Firma invitadaJuan José Jurado Jurado

Las lágrimas de la Virgen

Madre, siempre que entro en San Jacinto para rezarte, como Tú muy bien sabes, me fijo en tus ojos; pero he de reconocer que hace unos días la zozobra me ha invadido y he sentido la imperiosa necesidad de contemplar también tus lágrimas; y me he dado cuenta, sencillamente, que en ellas está reflejado el mundo; mejor dicho, el dolor del mundo que tú has asumido como propio. Tu dolor, Madre, es ya el dolor de tus hijos que a veces sufren sin tan siquiera saberlo y asimilarlo, porque muchísimos nos creemos que no nos afectan las situaciones de sufrimiento padecidos por los demás, ignorando que estamos también inmersos en el padecer de la humanidad doliente.

Llevado por ello, Madre, el corazón me ha pedido subir a tu camarín. Y lo he hecho, y he subido a ese sancta sanctorum de la devoción mariana cordobesa. Allí he quedado conmocionado de una manera más intensa que otras veces, porque la fuente de lágrimas puras que marcan tu quebranto, tu dolor, tu tristeza soberana, las he visto más acentuadas. Será tal vez por el mundo tan agitado en el que vivimos, por la incertidumbre que nos rodea, por las penas de tantos hermanos nuestros...Pero al mismo tiempo que tus lágrimas marcaban tu paciente y soberano dolor, he encontrado en ellas y en tus ojos -siempre vuelvo a tus ojos- la paz y el sosiego, la fe y la esperanza que tanto nos hace falta.

Delante tuya una pregunta callada ha venido a mis labios: ¿Madre, qué hemos hecho mal? ¿Qué estamos haciendo mal, Madre, para que haya tantas guerras, tanto enfrentamiento, tanto egoísmo, tanto resentimiento, tanto odio, tanta indiferencia por el dolor ajeno...? ¿Acaso la humanidad no ha progresado, no tiene todo a su alcance? ¿ Es que no encontramos en las redes sociales, en los móviles, todo lo que buscamos (y por desgracia también lo que no deberíamos y, sin embargo, queremos)? ¿Acaso hay cosa que se resista a nuestro antojo?...Y al mirarte he hallado la respuesta y me he dado cuenta que nos falta lo fundamental: la verdadera libertad que nos da el sentirnos queridos por Dios y el obrar en consecuencia con ese amor que Él derrama en nuestros corazones.

Sí, Madre bendita, nos hemos dejado seducir por la vana ilusión de que tenemos muchas cosas y son precisamente esas cosas las que no tienen cogidos. Nunca hemos sido menos libres. Y es que el mal forma parte de nuestras elecciones, del camino abierto a nuestras posibilidades que el ejercicio de nuestra libertad nos concede y que Dios nos ha dado; y cuando eso ocurre, cuando olvidamos la libertad verdadera de los hijos de Dios, equivocamos el camino. Luego con echarle la culpa a Él tenemos bastante, cuando es Dios quien sufre porque respeta nuestra libertad y somos nosotros los que usamos mal de ella.

Sí, lloras, Madre tierna y buena, porque este mundo se convierte, cada día y cada año que pasa, en un mundo en que las ofensas campan a sus anchas, en el que la injuria y la calumnia es el pan nuestro de cada día, en el que asistimos impávidos a la persecución sañuda de quienes dan su vida o son martirizados por testimoniar las enseñanzas de tu Hijo; en el que la vida se ve atacada desde la concepción hasta la propia muerte natural y se vulnera la dignidad de todo ser humano por el hecho de serlo; en el que las guerras se han adueñado del mundo cuando es la paz la que debería reinar; en el que el egoísmo narcisista de muchos dirigentes políticos sin escrúpulos han desterrado la verdad, pisoteado el derecho y quebrantado la paz social, olvidando el bien común y la justicia, y erigiendo la mentira en ley. Y es que las necesidades, las inquietudes y problemas de las personas siguen siendo los mismos. Para muchos sigue existiendo el abatimiento y la angustia, la soledad y la incomprensión, la indiferencia y la angustia, el desengaño y el dolor, y, a veces, la tristeza y la pena más hondas, cuando no la desesperanza...

