17 de agosto de 2022

en primera líneaJuan Díez Nicolás

De una guerra fría a otra guerra fría

¿Será la guerra de Ucrania el comienzo de otra guerra fría y el fin de la idea de una Eurasia como «tertius gaudens» entre China y Estados Unidos?

La primera guerra fría comenzó en la conferencia de Yalta, en 1949, poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial. En Yalta los Estados Unidos y Reino Unido por un lado, y la Unión Soviética por el otro, acordaron dividirse el mundo en zonas de influencia.
En esta primera «guerra fría» Europa renunció a establecer su propia seguridad colectiva, dejando ésta en manos de los Estados Unidos. Europa eligió la mantequilla, mientras que Estados Unidos eligió los cañones. Los Estados Unidos fundaron la OTAN en 1949 con 12 países, siendo su financiador casi exclusivo, lo que le ha conferido el derecho a ejercer también el mando. Europa creó organismos europeos económicos, como la CECA en 1951, y la actual Unión Europea y el euro en Maastricht en 1992. Pero solo ha desarrollado el pilar relativo a la unidad económica, mientras que el segundo, que establecía unas fuerzas armadas europeas, apenas se ha desarrollado, porque se ha argumentado que ya existía la OTAN.
El ahorro en gasto militar ha permitido que Europa lograse un desarrollo del estado de bienestar entre 1945 y 1990 nunca conocido, mientras la caída del muro de Berlín iniciaba el derrumbamiento y desaparición de la Unión Soviética. En la guerra de los Balcanes (1991-2006) el mando militar lo tuvo la OTAN (es decir, Estados Unidos y no Europa), que impuso la desmembración de la antigua Yugoslavia. Por eso, también a partir de 2009 Obama criticó a la Unión Europea por no dedicar un dos por ciento de su PIB a gastos de defensa y solo disfrutar de su bienestar social y económico, mientras Estados Unidos tenía que esforzarse para mantener su propia defensa, la de Europa, y la del «mundo libre». Esa crítica ha continuado con Trump y con Biden.
defensa

Paula Andrade

Cuando se firmó el tratado de Maastricht de 1992, la Unión Europea tenía 12 países, y la OTAN 16 miembros. Pero a partir de esa fecha, y mientras Rusia bajo la presidencia de Yeltsin (1991-99) se debilitaba militar y económicamente, al desaparecer el Pacto de Varsovia (1955-91) que fue sustituido por la CEI con 12 países miembros, la OTAN y la UE crecieron rápidamente, incorporando a países de la antigua zona de influencia soviética. Austria, Finlandia y Suecia se incorporaron a la UE en 1995 y fueron los últimos que tuvieron que cumplir unas condiciones económicas muy estrictas para ser admitidos. A partir de estos 15 países miembros, la UE ha sumado 11 procedentes del área de influencia soviética (sin cumplir los requisitos), y dos del área occidental (Chipre y Malta), y solo ha perdido uno, el Reino Unido, en 2016, por lo que tiene ahora 27 miembros. Y la OTAN ha sumado a los 16 miembros de 1992 un total de 14 países del área de influencia soviética, llegando a los 30 en la actualidad. Por el contrario, la CEI ha perdido dos de sus 12 miembros, Georgia en 2004 y Ucrania en 2014, siendo ambos candidatos para ingresar en la UE y en la OTAN.
Estos son los hechos, sin interpretación. Putin se convirtió en el presidente de Rusia en 2000, y ha argumentado que Occidente no ha cumplido los acuerdos que se firmaron con la URSS para la reunificación de Alemania y la caída del muro de Berlín en 1989, y posteriormente los firmados con Gorbachov en 1991 para la extinción de la propia URSS, en los que aparentemente Occidente se comprometía a no extender la OTAN hacia el este. Los Estados Unidos y los países occidentales siempre han negado la existencia de esos compromisos y, por tanto, cualquier país tiene el derecho a pedir su ingreso en la UE y/o en la OTAN.
Putin ha argumentado que Rusia se siente amenazada por el crecimiento de la OTAN hasta sus fronteras, y especialmente por la posibilidad de que Ucrania se una a la OTAN, esgrimiendo esa razón para invadir Ucrania, aparentemente con la intención de recuperar la totalidad del país, o al menos consolidar su anexión de Crimea en 2014 (cuando Ucrania abandonó la CEI) y para garantizar una franja con las repúblicas independentistas de Donetsk y Lugansk, que forman la frontera con Rusia.
La guerra de Ucrania parece el inicio de una nueva «guerra fría» (o el comienzo de la Tercera Guerra Mundial, como ha afirmado el Papa Francisco) entre Occidente y Oriente. Ciertamente Ucrania es quien sufre la invasión y los muertos, pero Rusia y la Unión Europea se están debilitando y sufriendo pérdidas, sobre todo de carácter económico (Rusia también en pérdidas humanas). En primer lugar, se ha roto la incipiente relación entre la UE y Rusia, y más concretamente entre Alemania y Rusia (cuya unión siempre ha preocupado a los anglosajones), por el abastecimiento de gas y petróleo desde Rusia. Esta guerra ha puesto de manifiesto la dependencia de la UE en materia de seguridad respecto a los Estados Unidos, y ahora también su dependencia energética. Y Rusia está sufriendo un gran desgaste militar, humano, y económico por las sanciones impuestas desde Occidente. Estados Unidos, por el contrario, exhibe poder, con una OTAN de 30 países, sus acuerdos con 20 países latinoamericanos, sus pactos en el Pacífico con 14 países, y el reciente pacto de Nèguev. Pero China todavía no ha dicho nada. Y una gran parte del mundo, especialmente en Asia, no se ha decantado oficialmente sobre la guerra de Ucrania. Estados Unidos no es ni puede ser miembro de la UE, pero es la potencia que manda en la OTAN y en las otras alianzas. Por tanto, ¿será la guerra de Ucrania el comienzo de otra guerra fría y el fin de la idea de una Eurasia como «tertius gaudens» entre China y Estados Unidos?, ¿es esperable un declive de importancia de la UE y un aumento del papel de la OTAN en la política internacional mundial?, ¿será Europa un territorio crecientemente dependiente de Estados Unidos?, ¿cuál será el papel de España en este nuevo orden?
  • Juan Díez Nicolás es académico de número en la Real de Ciencias Morales y Políticas
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