El Marx de 'La Señora Tártara'
Los cristianos nos sentimos más bien llamados a revolucionar todas las revoluciones, porque incluso los más espectaculares logros intramundanos los contemplamos a la luz de la «reserva escatológica», y ninguna ideología política puede esperar del cristiano una adhesión incondicional
Sin duda alguna, La Señora Tártara, se nos presenta como una de las más grandes piezas teatrales del dramaturgo español más importante del último tercio del siglo XX, Francisco Nieva. En ella nos aparece La Señora Tártara, un personaje ambiguo entre hombre y mujer, al cual alguien lo califica de «una potencia del mal». Este personaje inclasificable, pero muy bien vestido, con una elegancia de otra época, casi extravagante, otorga al protagonista de la obra, Aristón, o Ary para los amigos, un joven y sabio científico, custodio de su madre paralítica, revolucionario y pobre por honradez, el don como maldición de hacer que se mueran todas aquellas personas, un tanto prepotentes, a las que Ary desdeña. Antes de investirle con este don fatídico, la señora Tártara le había dicho:
— Haz por no ser tan justo o te vas a quedar solo en el mundo.
La gracia de la obra estriba en que haciendo Ary todos los esfuerzos posibles para que su terrible don no mate a nadie, sin embargo, acaba matando sin querer, nolente, a todas las personas ricas y respetables que aparecen en la obra, incluso a la aristócrata (Pasimina) que lo ama, pero que desprecia a los ricos burgueses que quieren vestir como ella.
—No somos de esa gente ordinaria, incapaz de distinguir la verdadera elegancia de los alardes aparatosos de la burguesía.
Aunque Ary es bueno, le es imposible reprimir su espontaneidad moral ante la mezquindad y la injusticia, y de este letal don de Ary solo se salva la criada Leona, único representante del pueblo, porque Ary, como sabio que es, tampoco lo puede ser. Leona es el perfecto idiôtês de la democracia clásica, el ciudadano particular que solo se ocupa de su vida sin pretender representar nada en la sociedad respetable, o el idiôtês que también nos aparece en los Hechos de los Apóstoles, 4, 13, con que San Lucas califica a los primeros cristianos. Y curiosamente tanto la democracia periclea como el primer cristianismo veían en la prevalencia (krátos) de los idiôtai su principal significado.
Previamente a todas las fatales muertes, Firmamento, viejo avaro capitalista y tío de Ary, había advertido a Mirtila, la madre paralítica de Ary, que a su hijo lo habían visto con muy malas compañías en el Albergue del Ratón Manchado, tomándose mano a mano cerveza –y la cerveza alemana hace peligrosamente pensar– con un sujeto llamado Carlos Marx, con aspecto estrafalario de húngaro y que se paseaba por las calles tirando de un oso con una cadena. En otro momento de la obra, Leona, criada chismosa, como toda criada de teatro, compara a la elegante señora Tártara, sexualmente indefinida, con el atuendo estrambótico que lleva Carlos Marx, de caballero húngaro, y es ella quien nos los relaciona a los dos como clientes del Albergue del Ratón Manchado. Ambos son extranjeros en un mundo que esperando la salvación de fuera, explica el que Leona pregunte a la señora Tártara, tras las primeras muertes:
—Señora, usted que es tan forastera, ¿no traerá en sus maletines algún remedio contra la muerte de la buena sociedad?
Pero Ary, los nobles Ary, se resistirán siempre a mejorar el mundo con las armas del mal, porque es imposible hacer justicia y mejorar el mundo, apoyándose en hombres injustos y en crímenes, del mismo modo que es imposible curar una herida con las manos sucias. El futuro de la señora Tártara supone vender el alma, y la experiencia nos dice que no arregla los problemas del hombre.
Tártara.- Venid conmigo, ayudadme, acompañadme, almas resucitadas al orden, espíritus puros del bien y del mal; no le dejemos escapar (a Ary), incitémosle al futuro, porque es joven y morirá; incitémosle al futuro, a ver si de verdad lo descubre… Y amadle como yo le amo, infinitamente, infinitamente.
El pecado contra el Espíritu Santo, que «no tendrá perdón nunca» (Mc 3, 29), consistió hace veinte siglos en atribuir la obra liberadora de Cristo a un «espíritu inmundo» (Mc 3, 22 y 30) y no a un «espíritu bueno», el Espíritu de Dios. La política, como arte y ciencia de lo posible, no nos dará nunca lo imposible: Esas transformaciones radicales que el noble corazón de Ary espera (de Dios).
Los cristianos nos negamos a decir, como Bloch, Ubi Lenin, ibi Jerusalem. Nos sentimos más bien llamados a revolucionar todas las revoluciones, porque incluso los más espectaculares logros intramundanos los contemplamos a la luz de la «reserva escatológica», y ninguna ideología política puede esperar del cristiano una adhesión incondicional. El cristiano molesta a los poderes políticos porque él siempre está en otra parte, y ellos no están seguros de él. Pero, por la misma razón, inquieta a los revolucionarios: nunca le sienten de verdad con ellos. Es un mal conservador y un revolucionario poco seguro. Enorme siempre Nieva.