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Daniel martín Ferrand

Reflexión pragmática sobre las lenguas cooficiales en la educación

Hay que recordar que los idiomas son medios de comunicación, nunca de incomunicación y, por tanto, de separación. Y el interés del alumno consiste en abrirle el mayor número de puertas

Existe un tipo de profesor que siempre me ha hecho gracia. Pone un examen, y solo aprueba un mínimo porcentaje de alumnos. Por supuesto, todo se debe a que estos no trabajan ni estudian lo suficiente, y eso aunque a los demás nos parezca un grupo aplicado y trabajador. Un problema en concreto lo ha explicado un millón de veces, pero los niños se empeñan en no entenderlo. Por supuesto, él solo piensa en el bienestar de los chavales.

No sé porque al escribir de las lenguas cooficiales me viene a la cabeza este tipo de profesor –no me atrevo a emplear la palabra maestro, a la que tengo mucho respeto–. Algunas corrientes ideológicas y/o políticas insisten en la necesidad de incluir, o incluso de utilizar como lengua vehicular, las lenguas cooficiales en el currículum, a poca o ninguna distancia del castellano/español. Entre los muchos argumentos que esgrimen se suele incluir el interés del estudiante.

En el mundo que vivimos parece indispensable un segundo idioma; en concreto, el inglés. Y no solo porque actualmente sea la lengua franca, sino porque internet y todo lo que ello conlleva, es infinitamente más amplio y rico en este idioma. No abrirse al inglés perjudicaría sobremanera al futuro ciudadano.

En este mismo sentido, es obvio que aprender español con soltura, solvencia y hondura es beneficioso, porque no solo es la lengua oficial de muchas naciones que suman cientos de millones de habitantes, sino que es la segunda lengua de países tan importantes como Estados Unidos. Aunque solo fuera por este hecho, ya debería ser priorizada sobre cualquier otra. (1)

También en la misma línea, aunque sea de una manera más local, el castellano es la lengua franca de España, la que nos permite entendernos a unos y otros. Hay que recordar que los idiomas son medios de comunicación, nunca de incomunicación y, por tanto, de separación. Y el interés del alumno consiste en abrirle el mayor número de puertas.

Por tanto, se podrán dar muchas razones para defender el uso de las lenguas cooficiales en educación, pero no parece tener mucho sentido decir que es en beneficio de los alumnos –ya puestos, si queremos apostar algo tan utópico como el auténtico trilingüismo, optemos por el francés o el chino–. Aún más, por cercanía conozco a muchos chavales que se ven obligados a estudiar valenciano –a veces, incluso, otras asignaturas, científicas o humanísticas, en valenciano–, una lengua que les resulta lejana, abstrusa, poco o nada útil.

A este respecto, destaca la educación que las familias de inmigrantes chinos dan a sus hijos. Van a un colegio español que tenga un buen nivel de inglés. Y, los fines de semana, envían a los niños a estudiar chino, como extraescolar. Así no se alejan de sus raíces y aprenden a dominar tan difícil idioma que, ya puestos, pronto abrirá muchísimas puertas, y no solo en la nación de sus antepasados.

Se podrían dar muchísimos más argumentos en defensa de la enseñanza profunda del castellano. Pero este artículo no quiere que el argumento principal se pierda entre otras disquisiciones.

Dar demasiada importancia a las lenguas cooficiales perjudica a los alumnos. Pruebas externas, estudios y encuestas muestran el bajo nivel en castellano de muchos alumnos de las regiones más afectadas por este extraño fenómeno. Y no hay mucho más que decir.

(1) Da gusto viajar a los Países Bajos, pues el nivel de inglés de la población es soberbio, incluso entre los más ancianos. Tienen una lengua minoritaria, por lo que apuestan decididamente por aprender otra que les permita comunicarse con el resto del globo.

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