01 de octubre de 2022

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La mediación del Papa en Ucrania

Como hiciera Hitler refiriéndose a la Providencia para identificarla con su propia voluntad, Putin citó la Biblia en un reciente mitin-concierto con motivo del octavo aniversario de la anexión de Crimea para justificar su intervención en Ucrania: «Nadie tiene mayor amor que éste, que uno dé su vida por sus amigos»

Si atendemos al aforismo vox populi, vox Dei, el pueblo ucraniano ha creado ya el marco de actuación para poner fin a «la masacre sin sentido» y de una «crueldad inhumana y blasfema», a la reiterada exposición mediática de la galería de los horrores: «Si el Papa viniera a Ucrania la guerra se terminaría», señaló el 20 de marzo Andréi Yurash, embajador de Ucrania en el Vaticano. El 22 de marzo, el presidente ucraniano Volodímir Zelenski, aseguraba al pontífice ser «el invitado más esperado en el país», después de que Francisco le llamase por teléfono.
La llegada del Papa a Ucrania manifestaría la novedad «política» aportada por Dios al mundo, la de una comunidad que sirve en lugar de dominar, que sufre en lugar de hacer sufrir, que propone una paz auténtica como don de Jesucristo, Príncipe de la Paz, frente a la pretensión culpable del orgullo y la dominación, creadores de conflictos crónicos y deformadores por la locura y la irracionalidad.
Aislada y convertida en un improvisado cementerio, la ciudad de Mariúpol encarna, en su todavía heroica resistencia, lo que el pensador y activista Günther Anders acuñó como desnivel prometeico, el desnivel que apunta a la brecha entre nuestras capacidades de producción, representación y sentimiento: «La borrosa imagen de humo, sangre y escombros, es siempre demasiado grande si lo comparamos con el quantum mínimo de lo que somos capaces de sentir o de responsabilizarnos en la idea de la ciudad aniquilada».
No sospechamos siquiera que la posibilidad de autoaniquilación de la humanidad es algo más que probable; no somos capaces de visualizar las respuestas morales que tal situación exige: estamos afectados de una ceguera de apocalipsis o de una ceguera moral. Desde que en 1945 se lanzaron las bombas de Hiroshima y Nagasaki se ha hecho patente el absoluto poder destructor alcanzado por la humanidad. Robert Oppenheimer, que dirigió el equipo científico responsable de la primera bomba atómica, sustentaba un principio según el cual todo lo técnicamente «dulce» –realizable– acaba siendo llevado a cabo de modo inexorable. Al horror de la bomba, le acompañaron los propios del nazismo, expresión máxima del genocidio anticipado.
Ilustración: olvido guerra

Paula Andrade

En el reciente asalto de la central nuclear de Zaporiyia, el presidente ruso, Vladímir Putin, obedeciendo a un imperioso deseo de intimidación, rehabilitaba el miedo ante el incierto devenir de sus expectativas en la ofensiva contra Ucrania. Y el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, aseguraba en una entrevista que las armas nucleares pueden ser usadas «si existe una amenaza existencial para nuestro país». Como hiciera Hitler refiriéndose a la Providencia para identificarla con su propia voluntad, Putin citó la Biblia en un reciente mitin-concierto con motivo del octavo aniversario de la anexión de Crimea para justificar su intervención en Ucrania: «Nadie tiene mayor amor que éste, que uno dé su vida por sus amigos».
La pietas por la historia supone el reconocimiento de que los acontecimientos del pasado no se produjeron por azar. Así lo recuerda el Papa Francisco en el texto de la Consagración al Inmaculado Corazón de María a Rusia y Ucrania que tuvo lugar el 25 de marzo durante una celebración penitencial en la Basílica de San Pedro del Vaticano: «Hemos olvidado la lección de las tragedias del pasado, el sacrificio de millones de caídos en las guerras mundiales». Condenados a repetir viejos errores, padecemos amnesia colectiva, «hemos preferido ignorar a Dios». No es que el hombre haya decidido hacerse a sí mismo a imagen y semejanza de Dios, sino que tiene la intención de ocupar el lugar de Dios, reeditando la Caída, habiendo «destrozado con la guerra el jardín de la tierra» y «herido con el pecado el corazón de nuestro Padre que nos quiere hermanos».
Ante el inquietante fiasco de los mecanismos del Estado de Derecho, el Papa incorpora la vía de la mediación a un nivel más radical, a una «justicia superior», ofreciendo así una respuesta capaz de interrumpir la progresión continua de la violencia y la guerra en un mundo creado por Dios pero deformado por la locura y el mesianismo irracional del hombre. Cualquier mediación exigida al pontífice ya ha tenido lugar ante la mirada de Dios, porque la Iglesia intercede con su oración ante Dios. De un modo especial, en el Cuerpo de Cristo se produce el colapso radical de cualquier frontera. El vox populi, vox Dei queda integrado en el espacio eucarístico, donde «si sufre un miembro, todos los demás sufren con él».
  • Roberto Esteban Duque es sacerdote
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