Una familia andaluza en Málaga tomando el fresco en la calle en la década de los 60Foto de archivo

Cuando no existía el aire acondicionado: así combatían los andaluces los veranos de 40 grados

Patios, botijos, casas encaladas o noches al raso fueron durante generaciones las herramientas con las que millones de andaluces lograron soportar el calor extremo

Con los termómetros disparados por encima de los 40 grados en buena parte de Andalucía, resulta difícil imaginar cómo afrontaban el verano nuestros abuelos cuando el aire acondicionado no existía en los hogares. Sin embargo, durante generaciones, especialmente entre finales del siglo XIX y buena parte del siglo XX, los andaluces desarrollaron una forma de vida adaptada al calor que combinaba arquitectura, costumbres y horarios pensados para sobrevivir a los meses más sofocantes del año.

Mucho antes de los climatizadores, la lucha contra las altas temperaturas comenzaba en las propias viviendas y continuaba en pequeños gestos cotidianos que hoy parecen sacados de otra época.

Casas pensadas para el verano

La arquitectura tradicional andaluza fue durante siglos la mejor aliada contra el calor. Las fachadas encaladas reflejaban gran parte de la radiación solar, mientras que los gruesos muros de piedra o adobe ayudaban a mantener una temperatura más fresca en el interior de las viviendas.

Los patios interiores, tan característicos en ciudades como Córdoba, Granada o Sevilla, no eran únicamente un elemento decorativo. La presencia de plantas, macetas, pozos o pequeñas fuentes contribuía a refrescar el ambiente y generaba espacios mucho más agradables durante los meses de verano. El salirse a la puerta de casa por la noche con una silla también era un gesto cotidiano que miles de andaluces hacían para evitar el calor.

En Granada existe además un ejemplo singular de adaptación al clima: las cuevas del Sacromonte. Excavadas en la propia montaña, mantienen una temperatura relativamente estable durante todo el año, ofreciendo frescor en verano y protección frente al frío en invierno. Durante décadas fueron una solución natural para convivir con las temperaturas extremas.

Tampoco era casual la abundancia de fuentes públicas en pueblos y ciudades. El agua formaba parte esencial del paisaje urbano y ofrecía un alivio constante en una época en la que muchas viviendas carecían incluso de agua corriente.

El botijo, las persianas y las azoteas

Antes de la llegada masiva de las neveras en la segunda mitad del siglo XX, el botijo era un elemento imprescindible en miles de hogares andaluces. Gracias a la porosidad del barro, el agua se mantenía sorprendentemente fresca incluso durante los días más calurosos.

También eran habituales las persianas de esparto colocadas en balcones y ventanas. Muchas familias las humedecían varias veces al día para refrescar el aire que entraba en las casas.

Cuando caía la noche, no era extraño ver colchones y catres en patios, corrales o azoteas. En numerosas viviendas el calor acumulado durante el día hacía imposible dormir en el interior, por lo que muchas familias optaban por descansar al aire libre aprovechando la brisa nocturna.

La propia organización de la jornada estaba adaptada al clima. Las tareas más exigentes se realizaban a primera hora de la mañana o al atardecer, mientras que las horas centrales del día quedaban reservadas para el descanso y la sombra.

Del botijo a las islas de calor

La Andalucía de hace medio siglo era muy diferente a la actual. Había menos tráfico, menos asfalto y ciudades mucho más pequeñas. Hoy, el crecimiento urbano, las grandes avenidas, los edificios de hormigón, el tráfico rodado y miles de aparatos eléctricos generan lo que los expertos denominan «islas de calor urbanas», zonas donde la temperatura puede ser varios grados superior a la de su entorno.

Paradójicamente, muchos de los sistemas que utilizamos para combatir el calor también contribuyen a elevar la temperatura exterior. Los equipos de aire acondicionado expulsan aire caliente a la calle, mientras que el asfalto y el hormigón acumulan calor durante el día y lo liberan lentamente durante la noche.

Por ello, algunas de las soluciones tradicionales que utilizaron nuestros abuelos vuelven a despertar interés. Arquitectos y urbanistas estudian cada vez más elementos como los patios, la vegetación urbana o las técnicas de construcción bioclimática inspiradas en la arquitectura popular andaluza.

Quizá el futuro para combatir las olas de calor no pase únicamente por consumir más energía, sino también por recuperar parte del ingenio con el que generaciones enteras aprendieron a convivir con los veranos del sur de España mucho antes de que el aire acondicionado entrara en nuestras vidas.