Imagen de un nevero en 1925Roisin

La ‘nevera’ de Granada que funcionaba siglos antes de la electricidad

Durante más de cuatro siglos, los neveros transportaron nieve desde las cumbres de Sierra Nevada para abastecer a una ciudad donde el hielo era un producto de lujo y un símbolo de prestigio social

Mucho antes de la llegada de los frigoríficos y de la fabricación industrial de hielo, Granada encontró una solución ingeniosa para conservar alimentos, enfriar bebidas y combatir algunas enfermedades: almacenar nieve en las montañas para utilizarla durante los meses más calurosos del año.

Aquellas construcciones, conocidas como pozos de nieve o neveros, funcionaron durante siglos como auténticas neveras naturales. Gracias a ellas, la nieve acumulada en Sierra Nevada durante el invierno podía conservarse durante meses y llegar hasta la capital cuando el calor apretaba.

Lo que hoy puede parecer una curiosidad histórica fue durante siglos una actividad económica de gran importancia para Granada, capaz de generar empleo, riqueza y hasta privilegios exclusivos para quienes controlaban su comercio.

Cuando la nieve era un negocio

La nieve no era únicamente un recurso para refrescar bebidas. También se utilizaba con fines terapéuticos, para aliviar fiebres y determinadas dolencias en una época donde la medicina disponía de recursos muy limitados.

Su valor era tal que el Ayuntamiento de Granada regulaba su comercialización. Desde el siglo XVIII, el abastecimiento de nieve y su venta en la ciudad se adjudicaban mediante subasta pública. Quien obtenía la concesión disfrutaba del derecho exclusivo para comercializarla entre los granadinos.

La actividad movía importantes intereses económicos y la disponibilidad de hielo llegó a convertirse en un signo de distinción social. No todo el mundo podía permitirse acceder a un producto que dependía de complejas labores de recogida, conservación y transporte desde las cumbres de Sierra Nevada.

Aquella economía del frío convirtió a Granada en una de las ciudades españolas donde el comercio de la nieve alcanzó una mayor relevancia.

Los que bajaban la nieve

Detrás de aquel sistema se encontraba un oficio hoy desaparecido: el de nevero.

Durante los meses de verano, estos trabajadores ascendían con caballerías hasta las zonas más elevadas de Sierra Nevada, donde la nieve permanecía durante gran parte del año. Una vez cargados los animales, iniciaban el descenso durante la noche para evitar las altas temperaturas y minimizar las pérdidas por deshielo.

El recorrido seguía caminos históricos que hoy forman parte de la memoria de la montaña. El más conocido es el denominado Camino de los Neveros, utilizado durante siglos para conectar Granada con las cumbres nevadas.

La importancia de estos trabajadores quedó reflejada en numerosos testimonios de viajeros. A finales del siglo XIX, algunos cronistas describían cómo los neveros abastecían a cafés, fondas y heladerías de la ciudad, permitiendo elaborar los granizados y helados que refrescaban las tardes veraniegas de los granadinos.

Su labor exigía una enorme resistencia física y un profundo conocimiento de la montaña, convirtiéndose en una profesión fundamental para la economía local durante generaciones.

El final de una actividad

La llegada de la modernidad acabó transformándolo todo. En 1922 se instaló en Granada la primera fábrica de hielo, lo que provocó el rápido declive de una actividad que llevaba practicándose al menos desde el siglo XVI.

Sin embargo, la historia de los neveros todavía tendría un último capítulo. Durante los años de la posguerra, los apagones y las restricciones eléctricas obligaron a recuperar temporalmente el uso de la nieve de Sierra Nevada. Entre 1945 y 1950 volvieron a descender camiones cargados de nieve prensada destinada a hospitales, cafeterías, heladerías y algunos particulares.

Aquella recuperación fue breve. El 25 de julio de 1950, día de Santiago, se realizó la última bajada de nieve con fines comerciales desde Sierra Nevada.

Hoy apenas quedan algunos restos de los antiguos pozos y el recuerdo de aquellos hombres que hicieron posible una de las actividades más singulares de la historia granadina. Una auténtica nevera natural que funcionó durante siglos, mucho antes de que la electricidad llegara a los hogares.