24 de enero de 2022

tribunaricardo morales

Entrevista en parapente

¡Y el público, cómo no, aplaude el formato!

Desde que a Jeff Jarvis le pusieran la vitola de profeta periodístico cuando la crisis de los medios de comunicación ya causaba sus estragos, los nuevos gurús de la prensa, los ordeñadores de la vaca púrpura de Seth Godin, han pensado y requetepensado nuevas vías para subsistir en una sociedad incapaz de prestar atención.
El formato que más ha sufrido para atender a los caprichos del nuevo lector/espectador/escuchante con TDAH sin diagnóstico ha sido el de la entrevista. En la última década hemos asistido a preguntas sobre macroeconomía y política territorial a un futuro presidente del Gobierno colgado de un arnés, a tratar cuestiones de «calado» mientras se fríen unas gulas al ajillo, a personajes en una lancha motora a toda velocidad mientras se hablaba a gritos de lo divino y de lo humano. ¡Y el público aplaudiendo el formato! Hemos visto a las «referencias» de la actualidad, cada vez más efímeras e insípidas, desfilar por el salón de Bertín o como copilotos en un Seiscientos. Fuera de nuestra latitud, se pueden ver a los protagonistas de la farándula en un habitáculo en el Orient Express, en avionetas o comiendo las porquerías que Bear Grylls les iba señalando en El último superviviente. Los hemos visto, en esta nueva normalidad, que ya huele a ajuar de viuda, ser preguntados por unas hormigas que emergen de una mesa y promocionando su trabajo en las nuevas plataformas de pornografía interactiva como OnlyFans, donde desnudos y artistas conviven al calor de una suscripción mensual en este dos por uno de teta y libro. ¡Qué razón tenía Etsuro Sotoo cuando nos decía que «la humanidad está en rebajas»!
Estos hombrecillos verdes se pasean por espacios como La Resistencia, donde Broncano y su equipo han conseguido darle la vuelta a la tortilla y lograr que el artista, político o futbolista de turno vaya ahí veinte minutos para no decir absolutamente nada, opacado por la verborrea del presentador, que se come el tiempo adrede haciendo chuflas con más o menos ingenio mientras se suceden gifs de perros copulando, se ridiculiza a personajes de La isla de las tentaciones en tratamiento psicológico y se le hacen bizums a gente del público como parte del espectáculo. ¡Y el público, cómo no, aplaude el formato!
De todo este jaleito, lo que llama la atención es que, una vez más, sea la forma y no el contenido, no la tensión por ser capaz de comunicar algo verdaderamente nutritivo, lo que está en permanente revisión para lograr un perfeccionamiento que ayude a seguir manteniendo el chow, que decía el bigotudo de Aída. Resulta sorprendente que, a mayor simplificación y homogeneización del mensaje, más recursos técnicos para no decir más que memeces. El empobrecimiento intelectual de una comunidad se ve en la elección de sus ídolos, en aquellos ensalzados para que saquen un poco la cabeza y digan algo por el resto de los cavernícolas que, con el cuello atorado, vemos sus sombras proyectadas en las tabletas. Pero lo que largan es un graznido, cuando no el último estertor de su inteligencia. Kiko Rivera, anunciando su hit «Tubo de escape» y diciendo lo mucho que echa de menos irse de farra por ser padre, 2,7 millones de visualizaciones en YouTube. El reguetonero sintetizado Omar Montes, con su librillo de aforismos a lo García-Máiquez, repartiendo perlas de sabiduría como: «Un oso es un ser de luz», «más vale prevenir que pájaro en mano» o «a las auroras boreales las ves venir». El pavo iba con dos relojes en las muñecas. Ninguno de los dos daba la hora. La pieza de Montes, en total, 5,8 millones de visualizaciones y 30 minutos de tu vida por el sumidero. Llegados a este punto, no cabe otra más que darle la razón a Fermín Romero en la obra de Ruiz-Zafón cuando decía que «este mundo no se morirá de una bomba atómica como dicen los diarios, se morirá de risa, de banalidad, haciendo un chiste de todo, y además un chiste malo».
A estas alturas, salir en la televisión ya es casi una horterada si uno puede hacerlo en Twitch diciendo mucho menos y sin comprometer a los patrocinadores por una metedura de pata, pues el mamoneo es tal entre entrevistador y entrevistado que se da por sentado que las preguntas comprometedoras, inquisitivas, que vayan al hueso, no van a ocurrir. Presentar un libro en una cafetería o en un espacio con historia, en un escenario donde han pasado gigantes que te responsabilizan a intentar, al menos, estar a la altura de las circunstancias, ya no tiene el mismo poso que hacerlo en un desván tuneado, con un influencer de temporada, con las esporas bien frescas, y con una buena conexión por streaming para que te vean desde Santiago de Chile hasta Kuala Lumpur marcarte un bailesito, huevón, en vez de hablar de tu última creación.
Estoy con muchas ganas de ver anunciando al periodista alucinado o entretenedor con camerino en prime time su nuevo formato revolucionario: entrevista en parapente y cocina asiática en un globo aerostático con el Equipo A; los héroes anónimos que rescataron a los perros de La Palma.
De toda esta teatrocracia hay una familia claramente afectada. Se trata de los descendientes de Billy Wilder que, 70 años después del estreno de El gran carnaval, siguen sin cobrar los royalties de tantas y tantas secuelas con las que occidente se va fagocitando a diario.
  • Ricardo Morales es periodista

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