28 de septiembre de 2022

tribunaJosé Ignacio Palacios Zuasti

Nadie borra la historia

Si nadie lo remedia, a Calvo Sotelo y José Antonio Primo de Rivera, los herederos del Frente Popular de 1936 que entonces los ejecutaron les van a suprimir los honores que en vida merecieron

Cuando la Ley de Memoria Democrática concluya su trámite parlamentario y sea definitivamente aprobada suprimirá 33 títulos nobiliarios y grandezas de España que fueron concedidos entre los años 1948 y 1978. La mayoría fueron otorgados a personas que tuvieron un papel relevante en la guerra civil o en el franquismo, circunstancias que no se dan en dos de ellos: José Calvo Sotelo y José Antonio Primo de Rivera.
Como es sabido, Calvo Sotelo, que durante el Frente Popular se convirtió en el jefe de la oposición, siendo consciente de su deber y de su destino, en el mes de junio de 1936, pronunció en el Parlamento unas palabras –«La vida podéis quitarme, más no. Es preferible morir con honra que vivir con vilipendio»– que sirvieron para que Dolores Ibárruri, la Pasionaria, dijera: «Este hombre ha hablado por última vez». Así fue. Un mes después, el lunes 13 de julio, lo secuestraron en su domicilio y cuando se despidió de su mujer le dijo: «Enriqueta, te llamaré en cuanto pueda si es que estos señores no me van a pegar cuatro tiros». A escasos quinientos metros de su domicilio, el guardaespaldas del socialista Indalecio Prieto le pegó un tiro en la nuca, desplomándose sobre el piso de la camioneta en la que le transportaban. Pocos días antes, el interés del diputado navarro Raimundo García 'Garcilaso', director de Diario de Navarra, estaba centrado en que Calvo Sotelo abandonara Madrid para instalarse en un lugar en el que su vida no corriera peligro. Se entrevistó con él y le dijo: «¡Nos asesinan Calvo, nos asesinan! ¡A usted el primero!» A lo que este contestó: «Yo tengo que estar aquí para la sesión del martes (14) en la que el Gobierno va a pedir la prórroga del estado de alarma y tengo que intervenir...» A lo que 'Garcilaso' le respondió: «¡Pero Calvo, después de lo que hemos hablado durante cuatro horas, ¿todavía piensa usted en discursos en el Congreso? ¡Vámonos, Calvo, vámonos». Y, aunque siguió insistiendo, no lo logró. Pocas horas después era asesinado y, cuatro días más tarde, comenzó la sublevación militar.
Y si Calvo Sotelo nada tuvo que ver con lo sucedido en la guerra civil y en el franquismo posterior, lo mismo se puede decir de José Antonio Primo de Rivera, del que Miguel de Unamuno dijo en agosto de 1936 que se trataba de un cerebro privilegiado, tal vez el más prometedor de la Europa contemporánea. El Frente Popular lo tenía en prisión desde marzo de ese año y, como cuenta Serrano Suñer, cuando le llegaron a la cárcel de Alicante las noticias de que el golpe de Estado se había convertido en una guerra civil, se ofreció al Gobierno republicano como mediador, dejando a sus familiares de rehenes. Y, a tal fin, preparó un manifiesto, señaló los errores de un bando y del otro y propuso como solución deponer las hostilidades, al tiempo que redactó un programa de gobierno y una lista de nombres para constituir, con carácter nacional, el que debía realizarlo y arrancar hacia una época de reconstrucción política y económica del país, sin persecuciones y sin acciones de represalia, que hiciera de España un pueblo tranquilo, libre y atareado. Fracasó en su empeño y poco después, en el juicio en el que se le condenó a muerte, haciendo gala de sus buenas condiciones de abogado, dejó dos cosas claras: que no había tomado parte en la organización de la sublevación militar y que lamentaba enormemente aquella tragedia, al tiempo que interpeló al tribunal: «¿Cómo me vais a condenar sin indicios contra mí? No sólo no los hay, sino que hay indicios muy fuertes a mi favor». La sentencia estaba dictada de antemano y la noche anterior a ser ejecutado dejó plasmado en su testamento esta frase: «Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya la paz el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia».
Pues bien, si nadie lo remedia, a estos dos personajes, los herederos del Frente Popular de 1936 que entonces los ejecutaron, les van a suprimir los honores que en vida merecieron. No es la primera vez que algo similar sucede en la reciente historia de España. Ya en el siglo XIX, al general carlista Ramón Cabrera, el tigre del Maestrazgo, cuando en 1875 firmó el reconocimiento y adhesión a don Alfonso XII, Carlos VlI le destituyó de todos los títulos y honores ganados en el campo carlista durante las dos primeras guerras civiles, entre ellos el de conde de Morella y marqués del Ter. Entonces, Alfonso XII le escribió al general diciendo: «Inútil venganza es ésa, porque nadie borra con la pluma lo que llega a grabar en sus eternas tablas la historia; pero el agravio tócame a mí repararlo. De acuerdo con mis ministros responsables he determinado, por tanto, que de mí reciba hoy lo que otros le han quitado».
Confiemos que, tal y como han anunciado el PP y Vox, previsiblemente la próxima mayoría parlamentaria, como hizo Alfonso XII, esos 33 títulos nobiliarios sean restituidos porque, efectivamente, «nadie borra con la pluma lo que llega a grabar en sus eternas tablas la historia».
  • José Ignacio Palacios Zuasti fue senador por Navarra y presidente del PP de Navarra
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