Desde la retaguardiaMiquel Segura

Unió Mallorquina: los restos del naufragio

¿Qué ha quedado de aquel partido cuya lideresa, María Antonia Munar, decidió por dos veces entregar el poder a un entonces denominado 'Pacto de Progreso', una amalgama de izquierda y extrema izquierda, con el siempre ventajista PSOE patroneando la travesía?

Si obviamos las siglas políticas, el titular de este artículo coincide con el de una novela que me premiaron en un certamen literario de Santanyí, creo recordar que en 2018. Pero nada tiene que ver esto con el tema que saco a colación, más allá de la insoslayable vanidad del escritor. De lo que quiero hablar hoy es de los restos del naufragio del pequeño partido nacionalista -su ideario, por lo menos, así lo proclamaba- que condicionó la política en Mallorca desde 1983 hasta 2010.

¿Qué ha quedado de aquel partido cuya lideresa, María Antonia Munar, decidió por dos veces entregar el poder a un entonces denominado Pacto de Progreso, una amalgama de izquierda y extrema izquierda, con el siempre ventajista PSOE patroneando la travesía? (En realidad aquello fue un desastre, especialmente en su segunda edición, aunque ahora el pacto está siendo idealizado debido al fallecimiento de Francesc Antich, la obligada redención que aporta la muerte).

Pues, verán, ustedes: después de tantos años existe un elemento cuantificable; entre los restos de aquel bajel estrellado contra los acantilados por causa de la ambición y el endiosamiento flotan, en buen estado de conservación, cien mil euros cantantes y sonantes, una parte considerable de lo que tenía en caja UM cuando la justicia embargó de forma preventiva todos sus bienes. Algunos testigos de aquella época aseguran que el montante era bastante mayor, pero que durante su forzosa estancia en el banco, comisiones y gastos se «comieron» una buena parte del botín. Qué cosas.

Un puñado de fieles permanecen arrebujados en torno a Munar, que le han cambiado el nombre al partidillo y parecen dispuestos a regresar al escenario político

Pero queda algo más de aquel desastroso final: un puñado de fieles permanecen arrebujados en torno a María Antonia Munar -los últimos de Filipinas en versión mallorquina- que le han cambiado el nombre al partidillo y parecen dispuestos a regresar al escenario político.

A los observadores atentos -depositarios de informaciones no oficiales y, por supuesto, no contrastadas- no se nos oculta que la que fuera denominada la Princesa está detrás de esta iniciativa, moviendo sus peones sobre un desvencijado tablero de juego.

La cabeza visible es Damià Nicolau, un charcutero de Porreres -dicho sea esto con todos los respetos- que fue una de las víctimas de la ofensiva mediática y judicial contra UM, aunque al final salió exculpado. Otros no tuvieron tanta suerte. De momento -según dicen- se aprestan a la lucha. Sin embargo, la guardia pretoriana munarista no representa, ni mucho menos, lo que fue el partido en sus momentos de gloria. Podrán disponer de los cien mil euros -solo están a la espera de unos certificados que tienen que presentar en el banco- y su potencial electoral se estima en un millar de votos. Son pocos porque la familia regionalista, como ya expliqué en otro artículo, está dividida en tres facciones.

Munar, en su incipiente resurrección política, no quiere ni oír hablar de Josep Melià Ques, quien en el momento de la destrucción del templo tomó el testigo iniciando una aventura política que le llevaría de aquella Convergència per a les Illes hasta el Pi, de Jaume Font, que un día lió el petate y se marchó para regentar su exitoso restaurante, que ese sí que permanece en el tiempo y en el paladar de mucha gente.

Lo tengo escrito: la única posibilidad de que el conglomerado regionalista saque tajada en las próximas elecciones autonómicas estriba en el hecho de que las tres facciones olviden el pasado y se presenten juntas a los comicios, dejando atrás rencillas y sinsabores. Aun así, pienso que hoy en día, cuando se vota en clave nacional porque los partidos son de marca, como los chándals y las zapatillas -y con el imparable auge de la derecha- la única opción apetecible para el electorado regionalista sería una que, con los debidos retoques, ofreciera un ideario semejante al de la Alianza Catalana de Sílvia

Orriols. ¿Sería ésa, en el fondo, la opción que acariciaría Munar?

Sin olvidar que esos mil votos, libres de siglas, ataduras y compromisos, podrían ser miel de abeja para quien se los llevara a casa.