, en aquellos años difíciles, nos iban dejando. Luego ya, con la tutela de ese paraíso tan confuso que llaman «el Estado del bienestar», aparecieron muchos vividores (algunos simpáticos, pero otros malencarados, irresponsables y vagos), que pusieron y ponen las manos donde no debieron ni deberían ponerlas. Esos pasmados que viven de la ayuda de un Estado social y civilizado, sin aportar nada ni devolver nada, parasitan el esfuerzo de los trabajadores y las rentas de lo que sembraron y labraron sus padres. ¿Han pensado ustedes qué asquerosamente «puro e inútil» es un vago sin compromiso laboral ni social, aunque quiera definirse como poeta de los ángeles y de las palomas o defensor de los pueblos? Por eso, –junto al trabajo sagrado de los que laboran y construyen– encontramos hoy tanta «ruina okupada», tanto fiscal del pasado que no es capaz de soportar ni la propia mochila de su historia, tanto cenizo de las lamentaciones, tanto botellón estúpido y tanto ruido. No habrá mañana dinero para reponerlo todo. Y esos años futuros de carencia y de dificultad volverán a estimular a generaciones valientes, trabajadoras, mejores y otra vez generosas. No los veré, pero los adivino y honro su lucha.

El problema de los planes estatales de estudio es que se redactan al revés: impuestos por burócratas acomodados que no quieren enseñar, en vez de reclamados y requeridos por alumnos que quieren aprender

¿Qué caracteriza a un intelectual español, si es que existe hoy tal figura?
–La figura existe y existirá siempre, porque son los que quieren aprender los que –a costa de dolor si hace falta– crean y levantan sus escuelas, sus talleres, sus gremios de aprendizaje y sus maestros, y no al revés. Ese es el problema de los planes estatales de estudio, que se redactan al revés: impuestos por burócratas acomodados que no quieren enseñar, en vez de reclamados y requeridos por alumnos que quieren aprender. Mientras haya madres y padres trabajadores habrá hijos e hijas con oficio. Pero en España –madre de secano y cuesta, país de dehesas solitarias y campos que exigieron a nuestra gente talla de piedra y trabajo duro, tierra de caminos de trashumancia larga, entre trigales, olivares y viñas de tarea difícil– el pueblo más pobre y sencillo, guiado a menudo por miserables caciques locales, se acostumbró a desconfiar del intelectual. A algunos los maltrató la Inquisición, y a otros pretendieron enderezarlos los diferentes regímenes políticos. «Enderezar a un intelectual» fue siempre tentación de demagogos y populistas, peores y más bestias si eran caciques nacionalistas que pretendían actuar por el bien de la patria. Por eso a menudo el «intelectual español» acaba siendo gruñón y algo ácrata, como un puma con boina (pienso en Baroja), o un cura con ojos de mochuelo (pienso en Unamuno), o un bruto genial como Quevedo (cojo por razones éticas, pues no cojeó nunca en razón ni retórica), o como aquella monja brava que repartía higas al diablo (pienso en nuestra buena madre Teresa de Jesús). También es verdad que Ortega y D'Ors consiguieron cultivar el espíritu en España con sombrero y corbata de lazo, pero eso es ya una forma refinada del cilicio que soportamos sólo los más resistentes.

Los pueblos tienen, en democracia, un poder oculto que se llama «dignidad», y ese valor no nos es desconocido a los españoles ni fue nunca raro en nuestra personalidad

–¿Cuál es la mayor diferencia entre los políticos de la Transición y los actuales?
–Que los que vienen detrás siempre son peores. Y, si no lo cree, sólo tiene que esperar. En la política siempre hubo lobos, pero –en la medida en que ellos tienen protección e inmunidad parlamentaria– ya vamos quedando entre los votantes menos ovejas.
–¿Le quita el sueño algún aspecto de la España presente?
–La selección cuidadosa y esmerada de los peores y las peores para ocupar los puestos de responsabilidad. Salvando excepciones valiosas, claro está.
–¿Es la cultura española actual mejor o peor que la que se hacía hace 50 años?
–Sin duda peor, pero eso es un proceso degenerativo y senil que afecta a toda Europa. Desde que era muy niño, pues acompañé a mi padre en cursos y congresos, tuve la suerte de conocer a maestros –profesores, artistas, científicos, misioneros, actores– de otro tiempo (me refiero a Menéndez Pidal, a Adolf Schulten, a Julián Marías, a Werner Heisenberg, a Paul Morand, a Albert Schweitzer, a Wolfgang Pauli, y a tantos otros) y me avergüenzo –después de una vida de estudio– al ver lo mucho que eran y lo poco que somos.

