Marcas de disparos en el lugar donde ha ocurrido el tiroteo de Isla Cristina (Huelva)
Huelva El tiroteo de Isla Cristina destapa una guerra de clanes alimentada por el negocio de las drogas y las armas
El acceso a las armas ya no parece reservado a las grandes mafias, y los disparos dejan de distinguir entre objetivos y vecinos
Una ráfaga de subfusil en una plaza de Isla Cristina ha dejado al descubierto una violencia que llevaba tiempo creciendo bajo la superficie. Una mujer, una embarazada y un adolescente de 16 años murieron en el tiroteo, y horas después falleció el bebé de ocho meses de la madre asesinada. Además, hubo dos heridos de bala, uno de ellos grave. El escenario no es Medellín ni Sicilia. Es la costa de Huelva.
La principal hipótesis de los investigadores apunta a un ajuste de cuentas entre clanes como origen del tiroteo de la barriada de El Rocío, aunque no se descartan otras líneas. El caso, bajo secreto de sumario y en manos del Juzgado de Instrucción número 3 de Huelva, estaría relacionado con el crimen de 2024 en El Torrejón, en la capital onubense, donde murió un hombre y otro resultó herido.
La secuencia encaja en una guerra que ha ido elevando su nivel de violencia y, sobre todo, el poder de fuego disponible. El conflicto entre clanes comenzó a hacerse visible tras el asesinato, en 2024, de un hombre vinculado a uno de ellos. La respuesta posterior ha mostrado un cambio significativo, pues de las armas blancas se ha pasado a pistolas, fusiles automáticos y, ahora, presuntamente, un subfusil.
El salto armamentístico no es exclusivo de Huelva. Las últimas operaciones policiales contra el tráfico de armas en Andalucía muestran un mercado clandestino con una sorprendende capacidad de abastecimiento. Pistolas desde unos 4.000 euros, fusiles de asalto que pueden alcanzar los 14.000 y granadas por alrededor de 500 euros dibujan un escenario en el que el acceso a armas de guerra ya no parece reservado a grandes mafias.
Una de las investigaciones permitió descubrir en Granada un clan dedicado al tráfico de marihuana que también comercializaba armas a través de contactos con la mafia de Marsella. Las operaciones destaparon incluso una galería de tiro subterránea. En julio, la Udyco Costa del Sol intervino además decenas de armas, entre ellas fusiles AK-47 y granadas que, según los investigadores, iban destinadas a organizaciones criminales de Andalucía.
El problema es que cada escalón de ese mercado tiene consecuencias fuera de los ajustes de cuentas. Cuando las armas de guerra entran en conflictos entre delincuentes, los disparos dejan de distinguir entre objetivos y vecinos. El adolescente de 16 años y el bebé de Isla Cristina son la expresión más dramática de ese riesgo. También lo fue el joven de Fuengirola asesinado por error por un sicario menor que utilizó un fusil M-4.
Isla Cristina, territorio narco
Huelva reúne, además, algunas de las condiciones que favorecen la expansión del narcotráfico. La provincia se ha consolidado como una zona relevante para la entrada de cocaína y otras drogas, mientras que Isla Cristina ofrece a las organizaciones un territorio especialmente complejo para la vigilancia: marismas, caños, canales y una costa abierta al Atlántico y próxima a Portugal.
La operación Ánfora, desarrollada en febrero, ofrece una fotografía de esa realidad aunque no tenga relación con el tiroteo. La Guardia Civil detectó un aumento de narcolanchas que acudían a la ría Carreras para abastecerse de combustible. El operativo terminó con 44 detenidos y la intervención de 16.250 litros de gasolina, dos armas cortas, dos carabinas y cuatro embarcaciones. Parte del combustible se almacenaba en garajes bajo bloques de viviendas.
La operación no guarda relación con el tiroteo, pero ayuda a entender el escenario. Las organizaciones dedicadas al narcotráfico no solo necesitan introducir y distribuir droga. También requieren una infraestructura logística que les permita moverse, abastecerse y mantener sus actividades. Cuando esa estructura se combina con el acceso a armas de guerra, el riesgo para la población aumenta de forma considerable.
La escena de una narcolancha repostando gasolina a plena luz del día en las inmediaciones de la playa de La Gaviota, en Isla Cristina, con el arenal lleno de bañistas, resume esa sensación de impunidad de los clanes de la droga. Ocurrió pocas horas después del tiroteo y, aunque tampoco existe una relación acreditada entre ambos hechos, pertenece al mismo paisaje de preocupación que desde hace tiempo rodea a la costa onubense.
El negocio de la droga aparece así como el elefante en la habitación de un conflicto que ya no afecta únicamente a quienes participan en él. La violencia se ha trasladado a las calles y las armas son cada vez más potentes. La guerra entre clanes es solo la parte visible de un fenómeno más profundo que amenaza con convertir la violencia criminal en parte del paisaje cotidiano.