Balneario de Lanjarón (Granada)
Andalucía alberga una de las mayores concentraciones de balnearios: el secreto de sus aguas termales
Desde la época romana hasta la actualidad, las aguas mineromedicinales han convertido a municipios como Lanjarón, Alhama de Granada o Marmolejo en referentes del turismo termal
Andalucía es conocida por sus playas, sus pueblos blancos o su patrimonio monumental, pero también alberga una de las mayores concentraciones de balnearios históricos de España. Desde Granada hasta Jaén o Málaga, decenas de manantiales de aguas mineromedicinales han atraído durante siglos a viajeros, enfermos y curiosos en busca de un remedio natural para distintas dolencias.
Lejos de ser una moda reciente, el uso terapéutico de estas aguas forma parte de la historia de la comunidad desde hace más de dos mil años. Romanos, musulmanes y, más tarde, la burguesía del siglo XIX aprovecharon unos recursos naturales que todavía hoy continúan siendo uno de los grandes atractivos de numerosos municipios andaluces.
Una riqueza que nace bajo tierra
La explicación de esta abundancia se encuentra bajo el suelo andaluz. La compleja geología de la comunidad, marcada por la presencia de grandes sistemas montañosos como Sierra Nevada o las cordilleras Béticas, favorece la aparición de aguas subterráneas que, tras recorrer durante años distintas capas de roca, emergen enriquecidas con minerales y, en muchos casos, a temperaturas superiores a las habituales.
Durante ese recorrido natural, el agua incorpora elementos como calcio, magnesio, azufre o bicarbonatos, responsables tanto de sus características como de las propiedades terapéuticas que tradicionalmente se les han atribuido.
Aunque cada manantial posee una composición distinta, muchas de estas aguas han sido utilizadas históricamente para aliviar problemas reumatológicos, dermatológicos o respiratorios, siempre dentro de tratamientos supervisados en establecimientos especializados.
De los romanos al auge del siglo XIX
El aprovechamiento de estas aguas no comenzó en la Edad Contemporánea. Existen evidencias de que los romanos ya construyeron complejos termales junto a algunos de los principales manantiales andaluces, convencidos de los beneficios que aportaban tanto para la higiene como para la salud.
Más tarde, durante la etapa andalusí, muchos de estos lugares continuaron utilizándose y algunos fueron ampliados gracias al desarrollo de los tradicionales baños árabes.
Sin embargo, el gran impulso llegó durante el siglo XIX, cuando acudir a un balneario se convirtió en una práctica habitual entre la aristocracia y la burguesía española. Pasar varias semanas «tomando las aguas» formaba parte de las recomendaciones médicas de la época y numerosos municipios andaluces experimentaron un importante crecimiento gracias a este turismo de salud.
Balnearios con siglos de historia
Entre los establecimientos más conocidos destaca el Balneario de Lanjarón, en la Alpujarra granadina, cuya fama está estrechamente ligada a la calidad de sus manantiales y al embotellado de agua mineral que ha dado proyección internacional al municipio.
También sobresalen el Balneario de Alhama de Granada, donde todavía pueden contemplarse restos de antiguos baños romanos y árabes; el Balneario de Graena, situado junto a Sierra Nevada y conocido por sus aguas sulfuradas; el Balneario de Marmolejo, en Jaén, uno de los grandes referentes históricos del termalismo español; o el de Carratraca, en Málaga, cuya actividad convirtió al municipio en uno de los destinos de descanso más prestigiosos del sur peninsular durante el siglo XIX.
A ellos se suman otros enclaves repartidos por la comunidad que mantienen viva una tradición que ha pasado de generación en generación.
Lejos de desaparecer, los balnearios andaluces han sabido adaptarse a los nuevos tiempos. Hoy combinan los tratamientos termales tradicionales con propuestas de bienestar, relajación y turismo de naturaleza, atrayendo tanto a quienes buscan descanso como a visitantes interesados en conocer la historia de estos lugares.
Cinco siglos después de que nobles, comerciantes o viajeros acudieran a sus aguas, Andalucía continúa conservando un patrimonio termal único, fruto de una geología privilegiada y de una tradición que ha sobrevivido al paso del tiempo.
En muchos de estos municipios, el agua sigue brotando exactamente igual que hace cientos o incluso miles de años, recordando que algunos de los mayores tesoros de Andalucía permanecen ocultos bajo tierra antes de salir a la superficie.