Dolmen en el paraje del Coquín
Granada
El valle de Granada que conserva 155 tumbas prehistóricas con miles de años de historia
El paisaje megalítico del río Gor reúne diez necrópolis levantadas entre finales del Neolítico y la Edad del Cobre y está considerado uno de los conjuntos funerarios más destacados de la Península
Mucho antes de que existieran Granada, Guadix o cualquiera de los pueblos que hoy salpican el norte de la provincia, varias comunidades prehistóricas eligieron el entorno del río Gor para enterrar a sus muertos. Miles de años después, buena parte de aquellas construcciones de piedra continúa formando parte del paisaje.
El resultado es uno de los conjuntos arqueológicos más singulares de Granada: 155 sepulturas megalíticas repartidas entre diez necrópolis, distribuidas a lo largo del valle y en las terrazas que descienden hacia el cauce.
No se trata únicamente de una acumulación de dólmenes. La excepcionalidad del lugar está precisamente en la relación entre las tumbas y el territorio que las rodea. La Junta de Andalucía considera el Paisaje Megalítico del río Gor uno de los complejos de este tipo más importantes de Andalucía y de la Península Ibérica, con relevancia también dentro del megalitismo europeo.
El espacio protegido se extiende por terrenos de Gor, Gorafe, Villanueva de las Torres, Guadix y Baza y está inscrito como Bien de Interés Cultural con la categoría de Zona Arqueológica.
Tumbas levantadas hace miles de años
Las primeras construcciones del conjunto se remontan al periodo comprendido entre finales del Neolítico y la Edad del Cobre. Son, por tanto, monumentos levantados cuando las comunidades humanas comenzaban a establecer una relación cada vez más permanente con el territorio.
Las sepulturas no responden a un único modelo. Sus dimensiones y formas varían, al igual que la configuración de las cámaras funerarias y la existencia o no de corredores de acceso.
Pero quizá lo más llamativo sea su prolongada historia. Estos lugares funerarios no quedaron necesariamente olvidados cuando desaparecieron quienes los construyeron. Las investigaciones arqueológicas han documentado reutilizaciones posteriores, hasta el punto de que algunos de estos monumentos continuaron teniendo algún tipo de función o significado durante periodos muy posteriores a su construcción original.
Su presencia durante milenios convierte a estas estructuras en una especie de memoria de piedra del territorio. Generaciones completamente distintas se encontraron con los mismos monumentos que todavía hoy aparecen sobre el paisaje granadino.
Por qué se construyeron allí
La ubicación de los dólmenes tampoco parece fruto del azar. El río Gor atraviesa el terreno formando un profundo corredor natural que comunica el entorno de la Sierra de Baza y el altiplano granadino con las cuencas situadas más al norte. En determinados puntos, el río ha excavado un cañón que alcanza cerca de 200 metros de profundidad.
Las comunidades prehistóricas distribuyeron sus sepulturas en diferentes posiciones del terreno: unas aparecen próximas a los bordes superiores del valle, otras ocupan las laderas menos abruptas y algunas siguen las elevaciones naturales que conectan el fondo del barranco con las zonas llanas.
Este patrón ha llevado a los investigadores a relacionar parte de su distribución con las antiguas rutas de paso por el territorio. Los monumentos funerarios no solo servían para depositar a los muertos: su presencia también podía marcar un espacio conocido y utilizado por aquellas comunidades.
La visibilidad tenía además una importancia especial. Desde numerosos megalitos se domina una parte considerable del entorno, algo que la propia protección patrimonial tiene en cuenta. Paisaje y monumento forman aquí una misma realidad arqueológica.
Un paisaje que ha sobrevivido con ellos
Miles de años después, una de las razones que permiten entender con tanta claridad el conjunto es que el territorio ha conservado buena parte de su carácter rural.
El paisaje alterna las formas erosionadas y casi semidesérticas características del norte granadino con áreas agrícolas, vegas en el fondo del valle y extensiones de cereal, olivos y otros cultivos en las zonas más favorables.
La ausencia de grandes transformaciones urbanísticas en buena parte de este entorno ha permitido mantener la relación visual entre los monumentos y el terreno sobre el que fueron levantados, uno de los principales valores que justificaron su declaración como Bien de Interés Cultural en 2018.
Por eso, acercarse al paisaje megalítico del río Gor permite contemplar algo más que una sucesión de restos arqueológicos. Las 155 tumbas ofrecen una imagen de cómo las primeras comunidades que habitaron estas tierras ocuparon, recorrieron y dieron significado al espacio mucho antes de que el actual mapa de Granada comenzara siquiera a dibujarse.