17 de agosto de 2022

tribunaGonzalo Ortiz

Escenarios de futuro

¿Saldrá la OTAN fortalecida de la cumbre de Madrid? La expresión de unidad y el nuevo concepto estratégico parecen confirmarlo. Pero no se dice ni una palabra de cómo parar la guerra

La cumbre se ha visto precedida por un cúmulo de circunstancias novedosas: hay una guerra de agresión en curso en Europa. En esta guerra, la Federación Rusa es miembro permanente del Consejo de Seguridad y, en consecuencia, no hará nada para pararla dado el derecho de veto que le asiste. Han acudido (por primera vez) el presidente de Corea del Sur y los primeros ministros de Australia, Japón y Nueva Zelanda, países los cuatro que están fuera de los límites geográficos del tratado inicial. Existen unas perspectivas razonables de ampliación con países tradicionalmente neutrales como Suecia y Finlandia, que han formulado ya explícitamente su deseo de entrar en la Alianza. Y hay un consenso renovado para la necesidad de incrementar los gastos en defensa, que deberían superar el 2 por ciento del PIB.
La reunión en Madrid implicaba incorporar un acuerdo político o concepto estratégico que actualice los objetivos de la OTAN. El texto ha definido a Rusia como país agresor, cruel y mentiroso, e incorpora además como temas de debate el cambio climático, los ciberataques, la desinformación híbrida, así como el desafío de la hegemonía tecnológica y económica de la República Popular China, que conlleva amenaza a las reglas y valores internacionales existentes.
La cumbre de Madrid constituye un notable éxito de organización para España, y ha venido acompañada por reuniones trilaterales entre Suecia, Finlandia y Turquía (que retiró sus objeciones formales a la entrada de éstos), y otro alineamiento trilateral en Asia entre Japón, Corea del Sur y los Estados Unidos (para aproximar a los dos primeros, enemigos históricos). Pero constituye un error compararla con Yalta, porque aquí no hay vencedores ni vencidos (no ha sido una conferencia de paz), sino la expresión de una unidad estratégica que juegue como elemento de disuasión para Rusia. Unidad que en la OTAN es difícil, especialmente con Turquía y con los países de Visegrado.
La guerra de Ucrania sigue y la pregunta del millón es ¿cuándo parará?: la impresión es que los ataques rusos se están recrudeciendo, y que están consiguiendo sus objetivos militares, que son, básicamente, quedarse con toda la región de Lugansk y Donetsk y dejar a Ucrania sin salida al mar Negro (el objetivo inicial, conquistar Kiev y forzar el cambio de régimen, parece olvidado).
Como ha afirmado el expresidente José María Aznar, «si los objetivos se mantienen, es decir, la plena integridad del territorio ucraniano, hay que poner los medios adecuados». Pero la OTAN teme la extensión del conflicto y es posible que la decisión de Lituania de cortar los suministros a Kaliningrado, por el corredor de Tsubaki, sea revocada.
Hace unos días, Bloomberg anunciaba que Rusia se encuentra en suspensión de pagos y por otro lado parece que Ucrania no deja de evacuar ciudad tras ciudad en la región de Lugansk, mientras que misiles rusos alcanzan estos días Odesa y Kiev. Pero hay un país miembro, Turquía, acostumbrado a entenderse con Rusia y con Irán en el conflicto sirio, por lo que podría utilizar sus buenos oficios para facilitar una negociación entre los contendientes como ya lo hizo al principio de la guerra.
Un buen número de países latinoamericanos se han puesto del lado de Rusia, y la neutralidad china esconde, en realidad, un apoyo implícito a la invasión (a pesar de que China defienda teóricamente el principio de no inmiscuirse en los asuntos internos de otros países). Analistas internacionales de reconocido prestigio han interpretado que Rusia golpea a Ucrania por cuenta de China, convencidos ambos de la debilidad de la OTAN tras la salida caótica de Afganistán.
En todo caso ha quedado claro que el zarpazo a Ucrania no le ha salido gratis a Rusia, suspendida del Consejo de Derechos Humanos de la ONU y sometida a una serie de sanciones y embargos que se acercan a Putin, su familia y sus magnates próximos. Las aerolíneas rusas no tienen permiso para sobrevolar el espacio aéreo europeo. Osetia, Abjasia y la primera intervención en Ucrania, en Crimea, y otras «operaciones militares especiales» resultaron cortas y sin grandes costes. Esta vez, tras más de 130 días de guerra, el conflicto ha supuesto enormes pérdidas económicas y humanas, y el peligro evidente de su posible extensión.
¿Saldrá la OTAN fortalecida de la cumbre de Madrid? La expresión de unidad y el nuevo concepto estratégico parecen confirmarlo. Pero no se dice ni una palabra de cómo parar la guerra. Todo depende del curso de la misma, que podría tener, a lo peor, un final parecido a la de Corea: un alto el fuego sin tratado de paz ni devolución de zonas conquistadas, con el consiguiente debilitamiento del Estado ucraniano. Y con Europa y la OTAN obligados a reconocer que el Acta de Helsinki ha volado por los aires, y que la doctrina Breznev, de soberanía limitada, vuelve a estar vigente.
Otro escenario posible sería esperar a un cambio político en Rusia, contando con que el futuro de Europa es inviable sin la cooperación de ésta. Europa está enferma y su rehabilitación pasa por entender este hecho. De la misma forma que se superó en el pasado el enfrentamiento franco- alemán, debe abrirse paso a una cooperación intraeuropea que incluya el sueño del general De Gaulle: «Europa, del Atlántico a los Urales». Este sueño parece hoy muy lejos e inalcanzable.
  • Gonzalo Ortiz es embajador de España
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