En medio de este mundo donde la tribulación nos invade aunque no queramos verlo, he encontrado en tus lágrimas la mansedumbre y la paz, el deseo ferviente de ser más hijo tuyo, más humilde y, sobre todo, he encontrado tu amor y tu esperanza. Y, como siempre, Tú me has contestado a tu manera, a la manera que una Madre tierna y buena hace: aquello que me llevó a tu camarín, sí, precisamente tu llanto callado y sosegado, tu celestial mirada, me ha remitido a tu Hijo, a Cristo, a lo que Tú le dijiste en la boda de Caná: «Haced lo que Él os diga».

Sí, Madre. En estos momentos de universal fragilidad, de abrumadora zozobra en que tantos hijos tuyos que padecen el dolor inesperado de la guerra y el grito desgarrador de la injusticia más tremenda, del sufrimiento más lacerante; en estos momentos donde la fractura social emerge, desgraciadamente, poderosa; en este periodo de la historia en el que muchos alardean neciamente de la quiebra de los valores predicados amorosamente y sin violencia por Quien murió en una cruz para que no estuviéramos solos en los momentos de abatimiento y angustia, de tristeza y desamparo, de soledad y agonía, tú me has reconducido a horizontes de belleza y de bondad, de ilusión y esperanza, de gracia y de ternura...Sí, tus lágrimas propias de tu inmenso amor de Madre, me guían a la caridad fraterna, a la serenidad de espíritu, al compromiso sincero con los demás que emana de tu singular carisma.

Sí, me has vuelto a recordar que hay que desterrar de nuestra existencia el odio y la iniquidad, porque ofender al prójimo es ofender a tu Hijo. Que frente al agravio, no cabe la venganza, sino el perdón abundante y generoso, porque el que verdaderamente perdona se purifica interiormente, porque transforma su corazón humano, haciendo suyo un trozo minúsculo, pero trozo al fin y al cabo, del corazón misericordioso de Dios. Me has recordado las enseñanzas de tu Hijo, que no son fáciles por revolucionarias; son sencillas, si creemos en Él, porque llevar la cruz se hace soportable si le seguimos. Por eso la cruz es escandalosa y todo lo que le rodea se erige en motivo de escándalo, porque la cruz es, sencillamente, amor frente al odio, perdón y misericordia frente al resentimiento, compasión y ternura para los que se sienten desheredados en este mundo. Sí, Madre, me has recordado como la cruz denuncia la arbitrariedad del poder, el egoísmo humano, las guerras y luchas fratricidas; denuncia la pobreza, la persecución, los ultrajes a la vida humana; el no estar dispuestos a soportar el dolor y el sufrimiento y el no entregarnos desinteresadamente a los demás...En definitiva, la cruz donde murió tu Hijo, nuestro Redentor, denuncia la falta de amor a nuestro prójimo, a pesar de que nos impele y nos ayuda a que le amemos como el Señor nos ama. Sin amor verdadero resulta muy difícil, casi imposible, entender el misterio de la cruz y las burlas que le hicieron a Jesucristo. Sin amor verdadero como el que Tú tienes, resulta imposible entender y comprender tus lágrimas, que también son signos de inquebrantable esperanza para todos aquellos que se afanan sinceramente en seguir a tu Hijo.

Gracias, Madre, por ser consuelo, por ser ese alivio y esa dulce esperanza en mi corazón. Gracias, Madre, por haberme iluminado en medio de la zozobra de mi alma. Gracias, María, porque con tus benditas lágrimas has auscultado mi corazón atribulado; con tus ojos has mitigado mi preocupación por las cosas que nos ocurren; con tus benditos labios, me has infundido el don de la alegría, y con tu primorosas manos sé que me estabas acariciando amorosamente para mostrarme y mostrarnos a Quien es camino, verdad y vida.

¿A dónde iríamos sin Ti, Madre bendita? ¿Hacia dónde caminaríamos tus hijos cordobeses sin tu ejemplo en el seguimiento incondicional de tu Hijo?

A todos los que quieran leer estas palabras y se sientan profundamente marianos, me gustaría transmitirles un pensamiento -más bien una creencia-, condensado en tres palabras: ¡No estamos solos! En Ella, en la Santísima Virgen María, encontramos a Quien es cobijo en nuestros corazones atribulados, esperanza para el desconsuelo, hallazgo y fortaleza en la fe cuando la perdamos o dudemos, cariño y consuelo para transmitir a los demás y encuentro íntimo con el amor infinito de Dios, nuestro Padre. A mí, al menos, así me ha sucedido cuando he visto sus lágrimas.

¡Benditas sean tus purísimas lágrimas, Madre, manantial inacabable de amor y de ternura!

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