07 de octubre de 2022

Restos del Sussex en el puerto de Boulogne, 1916

Restos del Sussex en el puerto de Boulogne, 1916

Picotazos de historia

Los 'Jack y Rose' españoles: una historia de amor más allá del hundimiento del Sussex

Un torpedo que impactó en el medio del casco del barco partió al Sussex por la mitad. La proa se hundió enseguida

El compositor Enrique Granados (1865 – 1916) era un neurótico perfeccionista. El temor a cometer algún fallo en la interpretación le provocaba ataques de ansiedad que, sumados a su pánico escénico, daba lugar a que tuvieran que tener un interprete de sobrero, por lo que en sus conciertos se apostaba si el maestro iba a dar «espantada» o no. Además sumaba un gran numero de manías, hipocondrías y fobias, entre ellas al mar. Por ello fue un esfuerzo heroico por su parte el embarcarse para la presentación mundial de su ópera Goyescas en el Metropolitan Ópera de Nueva York, en enero de 1916. Cruzar el Atlántico, sumado al riego de los submarinos y corsarios alemanes, no era cosa de risa.
Granados hizo todo esto por la necesidad acuciante que tenía de dinero para mantener a su familia. Esa necesidad le impelió a no renunciar a unos pasajes, ya pagados, en el SS Rotterdam, con destino a Inglaterra. Llegó el 11 de marzo y tras algunos días en Londres, él y Amparo, su mujer, embarcaron en el vapor Sussex, con destino a Dieppe, el 24 de marzo de 1916.
Ese mismo día, a las 2:50 p. m., cuando el segundo turno de comedor estaba teniendo lugar, se vio la siniestra estela de un torpedo que impactó en la amura de estribor arrancando la proa del vapor.
Enrique Granados y su esposa Amparo

Enrique Granados y su esposa Amparo

Daniel Sargent de Wellesley, Massachussets, que viajaba para incorporarse en el Servicio Americano de Campaña, que prestaba labores de asistencia médica en el frente, estaba paseando en cubierta junto a su amigo Tingle Culberston, nos dejó este testimonio:
«Al principio sentíamos un poco de envidia de aquellos que estaban en los botes salvavidas. Culberston y yo estábamos charlando en la popa cuando el torpedo impactó. Fue como si hubieras chocado con el peñón de Gibraltar, una explosión tremenda y toda la parte de delante del barco desapareció por los aires. El ruido era tremendo, la gente gritaba y un sonido ensordecedor brotaba del vapor que salía del barco. Estábamos empapados por las nubes de vapor pero ilesos. Donde nos encontrábamos nadie había resultado herido. Desde los altavoces avisaron que las mujeres y los niños fueran hacia los botes salvavidas y que los demás deberíamos buscar chalecos salvavidas. Así lo hicimos, Culberston y yo; permanecimos junto a la barandilla mirando a la gente en los botes y pensando que pronto todo iría bien. Entonces vimos que la mayoría de los botes estaban dañados y empezaban a hundirse y que no había miembros de la tripulación en ellos para manejarlos. Uno de ellos volcó y cuantos iban a bordo murieron ahogados... Culberston no parecía preocupado en absoluto. Él tenía su cámara y había empezado a sacar fotografías. Disparó a toda la gente que se apiñaba junto a nosotros, a los botes salvavidas y a la gente que iba en ellos. Me dijo: 'Tenemos que bajar. Yo tomaré algunas fotos del barco desde un bote salvavidas porque si se hunde y nosotros nos salvamos valdrán dinero'. Se me ocurrió que era muy extraño ya que el dinero era lo último en lo que estaba pensando en ese momento. Se me ocurrían otras cosas. Pero Culberston era un auténtico norteamericano en el sentido comercial. Y lo más impresionante era que algunas personas aparecían sonriendo a la cámara mientras las fotografiaban... Estaba viendo a Granados, el compositor español. Lo conocía ya que habíamos viajado juntos desde Estados Unidos a bordo del Róterdam y se encontraba a bordo del Sussex de camino de vuelta a España. Estaba su esposa con él, fue muy triste. Ella era una mujer muy obesa –debía de pesar unos 120 kilogramos– y no pudo subir a uno de los botes salvavidas. Granados no quiso partir sin ella prefiriendo permanecer juntos hasta el final. De alguna manera consiguió subirla sobre una balsa, una balsa muy pequeña. Nunca olvidaré la imagen de ella arrodillada sobre la balsa, la más atroz visión que nunca haya tenido. Granados se asía a la balsa intentando izarse mientras esta se bandeaba. Le vi resbalar y hundirse. Fue espantoso».
La atención de Sargent fue desviada a uno de los botes salvavidas y cuando volvió a mirar a la balsa ya nadie había en ella. Así, el timorato, el maniático, el hipocondríaco superó todos sus miedos cuando vio a su esposa en peligro, dejando un recuerdo que nadie hubiera sospechado de él.
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