07 de diciembre de 2022

Cruzar el agua de Luisa Etxenike

Portada de «Cruzar el agua» de Luisa EtxenikeNocturna

«Cruzar el agua». Emigración y duelo en tres historias

Luisa Etxenike presenta un relato poliédrico en el que se muestran tres facciones diferentes del dolor y su reverso. 184 páginas de puro disfrute literario.

Cruzar el agua es la última novela de la donostiarra Luisa Etxenike. Esta autora, que cuenta con numerosas publicaciones, así como obras teatrales, fue galardonada en 2009 con el Premio Euskadi de Literatura por su novela El ángulo ciego y en Francia fue nombrada, en 2007, Caballero de la Orden de las Artes y las Letras.
En este nuevo libro se nos presenta un relato sobre emigración y duelo, que al mismo tiempo son tres historias entretejidas: la de Manuela, la de Irene y la de Juan Camilo. En una población costera, Irene, una diseñadora cuya vida se ha sumido en la oscuridad por culpa de un accidente en el que ha perdido la vista, contrata a Manuela para que se haga cargo de su casa. Manuela es una joven colombiana que acaba de abandonar su país de la mano de su hijo Juan Camilo, quien a sus nueve años ha decidido no volver a pronunciar palabra desde el momento en que puso un pie en su nueva vida.
Cruzar el agua de Luisa Etxenike

noctura / 184 págs.

Cruzar el agua

Luis Etxenike

Tanto el porqué de su silencio como los motivos que empujaron a su madre a abandonar su tierra resultan un misterio que se irá descubriendo conforme se vayan sucediendo las conversaciones entre los protagonistas de este relato, en el que ninguna de las tres voces que lo componen desentona ni genera desinterés.
Y si esto ocurre es gracias al talento —y experiencia— que su autora tiene para, con mucha inteligencia, manejar los vacíos de la historia, logrando en todo momento que se mantenga amena y ligera, algo en absoluto fácil; y lo hace tan bien que te empuja a seguir leyendo sin que apenas te des cuenta. Pero no se confunda la ligereza con la irrelevancia: leer a Luisa es deleitarse con una escritura bellísima, llena de poesía y con un manejo de las palabras y las imágenes que resbala como seda en los sentidos que intervienen en la lectura. No me extrañó, al repasar su biografía, descubrir que también es poeta.
Al enfrentarnos a Cruzar el agua, una historia en la que los personajes han sido perfilados con esmerado cuidado y detalle, empatizar con el dolor que le supone a Irene tener que aprender a convivir con su oscuridad, con su ceguera, es casi inevitable. «Aunque tal vez los ciegos no tienen oscuridad por dentro; quizá la noche solo está para ellos en las cosas y en la gente y en el paisaje de fuera; pero en su interior, en su escondite, sigue siendo de día». Y también es casi inevitable entender a Manuela, esa joven madre emigrante que ya no echa de menos su país porque «la nostalgia es tentación de regreso», y que ya apenas llama a su familia porque «siente que esas llamadas tiran de ella hacia abajo» y ella, como los globos, quiere poder coger más altura.

No se confunda la ligereza con la irrelevancia: leer a Luisa es deleitarse con una escritura bellísima

Son además los capítulos cortos (¡gracias!) de Cruzar el agua y la escritura tan alejada de la pompa y el repujado que Luisa ofrece en su novela los ingredientes que favorecen esa inercia y ligereza en la narración ya mencionadas. Si algo no tiene que resultar un libro, en mi opinión, es una carga —que para eso ya tenemos la propia vida—, y este me ha gustado especialmente por la curiosidad que me generaba descubrir con qué otro símil, con qué otra imagen preciosísima me iba a sorprender su autora en la siguiente línea: voces «como rotuladores de pizarra que ya se están acabando y casi no pintan», rostros resignados «como cañas caídas después de que les hayan pasado el machete» o el vacío de la oscuridad que llenan las palabras «como los muebles repetidos en una tienda». 184 páginas de puro disfrute literario.
Lo que he encontrado entre las páginas de Cruzar el agua me ha sorprendido mucho, lo he disfrutado y también me ha recordado algo que yo ya sabía, pero que a veces no está de más recordar: que si las joyas siempre se guardan en cofres pequeños, en el caso de los libros a veces se esconden en el catálogo de pequeñas editoriales.
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