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El jesuita Tiburcio Arnaiz, del que están a punto de cumplirse los 100 años de su muerte

El jesuita Tiburcio Arnaiz, del que están a punto de cumplirse los 100 años de su muerte

Santos de hoy

Comienza el Jubileo por el beato Tiburcio Arnaiz, el alumno poco aplicado que acabó fundando escuelas

«Su creatividad a la hora de paliar la ignorancia o el sufrimiento humano no conocía límites», y revolucionó la Málaga de principios del siglo XX

El pasado sábado, «día del Santísimo Nombre de Jesús, titular de la Compañía de Jesús, la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de Málaga acogió la eucaristía solemne de apertura del tiempo jubilar que la Santa Sede ha concedido a la diócesis de Málaga por el centenario de la muerte del beato Tiburcio Arnaiz SJ, que falleció en olor de santidad el 18 de julio de 1926». Así comienza el comunicado remitido por la Compañía de Jesús por el inicio del Jubileo de este jesuita que desempeñó una extraordinaria labor en la provincia andaluza entre finales del siglo XIX y principios del XX.

Su biografía, además, está jalonada de anécdotas y hechos curiosos. «Tenía talento, pero era 'un calavera' de estudiante en el buen sentido de la palabra; no cogía un libro de texto en casa, si acaso lo que pescaba en los claustros del seminario antes de la clase», recuerdan de él sus compañeros de estudios. La santidad le llegó después, hasta convertirse en el «apóstol de Málaga», según recogen sus biógrafos y quienes le conocieron.

El próximo 18 de julio se cumplirá el primer centenario de su fallecimiento, y su Jubileo se extenderá hasta el 20 de octubre. «Es un tiempo que quiere ser aprovechado, especialmente, para difundir y profundizar en la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús», explican desde la Compañía.

Tiburcio Arnaiz Muñoz SJ fue un jesuita sorprendente que revolucionó la Málaga de principios del siglo XX con su profunda vida de oración, su fe y su entrega inagotable a todos los necesitados. Pero no nació siendo un santo de peana.

Tiburcio había nacido en Valladolid en 1865, en el seno de una modesta familia de tejedores. «Dos días después, sus cristianos padres, Ezequiel y Romualda, lo llevaron a bautizar a la iglesia parroquial de San Andrés, imponiéndole el nombre del santo del día», relatan sus biógrafos. A los 13 años ingresó en el seminario, donde sacó los estudios con bastante aprovechamiento y brillantez porque su talento paliaba su natural dispersión.

Al noviciado con 37 años

Se ordenó sacerdote en 1890, fue nombrado párroco en Valladolid y Ávila y obtuvo la licenciatura y el doctorado en Teología. Hasta ahí, todo parecía discurrir con normalidad para Tiburcio: era uno más de los miles de curas rurales de la rural España de la época. «Yo vivía muy a gusto y me daba muy buena vida, pero temía condenarme», escribió después rememorando esa época. Su pensamiento volaba a la vida religiosa, pero veía un obstáculo insuperable en su anciana madre, a quien cuidaba. «Un buen día, dispuso Dios llevársela al cielo; la separación le causó tanta pena que su corazón quedó destrozado: 'Fue tanto lo que sufrí, que me dije: ya no se me vuelve a morir a mí nadie, porque voy a morir yo a todo lo que no sea Dios'», recogen sus biógrafos.

Tiburcio tenía 37 años cuando, en 1902, entró en el noviciado de la Compañía de Jesús en Granada. Fue años después, en Málaga, donde desplegó todo su carisma y celo apostólico. «Su creatividad a la hora de paliar la ignorancia o el sufrimiento humano no conocía límites. Impulsó la construcción de una casa de acogida para señoras con pocos recursos, con más de treinta viviendas unipersonales. Atendió con sumo interés algunas escuelitas y talleres de gente humilde. También las cárceles eran objeto de sus desvelos; allí, a su paso, tocaba el Señor con su predicación y caridad muchos corazones destrozados, algunos de los cuales, al salir, buscaban al Padre para seguir sus consejos y su guía espiritual», reseñan sus biógrafos.

Su obra permanece

Abrió numerosas escuelas improvisadas que atendían varias mujeres que terminaron configurando la Obra de las Doctrinas Rurales, que aún existe, y cuyas misioneras asistieron a la misa del pasado sábado. En ellas se enseñaba a leer y escribir a aquellas gentes, se les impartían nociones de cultura general y lo más elemental de la fe. «Durante su vida se trabajó así en unos veinte corralones, y el cambio obrado en ellos redundó en beneficio de la vida social de Málaga», aseguran sus biografías.

En julio de 1926 enfermó de bronquitis y pleuritis. «Él murmuró expresivo: Me entrego», prosiguen los cronistas. «¡Qué hermosísimo es el Corazón de Jesús!… ya le veré pronto… ¡y me hartaré! ¡Qué bueno es! ¡Cuánto nos quiere!… Y la Virgen, ¡vaya si es amable y me quiere!», aseguran que repetía en sus últimos días. A las 10 de la noche del 18 de julio de 1926, entregaba su alma a Dios. Su cadáver fue expuesto a la veneración pública durante tres días. Y todavía, antes de ser inhumado en el crucero derecho del templo del Corazón de Jesús, fue llevado por las calles de la ciudad. Cerró el comercio y el cortejo fúnebre fue presidido por las autoridades religiosas, civiles y militares.

Fue beatificado el 20 de octubre de 2018 en la catedral de Málaga, ante más de 10.000 asistentes. El Patronato del Padre Arnaiz, que promueve su causa de canonización, ha comunicado recientemente que está próximo a concluir en Zaragoza el estudio de un presunto milagro atribuido a la intercesión del jesuita, lo que allanaría su camino hacia la canonización.

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