Torres Blancas
Madrid
23 plantas y 81 metros: así es Torres Blancas, el icónico edificio brutalista que marca el skyline madrileño
Torres Blancas sigue desafiando al paso del tiempo y reafirmando el valor de una arquitectura capaz de combinar innovación, funcionalidad y belleza escultórica
El brutalismo nace de la necesidad de hacer las cosas distintas y de devolver a los materiales su expresividad escultórica. Esta corriente arquitectónica surgida a mediados del siglo XX puso el foco en el hormigón, un material económico y versátil que, lejos de ocultarse, muestra textura, ritmo y movimiento. La masa y la materialidad son dos de las señas de identidad de este tipo de edificaciones unidas a un fuerte carácter práctico. En muchos casos, las estructuras dejan a la vista los medios de construcción empleados. El hormigón visto no solo define la estética, sino también la forma de trabajar el espacio y de realzar la fuerza de la cimentación.
Origen del brutalismo
Fue en Reino Unido donde el brutalismo tomó su primer impulso y se consolidó durante la década de 1950 como una respuesta optimista y funcional a la devastación urbana y a la necesidad de su reconstrucción rápida. La Segunda Guerra Mundial (1939-1945), más cruenta aún que la Primera, trajo un cambio en el mundo que se trasladó a todas las artes, incluida la arquitectura. Este estilo de posguerra de enorme funcionalidad severa y carente de ornamentos ha regalado ejemplos en multitud de países. No solo proliferó como alternativa para la construcción de viviendas y edificios gubernamentales, también fue adoptado por quienes contaban con presupuestos más generosos. Claro ejemplo es España, esta tendencia se identificó con clases pudientes permitiendo conservar edificios emblemáticos en un estado envidiable.
Nacimiento y desarrollo de Torres Blancas
En el barrio madrileño de Prosperidad, junto a uno de los principales accesos a la ciudad por la Avenida de América, se alza una de las construcciones más significativas del movimiento brutalista madrileño que con 23 plantas y sus casi 81 metros de altura se convierte en vigilante, guardián de nuestra capital que vela por el orden. Hablamos del icónico edificio Torres Blancas (1964-1969), cuyas sinuosas formas cilíndricas marcaron un hito en el skyline madrileño.
Juan Huarte, destacado empresario y promotor inmobiliario español, fue quien le encargó al arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oiza la construcción del emblemático inmueble. Huarte buscaba un proyecto singular y experimental, un encargo indefinido de investigación libre en el que el arquitecto más que un estilo, imprimiera carácter. Su elaboración, larga e intensa, se prolongó a lo largo de tres años (1961-1963).
«Lo que quiero es romper con la situación de crisis por la que atraviesa el mundo donde todas las ciudades parecen igual de monótonas», confesó Sáenz de Oiza en una entrevista a Televisón Española. Imbuido por la estética de la redondez, diseñó con formas circulares las escaleras, ascensores, terrazas que actúan como hojas de un imponente árbol, pilares y conductos. Asimismo dibujó numerosas variantes de la torre redonda dando como resultado un edificio de viviendas con apartamentos, pisos, oficinas y dúplex coronados por una azotea con una serpeante piscina rodeada de jardines. En todas estas disposiciones se percibe el deseo de un contacto cercano con la naturaleza.
Francisco Javier, Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 1993, vivía deseoso de que este edificio se pareciera a un gran árbol en el que la vegetación cubriera las fachadas y el tejado. «Un árbol que parte desde el suelo. No sabes si alguien sube o baja. Tan importante es la parte superior como la inferior», afirmaba este arquitecto polivalente en uno de sus reconocidos discursos. Se trata de una vivienda natural lo más orgánica posible que potencia la armonía entre las formas de la naturaleza y el hábitat humano.
Consolidación de Torres Blancas
Torres Blancas es un edificio residencial que rompió los moldes de la época de finales de los años 60, un icono de Madrid que nació como respuesta a las nuevas necesidades productivas y habitacionales que se generaban, sobre todo, en las ciudades en la segunda mitad del siglo XX. Fotografiado casi a diario por residentes y turistas, esta combinación de elementos de hormigón visto, madera y vidrio con formas circulares constituyen un emblema de la arquitectura brutalista y organicista que marcó parte de la época de 1960 y 1970 en nuestra capital.
Si hay algo que llame la atención al viandante en una primera toma de contacto es la apariencia escultórica y poco convencional que esta oda al brutalismo exhibe. El arte de proyectar sin pilares tradicionales, la estética única y atemporal así como la necesidad de estar en un constante diálogo con la ciudad han convertido a esta obra maestra en un referente que refuerza su presencia no solo en el ámbito de la arquitectura.
Más allá de la arquitectura
En la cultura popular madrileña este emblemático edificio, que refuerza la idea de bosque vertical, tiene un lugar privilegiado al haber sido escenario de películas de cineastas de la talla de Pedro Almodóvar y Alejandro Amenábar. Fuera de la gran pantalla ha sido fuente de inspiración para artistas como el pintor Antonio López, quien creó una de sus obras más conocidas, Madrid desde Torres Blancas, consolidando la relevancia cultural y artística de este hit en el panorama arquitectónico.
El hormigón permitió insospechadas fórmulas expresivas desarrollando formas curvas y evitando las líneas rectas convencionales. Esta mezcla de cemento, agua, arena y grava lejos de aparentar un aire frío y distante con su uso, dota a quien lo moldea de una profunda sensibilidad. Prueba de ello es la fachada de Torres Blancas donde la curvatura de sus terrazas recrea espacios de privacidad absoluta, como si de una sensación de refugio y acogida se tratase, protegiendo la intimidad del hogar frente al bullicio de la calle. La obra de Oiza demuestra que el hormigón - duradero y resistente - puede transmitir belleza y un profundo sentido del diseño.
Este arquitecto tan relevante (Premio Nacional de Arquitectura en 1954 entre otros), desempeñó un papel esencial como educador, «el que enseña siempre aprende», ejerciendo de docente en la Escuela Técnica Superior de Arquitectos de Madrid durante muchos años.