01 de octubre de 2022

tribunaEsteban López-Escobar

Francisco Fránchez: tinta de calamar

En esta democracia cada vez más innombrable e irreconocible gobierna un dictador de hecho, que ordena y manda pasándose las Cortes por el arco del triunfo, y manejando el BOE como una especie de arma de destrucción masiva

Vaya por Dios; no sé en qué estaría pensando cuando escribí este título. Quizás la memoria del pasado, que funciona con una libertad impertinente y no se ajusta a la legislación, fusionó mis recuerdos con algún aspecto de la actualidad de España; y eso a pesar de que algunos intentan imponer la actual jerga política siguiendo un protocolo insano. El título se paseaba por mi mente desde hace días o, quizás mejor, semanas; y se reactivó al escuchar al nuevo presidente popular que este Gobierno –Frankestein, como el socialista Rubalcaba lo llamó con exquisita precisión e irreverencia– había enviado ya al BOE noventa y ocho Reales Decretos Leyes.
Es cierto que Francisco Franco –contra el que voté en un referéndum– y ese fantasma que ha surgido en mi mente como Francisco Fránchez difieren en bastantes cosas. El primero sobrepasaba apenas el metro sesenta; al segundo le falta poco para llegar a los dos metros. El primero tenía una vocecilla aguda y aflautada; el segundo tiene una voz muy bien timbrada, lejana de toda crispación (al menos hasta ahora). Franco tenía poco pelo; Fránchez tiene pelo abundante con retoques de canas que quieren sugerir alguna madurez. A Franco le gustaba cazar y pescar, e iba al Narcea para arrojar la cucharilla a ver si picaba algún salmón o alguna trucha; no puedo recordar ninguna foto de Franco luciendo su tripilla. A Fránchez le encanta refugiarse en el coto de Doñana o, mejor, en las islas Canarias (Lanzarote) y hacer que le retraten luciendo su complexión de antiguo jugador del Estudiantes. Paga el contribuyente, ajo y agua.
Cuando mandaba el general en este país llamado España, lo hacía desde una dictadura legal, que los más complacientes llamaban 'dictablanda'. Pero ahora, en esta democracia cada vez más innombrable e irreconocible –y sobre todo más ruinosa y arruinada–, gobierna un dictador de hecho, que ordena y manda pasándose las Cortes por el arco del triunfo, y manejando el BOE como una especie de arma de destrucción masiva. Quiere poder para lo que está haciendo, tanto como necesita hacer lo que hace para conservar el poder.
Por cierto, el Arco del Triunfo –o de la Victoria– se construyó en Madrid en los años cincuenta, cerca de Moncloa; se inauguró en el cincuenta y seis. No está lejos de la ciudad universitaria de Madrid, que se llamó Central durante un tiempo, y que fue la única que podía dar títulos doctorales en España. Ahora los títulos se dan por todas las esquinas y, en ciertos casos, con escasa exigencia. Moncloa se terminó de construir en 1954, y puede estar habitada por todos los miasmas del franquismo. De modo que Franco podría ser el responsable de todo lo que hace Fránchez.
Franco era bastante predecible; y, quizás por ser de Infantería, tenía muy presente la intendencia. Creo que no se quitaría la corbata para ahorrar energía antes de subirse al Falcon. Fránchez, en cambio, practica un funambulismo político permanente; una constante huida sin destino manifiesto (aunque sus pretensiones sean deducibles), echando tinta para cegar a los que intentan atraparle, como hace el calamar. Su zigzagueo permanente, sin previo aviso, tomando decisiones caprichosas (esta mañana nada de armas para Ucrania, pero esta tarde sí; ayer se protegía a Ghali, pero hoy que zurzan al Frente Polisario; por poner dos ejemplos) hace pensar en una marioneta. Ese modo de actuar es un homenaje cotidiano a Groucho Marx, a quien se atribuye la frase: «Estas son mis ideas; pero, si no le gustan, tengo otras». Sin duda es lícito preguntarse quién es su titiritero, simplemente observando sus visitantes y sus viajes, aunque eso, como siempre, no nos lo diga todo. Pero, después, la marioneta, implacable, maneja el guiñol bipolar o quizás esquizoide de tod@s sus ministro@s, que aguantan por razones diversas, paseando chulísimamente en el Falcon por el mundo, a mi costa y a la de todos ustedes.
Franco no necesitaba regatear constantemente, ni siquiera mentir; era por ley un jefe de Estado vitalicio. Cuando murió y pusieron su cuerpo difunto en el Palacio Real, pasaron ante él muchísimas personas, entre otros el actual Rey de Marruecos, que tenía entonces doce años, representando al reino marroquí y a su padre, Hassan II. Franco mantenía buenas relaciones con Marruecos. Ahora también Fránchez se ha puesto de palabra y de obra, con su «botafumeiro», junto a Mohamed VI, aquel adolescente que vino al funeral del general.
En 1946, en el régimen autárquico de Franco, el INI (Instituto Nacional de Industria) creó la empresa que produjo los potentes camiones Pegaso. Hoy Fránchez podría ser arrollado y magullado en parte por el caso Pegasus.
Franco murió en la cama. Personalmente le deseo lo mismo a Fránchez, tras una vida larga; pero que sea lo más lejos posible del Gobierno, en un lugar donde disfrute su retiro sin molestias, con corbata o sin ella; un lugar donde no tenga que inventarse algo cada día, espásticamente, para que la gente se olvide de lo que sucedió la víspera; ¡qué sé yo!, por ejemplo un resort en Senegal o en cualquier otro país donde le acojan bien y pueda poner en marcha algún nuevo casino de renombre.
  • Esteban López-Escobar es periodista
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