Las excelentes cifras de visitantes que el Cabildo Catedral de Córdoba ha presentado esta semana no solo recogen un nuevo hito en el número de personas que han visitado el primer templo de la diócesis —más de dos millones—, sino que demuestran el acierto de una gestión y de una visión completa de lo que debe ser el cuidado y la promoción de un bien patrimonial de esta índole. Transversal sería el adjetivo que hoy se emplearía para definirla. Y, ciertamente, lo es.
Antes de detenerse en esos datos conviene recordar que el pasado año estuvo marcado por el incendio accidental ocurrido en el mes de agosto. Aquel episodio fue un ejemplo de respuesta eficaz y coordinada, y tampoco ha supuesto finalmente una merma en el número de visitantes, como cabría haber esperado. Pero hablar de la oferta turística de la Mezquita-Catedral es hablar no solo de quienes acuden a ver el templo, sino de mucho más de lo que se viene ofreciendo desde hace años y que constituye un claro reflejo de esa iniciativa transversal.
Por un lado se encuentra la visita nocturna El alma de Córdoba, que cumple dieciséis años y se encuentra en pleno proceso de actualización. Fue una iniciativa del Cabildo pensada, entre otros objetivos, para incentivar las pernoctaciones, talón de Aquiles tradicional del turismo cordobés. No solo ha cumplido ese cometido, sino que continúa siendo un éxito a tenor del número de visitas, con pases diarios completos y con el esfuerzo añadido para el Cabildo de compatibilizar esas visitas con la propia actividad religiosa de la Catedral.
Pero el dato más relevante, tanto en número como en satisfacción de los visitantes, lo ha arrojado la denominada Ruta de las Fernandinas. Se trata de una apuesta decidida para dar a conocer las iglesias que Fernando III el Santo mandó construir entre mediados del siglo XIII y principios del XIV y que forman parte del corazón histórico y patrimonial de la ciudad. Una iniciativa cargada de intención: la de revalorizar y revivir calles y barrios que envejecen, que se vacían, que han perdido comercio tradicional, tabernas centenarias y vecinos.
También supone un acicate para el propio Ayuntamiento, porque obliga —aunque sea indirectamente— a cuidar más lo que se ha convertido no solo en una ruta turística, sino en un motivo para presentar mejor esta ciudad milenaria. Y es ahí donde mejor se aprecia el trabajo del Cabildo y la presencia no solo de la Mezquita-Catedral, sino de su espíritu vertebral representado en el culto, la cultura y la caridad. Porque se evangeliza a través de la belleza de los templos, se promueve el arte y se incentiva la vida —nada menos— de barrios y gentes.
Eso solo se consigue con una innata generosidad. La que marca la diferencia en la gestión de un patrimonio y la que, en última instancia, explica que haya mucho más que números detrás de cada visitante.