06 de octubre de 2022

Portada de «En tierra de nadie» de Gabriel Albiac

Portada de «En tierra de nadie» de Gabriel AlbiacLa Esfera de los Libros

'En tierra de nadie': del antifranquismo maoísta al confinamiento por el virus que vino de China

Unas memorias que no se atienen a más plan que la confesión trepidante de un hombre que buscaba la belleza de la filosofía y halló el hartazgo de la política

Gabriel Albiac (Utiel, 1950) ha sido catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense, ha publicado dos docenas de libros que van desde el ensayo y la investigación académica hasta la novela, y colabora en medios como EsRadio o El Debate. Además de haber pasado por otras cabeceras, como El Mundo o Abc. En esta ocasión, Albiac plasma gran parte de sus recuerdos en una obra donde los escotillones y las sorpresas permiten conocer mejor a este filósofo, pero también la época en que se forjó, derritió y volvió a forjar su mentalidad, sus convicciones, y las de muchos otros a quienes leemos o escuchamos a menudo. Aunque el autor se confiese in terra nullius, lo cierto es que su paisaje resulta mucho más común. Conocer a Albiac es conocer a sus compañeros de viaje.
El estilo del libro es ágil, con un enorme dominio de sintaxis, ritmos y tonos. Si, además, el lector tiene cierta familiaridad con la voz de Albiac —por sus conferencias, sus tertulias en la radio—, no podrá evitar sentir que está escuchando al propio autor, con esa entonación a veces pétrea, de concepto denso que hay que subrayar, saborear y desmenuzar a la vez.
Por otro lado, este es un libro bastante caleidoscópico, de manera que da la impresión de que no hay plan establecido en la narración, sino que las confidencias se van soltando y construyendo a corazón abierto. Eso explica las distintas perspectivas, sobre todo subjetivas: en muchos casos, Albiac se retrotrae a su juventud con una viveza contundente, y pensamos que no es un Albiac septuagenario quien habla, sino Albiac con veinte años. Lo cual va a generar desencuentros, pasajes en que el lector se sienta incómodo, disconforme.
Portada de «En tierra de nadie» de Gabriel Albiac

La Esfera de los Libros / 444 págs.

En tierra de nadie

Gabriel Albiac

Porque Albiac —que inició la redacción de estas páginas durante el confinamiento originado por el virus procedente de Wuhan— no pretende justificar ninguna etapa de su vida: sólo las traslada, las expone, las disecciona. Nos topamos con el Albiac enconadamente antifranquista, un antifranquismo que no se sabe si demolía o liberaba. Un Albiac que, junto con sus compañeros, militó en el maoísmo, porque la utopía chinesca quedaba demasiado lejos como para comprobar que no era menos criminal que las demás intentonas del paraíso comunista. «Éramos bibliotecas andantes», afirma para explicar aquella alucinación intelectual. Quienes hayan leído Mayo del 68: fin de fiesta se harán cargo.
Es cierto que el libro es un testimonio —sin edulcorantes ni aderezos— de la universidad en Madrid y en París de los años 60 y 70; una universidad entregada al marxismo cultural, donde se veneraba a Sartre, Foucault, Althusser, Lévi–Strauss, y se leía con devoción a Wilhelm Reich y Das Kapital traducido. Pero también incluye Albiac críticas inequívocas a Dolores Ibárruri y Felipe González, como hitos en su itinerario de descreimiento político hacia un territorio inhabitado. Lo cual permite adentrar al lector en recorridos que se abren a más horizontes: Chile, Nueva York, Israel, la «movida madrileña». O Grecia, donde Albiac se encaró con un «orondo jubilado centroeuropeo … cuyos antepasados farfullaban una lengua bárbara», espetándole la superioridad inmortal del antiguo legado heleno.
Pero hay más Gabrieles Albiac en este libro. Aunque filósofo de aspiraciones cartesianas, more geometrico, discípulo del sefardí Spinoza, las paradojas y contradicciones nutren su biografía. Se define como misántropo, pero se refiere en repetidas ocasiones a su casa en el centro de Madrid —donde nadie con oclofobia podría resistir más de un mes—; y, como si parafraseara al poeta latino Estacio, asegura que nunca pretendió engendrar hijos, si bien acabó adoptando a dos hijas nacidas en la India. Estacio cantaba a su hijo putativo: «tiernecito niño, mi nombre fue tu primera palabra, y mis juegos eran tus risas»; y un eco de este cariño inocente parece escucharse cuando Albiac habla de Sami y Kumi. Al narrar los días en que ha sido auténticamente feliz, hay una resonancia de las memorias de Abderramán III y de los poemas de Catulo.
Y quizá el Albiac más próximo al lector —que, primero, habrá de inspeccionar con parsimonia las fotografías, en color y en blanco y negro, en la parte central del volumen— es aquel que, en las postreras páginas, dice a sus hijas —encantadas por saludarse con la reina durante la entrega del Premio Mariano de Cavia—: «¡Pero si nosotros somos republicanos!». Y ellas le replican: «Ya, pero mola». Continúa Gabriel Albiac: «Sí hijas, claro que mola. Sobre todo, y eso no lo sabéis aún, mola lo de haber mandado al cubo de la basura todas las convenidas convicciones que arruinan, hasta en sus más menudos gestos, nuestras vidas. Y reírse de todo aquel doctrinarismo del cual hemos sido presos. Sin renunciar a ninguna de sus lecciones».
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