El romanista suizo Werner Meyer-Lübke

El oscuro secreto que esconde el catalanismo

El filólogo suizo Meyer-Lübke reconoció por primera vez en 1925 la lengua catalana como idioma independiente y no como un simple dialecto del occitano

No ha de resultar extraño que el catalanismo no quiera celebrar el centenario del nacimiento de la lengua catalana, ya que se trataría del primero y no del duodécimo o undécimo, tal como se desprende de la web de la Generalidad catalana: «La lengua catalana es una lengua románica (…) nacida entre los siglos VIII y X».

Lo cierto es que la lengua catalana como tal nació hace cien años, en 1925, cuando el romanista suizo Werner Meyer-Lübke en su obra El catalán dejó de considerarla un dialecto de la lengua de oc (también conocida durante siglos como occitano o incluso con los nombres de sus dialectos lemosín y provenzal).

Hasta ese año 1925 los filólogos y lingüistas consideraban el catalán como un dialecto del provenzal. Así lo mantenía el filólogo alemán Friedrich Christian Diez en su Gramática de las lenguas románicas de 1844. Fue durante la Renaixença catalana, movimiento romanticista que reivindicaba un pasado glorioso y antiquísimo de la nación catalana, que se inició la construcción de la milenaria Cataluña, con una historia, lengua y cultura que incluía los antiguos reinos de Mallorca y de Valencia.

Necesitaban su justificación histórica, fabricar unos símbolos milenarios y también una lengua milenaria, que incluía la apropiación de autores mallorquines (Ramon Llull) y valencianos (Joanot Martorell y Ausiás March) para engordar y dar dimensión a la fabricada antigua cultura catalana.

El Renacimiento catalán se había iniciado en 1833 con la Oda a la patria del poeta barcelonés Buenaventura Carlos Aribau. Pero comenzó con la añoranza a su lengua lemosina, no catalana: «en lemosín sonó mi primer aliento». Ahí saltó el gran problema, la ecuación romanticista LENGUA = NACIÓN daba como resultado político la nación lemosina y no la nación catalana. Se había comenzado con la reescritura de la historia y la creación de los símbolos patrios, pero hacía falta el existir de la milenaria lengua catalana.

Lenga limozina

Pero la realidad histórica es muy cabezota. En el siglo XII la lengua de oc llegaba hasta el río Ebro, extendiéndose con las conquistas de Jaime I de Aragón hasta Mallorca y Valencia un siglo más tarde. Se trataba de la Gran Provenza cultural y política donde se hablaba la lengua lemosina, aquella que exaltaba el trovador catalán Ramón Vidal de Besalú: «per totas las terras de nostre lengage son de major autoritat li cantar de la lenga limozina».

La influencia, dominio y prestigio de la Casa de Aragón en Gotia (donde muchos condes rendían vasallaje a Aragón) y Provenza había culminado con la unión de Provenza y Aragón en la persona del rey Alfonso II en 1166. Esa evidente unidad cultural, política y lingüística entre Provenza y Aragón no pasaba desapercibida.

En un documento expedido en Pisa en 1169 a favor de mercaderes de Montpellier, las tierras provenzales se consignaban desde Marsella a Barcelona (“provincialum partes a Marsilia usque Barcinonam»); y a finales del siglo XIII el rey Jaime II de Aragón consideraba a sus súbditos catalanes como «hominibus lingua de hoc». No podía ser de otra manera ya que tal como atestiguan las crónicas cristianas, en Cataluña se usaba la partícula afirmativa «hoc» («¿Eres tu ab lo Comanador? E ell dix: Senyor, oc»).

El mallorquín Ramon Llull utilizó la lengua de Mallorca, fruto de la fusión de la lengua de oc y del mozárabe, para la literatura y la filosofía. De ahí que los personajes de «Blanquerna» usaran la partícula «hoc» («¿Has riquea? Respòs que hoc, amor»); además de indicar que el nombre de su lengua de oc no era otro que el de «romanç» («libre qui fos en romanç»). Lo cierto es que Ramon Llull, en su testamento de 1313, destinó ciento cuarenta libras para que se copiasen sus diez obras más recientes «in romancio et latino».

No fue hasta el siglo XIV que se le fue añadiendo a la lengua el nombre del territorio para poder distinguirlas. Había pasado un siglo desde la pérdida de la influencia aragonesa en Occitania a raíz de la derrota de Pedro de Aragón en Muret en 1213 ante Francia. Con la incorporación de Provenza y Gotia a Francia se reconoció la especificidad de ese territorio como «partes linguae occitanae». La lengua de oc quedaba fragmentada por la realidad política del momento, cada reino y cada territorio dio su nombre a los distintos dialectos: occitano, lemosín, provenzal, catalán (1303, «romans catalanesch»), valenciano (1335, «lingua valentina») o mallorquín (1341, «loquitur ad modum maioricencem»).

Tergiversar la historia

La lengua siguió su propio camino en cada territorio, consolidándose su denominación local (1450, Ferran Valentí: «en vulgar materno e malorquí»; 1490, Joanot Martorell: «en vulgar valenciana»). Pero hacía falta una denominación genérica para toda ellas. No fue hasta 1521 que el catalán Juan Bonllaví recuperó la secular denominación de «llenga limozina». A partir de entonces se mantuvo la denominación genérica de lengua lemosina (1737; Gregorio Mayans y Siscar. «los dialectos de la Lengua Lemosina son la Catalana, Valenciana y Mallorquina»; 1835; Juan José Amengual, «Gramática de la lengua mallorquina»: «data en estas islas el idioma lemosín»).

Con las bases sentadas por el romanista suizo el camino para la creación de la lengua catalana había quedado allanado. Solo hacía falta fagocitar a las seculares lenguas mallorquina y valenciana, que en 1926 compartían sillas en la Real Academia junto a las otras lenguas españolas distintas de la castellana. A pesar del reconocimiento de la Real Academia, en 1934, el ingeniero lingüístico Pompeyo Fabra con su manifiesto catalanista y antioccitanista («Desviaciones en los conceptos de la lengua y de la patria») fijó las bases del catalanismo lingüístico y político: «Nuestra patria (…) es el territorio donde se habla la lengua catalana (…): Principado, Valencia, Baleares y el Rosellón».

Después de tantos años de reescribir y tergiversar la historia para construir la milenaria Cataluña y de fabricar una milenaria cultura catalana apropiándose de autores mallorquines y valencianos, al catalanismo no le ha quedado otra que mantener oculta la celebración del primer centenario del nacimiento de la lengua catalana.