Yo también voy a rearmarme
Nos hemos vuelto muy sumisos. Nos dicen que las cosas son así y no de otra manera y, aunque no nos guste, bajamos la mirada dócilmente
Escribo también en El Debate porque, cómo Alemania, Polonia y otros países europeos, yo también quiero rearmarme. No con misiles, ni rifles, ni pistolas. Sólo con valores. Creo que no soy el único ciudadano de estas islas todavía privilegiadas -aunque parece que nos queda poco- que necesita rearmarse y rearmar (como periodista) a una sociedad anestesiada, con una visión cada vez más borrosa de los valores, las tradiciones y el estilo de vida que heredamos de nuestros mayores.
Es que sales por ahí -pese a mi carné de identidad yo sigo siendo un periodista de calle- y te lo dicen: «No entiendo nada, ¿qué nos está pasando?». Cuesta decirles, aunque yo lo hago siempre que puedo, que su falta de visión obedece al hecho de que se han dejado colocar un antifaz -a veces son unas cucales, palabra mallorquina que define las anteojeras que antes se ponían a los burros para que siguieran únicamente la dirección marcada por las riendas del amo- y ahora, claro, no ven casi nada.
Es que nos hemos vuelto muy sumisos. Nos dicen que las cosas son así y no de otra manera y, aunque no nos guste, bajamos la mirada dócilmente. Nos explican que eso de la familia ya no tiene por qué ser lo de antes, que el heteropatriarcado es el colmo de los males y nos lo creemos a pies juntillas. A lo mejor tienen razón, pero es que ya ni lo discutimos. Entre unos y otros -los extremos que quieren dominarnos- nos tienen alelados. Nos pesa, claro está, la sumisión que arrastramos, pero nunca pensamos en cómo sacárnosla de encima. Medio mundo grita que Israel ha cometido un genocidio y el otro medio lo acepta sin tomarse la molestia de intentar averiguarlo.
No somos ya como aquel paisano mío al que le echaron en cara en el bar que era un «energúmeno». El hombre se quedó quieto un momento, luego alzó la cabeza y espetó a su interlocutor: «Mira, ahora mismo voy a casa a consultar el diccionario y, como eso sea algo malo, te rompo la cara». Ahora creemos saberlo todo pero aceptamos lo que nos imponen las redes sociales, los discursos de los políticos o los programas de la televisión de Sánchez. No nos gusta, pero nos lo tragamos. Luego, claro, vienen la mala leche y los ansiolíticos por prescripción médica.
En general, nos faltan valores, convicciones. Y lealtad para mantenerlos. No es cierto, claro está, aquello de que «cualquier tiempo pasado fue mejor», pero tampoco lo es que los cambios sociales, políticos, económicos y de usos y costumbres que nos impone esta tercera década del siglo XXI sean maravillosos.
Cuando me propusieron escribir en El Debate pensé que tal vez estaba ante mi enésima ocasión de ejercer de rebelde, de disconforme. Quienes me han leído a lo largo de los últimos treinta o cuarenta años saben que soy un columnista incómodo. Para todos, incluso para mí mismo. Pero ya estaba un poco cansado de no poder llamar a las cosas y a las personas por su nombre. Vamos a probar y a ver lo que duro.