Hay muchas formas posibles de tener un hogar común, y todas ellas –sometidas a orden, justicia, responsabilidad y espíritu– caben bajo un pacto de concordia, de trabajo y de progreso

–¿Cree que sus nietos seguirán viviendo en una España unida y en forma de monarquía parlamentaria?
–Por el camino que llevamos nadie lo diría. Pero los pueblos tienen, en democracia, un poder oculto que se llama «dignidad», y ese valor no nos es desconocido a los españoles ni fue nunca raro en nuestra personalidad. Yo no creo en ciertos discursos de centrismo que manejan (ingenua o astutamente, pues de todo hay) los políticos para atraer a sus votantes. Lo ecuánime no se encuentra forzosamente en el centro de dos extremistas que discuten, sino que lo mejor suele estar precisamente «fuera de ambos». Entre «marteda» y «jueveda» siempre está «mier»… o sea, el mismo centro. Se trata, pues de hacer otra cosa, más digna, más auténtica, más verdadera. Hay muchas formas posibles de tener un hogar común, y todas ellas –sometidas a orden, justicia, responsabilidad y espíritu– caben bajo un pacto de concordia, de trabajo y de progreso. Eso es lo que llamo «derecho a disentir».

Algo peor que la censura es aplaudir, apoyar y ensalzar la ignorancia, la maldad, la injusticia, la fealdad y la estupidez

–¿Qué tres figuras culturales españolas de hoy cree que sobrevivirán al paso del tiempo?
–No soy un profeta ni me interesa serlo. Si fuese tan clarividente no sólo le daría esos nombres, sino incluso su número de teléfono para que los entreviste a ellos y no a mí. Ya se puede figurar que los que rechazaron y no quisieron editar los originales de Proust o los que quemaron los libros de Zweig, o los que fusilaron a Ramiro de Maeztu y a Lorca –por no salirnos de España– siguen estando representados por la incompetencia, la envidia y el odio en los tribunales que reparten la gloria.
–Vivimos en la era de una gran batalla cultural: la corrección política, la cancelación, el lenguaje inclusivo… ¿Un avance o una nueva forma de censura?
–Hay algo peor que la censura, que es aplaudir, apoyar y ensalzar la ignorancia, la maldad, la injusticia, la fealdad y la estupidez.
–Mirando el recorrido de su vida ¿Le queda algo por cumplir?
–A mi edad, como usted puede figurarse, he hecho y escrito ya casi toda mi historia y no poca geografía. La mayor parte de las cosas que me quedan por hacer son las que «no quise» ni debo ni quiero hacer. O sea, Dios me libre…
–¿Qué nos espera después de la muerte? ¿Se definiría como una persona de fe?
–Soy auténticamente una persona de fe. Lo mejor que me dio la vida es la fe que puse en ella y en los que amo, pues recibí mucho y –si tuve la fortuna, que no creo, de dar de más– es más bello dar que recibir. Sólo soy capaz de pensar en la vida, incluso cuando contemplo la muerte, y cuenta que ya la he mirado a la cara. Los funerales (hoy barbacoas o funerales) no me interesan. Los considero reuniones tristes a las que asisten unos pocos amigos, y todos aquellos a los que no quisimos ver en vida. A los primeros quisiera ahorrarles el trance, y a los últimos pienso hacer todo lo posible por fastidiarles ese perverso momento. Así que tengo el proyecto de sobrevivirles.
–¿Se atreve a contarnos algo que no haya referido jamás en una entrevista?
–Acabemos con buen humor, querido amigo. Escribí una Biblia en versión infantil y recorté los Diez Mandamientos en dos, porque el resto (la mujer de tu prójimo y cosas de este talante) me parecía demasiado para los niños. Un Banco –¡vaya por Dios, pues les debió gustar esa versión mía sin mención a «los bienes ajenos»– me patrocinó una edición en Chile, y cuando fui a presentar el libro a unos Grandes Almacenes, la azafata anunció por los altavoces: «En la primera planta, hoy presentamos la Biblia, firmada por su autor»… Ya ve por qué no me quedan ya pretensiones de «inmortalidad».
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