La Historia y sus colonizadores
Acaso debiéramos preguntarnos a quién conviene fomentar toda esta colonización ideológica. Los efectos están a la luz, empezando por la politización de todos los ámbitos, el desperdicio de fuerzas y talentos, el extrañamiento de tantas naciones de su historia, y, por tanto, de su futuro y su libertad
Quienes quieren descolonizar el Museo de América se topan con un escollo notable: allí descansan pueblos prehispánicos, virreyes, científicos, expedicionarios, cimarrones; lo que falta es precisamente ese colonialismo que se pretende erradicar. Resulta que el órgano se ha adelantado a la función, y ahora debe improvisar doblando las marchas. Los cambios en las cartelas o los «diálogos interculturales» han venido a fingir una colonización póstuma para justificar una nueva injerencia política: la que esconden los llamados «derechos culturales».
Es cosa bien sabida que los nuevos colonizadores del museo no se ocupan de la historia, sino del mal llamado «relato». No se refieren a la narración –la forma inseparable de la Historia–; no les interesan las misiones, ni siquiera los esclavos o las conquistas, sino las denominadas «identidades colectivas»: sobre todo las razas, pero también los «géneros». Se dirá que también hay historiadores y académicos de profesión que relatan largo y tendido sobre estas cuestiones, pero es que no hay profesión inmune a las modas. La vocación intelectual, que es la única vacuna efectiva, exige escrutinio, parar mientes en la realidad, no ceder por sistema a los tiempos. Pero en fin, siempre habrá quien prefiera no complicarse, hacer mucho —no importa el qué— y ganar siempre, a cualquier precio. Por la borda pueden ir la Ciencia y la Universidad: fuera del ámbito de la verdad, ninguna de las dos se sostiene, quedan despojadas de su función pública; es decir, quedan privadas: convertidas en meras estratagemas para un puñado de carreras particulares.
A diferencia de lo que suele pensarse, el «relato» de las identidades no es una apostilla, no es una modificación de la historia, sino un intento de eliminarla y sustituirla por otra cosa. El problema no se resuelve, por tanto, invocando los «datos objetivos», ni los hechos, ni las «batallas culturales», pues con nada de esto se hace la Historia. Esta debe contarnos quiénes somos; la obsesión identitaria nos pregunta constantemente qué somos. El problema es que las personas no somos nunca un qué, sino un quién insustituible. A diferencia de las cosas, pese a quien pese, no estamos determinados por una u otra condición. El sexo y la identidad, así, aislados de mi personalidad y de mi vida, no son yo: son, si acaso, mi pasaporte. No soy solo mi color de la piel, mi sexo, mi orientación sexual; todos estos son ingredientes inseparables de mi situación personal, variable, hecha de tiempo: de pasado, porvenir y presente. Pues bien, las identidades de las que tanto se habla excluyen la situación, reduciéndonos a uno u otro rasgo determinado. Aquí se desvela cómo el punto de vista identitario viene preñado de determinismo, taxonomía, enfrentamiento: todos los errores del racismo que dice querer combatir, y del que, en el fondo, depende.
Las consecuencias son también compartidas: la abolición de la persona; el socavamiento del pasado —la altura de la que partimos— a favor de un relato o narrativa manipulable—donde dan igual las fechas y se borran las partes que se quiera—; y, en consecuencia, la sustitución del futuro por un programa determinado de antemano. El miedo y el resentimiento son el pasto de la pulsión identitaria. Pero hay algo más: acaso debiéramos preguntarnos a quién conviene fomentar toda esta colonización ideológica. Los efectos están a la luz, empezando por la politización de todos los ámbitos, el desperdicio de fuerzas y talentos, el extrañamiento de tantas naciones de su historia, y, por tanto, de su futuro y su libertad.
- Ignacio Rodulfo Hazen es profesor de Historia en la Universidad de Alcalá