30 de enero de 2023

tribunaJesús M. Prieto Mateos

Cuando truena

Ahora truena, truena sin cesar como refrendo de los rayos caídos. Rayos de luz cegadora que nublan la memoria, el entendimiento y la voluntad, que es lo mismo que decir que oscurecen el alma

El 4 de diciembre de 2022 se conmemoran los 500 años de la celebración de la festividad de santa Bárbara como patrona de los artilleros españoles, aunque existen datos que constatan que su patrocinio, al igual que el que ejerce la santa sobre los mineros, viene de tiempo inmemorial. Siendo uno de los catorce santos auxiliadores del Santoral, su manto protector se extiende sobre todo aquel que la invoca, especialmente en tiempos de zozobra en los que truenos, reales o alegóricos, inundan de temor la vida cotidiana.
Y ahora truena, truena sin cesar como refrendo de los rayos caídos. Rayos de luz cegadora que nublan la memoria, el entendimiento y la voluntad, que es lo mismo que decir que oscurecen el alma.
Pero no son rayos de luz clara, limpia e infinita que nos muestran nuestra pequeñez para luego sublimar nuestro espíritu, como glosaba en sus versos San Juan de la Cruz. Su luz es pura quimera, fulgor hipnótico de la nada, de la vacua plenitud que hinche los corazones de engreimiento y altivez, que embelesa sin traba y que anula el discernimiento. Pocos se resisten a su persuasión porque pocos adivinan su engaño.
Son rayos de tengo más, de puedo más, de quiero más, de sé más, de soy el mejor, de no te necesito, de no me importa. Rayos que llaman a adorar el placer cual becerro de oro. Rayos que incitan a rechazar el sacrificio, el esfuerzo, la humildad, la sencillez, la austeridad, la entrega al prójimo. Rayos que desprecian la vida, que arrinconan a los débiles, que encumbran a los poderosos, que traicionan a los mártires, que reabren heridas, que profanan los camposantos. Rayos de falsas promesas, de versos sin rima, de escritores sin letras, de sabios de café, de artistas desteñidos, de actores sin crédito. Rayos que justifican guerras injustificables, que educan en la calumnia, que enfrentan hermanos, que rompen familias, que ahogan sueños. Rayos de amores interesados, de compromisos efímeros, de intimidades públicas, de pudores derramados.
Y cuando su fugaz resplandor se sofoca, alargan su daga con el eco de sus truenos. Porque el trueno es lento, pero más terco, y va más allá de los confines que encierran lo que el rayo ilumina. Así, como voceros interesados que no escatiman en martingalas para ocultar sus horrísonos estruendos, divulgan las falsas bondades de sus hacedores martilleando los sentidos, arrinconando disidentes, uniformando pensamientos, enalteciendo podredumbres. Son truenos de voz engolada, de cicateras alabanzas, de palabras huecas. Son levadura de fariseos.
No es fácil abstraerse a los influjos de tanta farsa que cala hasta el fondo de los corazones. Quien busque protección bajo el árbol de la indiferencia solo conseguirá ser una víctima aún más propiciatoria. Quien pretenda esquivar los estampidos taponando sus oídos con la cera de la indolencia acabará con el alma ensordecida. El único escudo eficaz ante esta tormenta que acecha sin tregua es el pararrayos de la verdad, verdad que hay que buscar, como Zaqueo en lo alto del sicomoro, con la certeza de que solo ella nos da la libertad.
Y si se me permite una humilde recomendación artillera, siendo truenos y rayos los que afligen el espíritu, encomendarse a Santa Bárbara sosiega el ánimo y aporta templanza en la adversidad, al tiempo que nos ofrece la torre de su cautiverio, cimiento de la verdad por la que entregó la vida, para asentar sobre ella nuestro pararrayos. Ella no se dejó embaucar ni con prebendas ni con engaños y soportó el martirio sin renegar de su fe, por lo que su ejemplo sigue siendo un estímulo, especialmente cuando truena.
  • Jesús M. Prieto Mateos es teniente coronel del Ejército de Tierra
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