Desde la retaguardiaMiquel Segura

Cuatrocientos días

Hemos llegado a un punto en el que los abuelos de derechas tenemos que hacer verdaderos esfuerzos para que nuestros nietos permanezcan en los territorios de la moderación centrista

Alguien me hizo notar que faltan sólo 400 días para las elecciones autonómicas en Baleares. A no ser que se avancen sobre la fecha prevista, claro. Todo podría ser pero no lo aventuro porque la experiencia en Extremadura y la que parece que se avecina en Aragón no parecen propicias a este envite por parte del centro derecha, que es el que felizmente gobierna estas islas.

Cuatrocientos días. Y eso sin tener en cuenta el período veraniego ni las vacaciones de Navidad y Año Nuevo, dos etapas inhábiles para la política electoral. Visto así el suspiro se convierte en un ay de esos que se te quedan colgando entre los labios. Poco más de un año, en efecto, no es nada a menos que lo tengas que pasar en la cárcel o, aún peor, aguantando las peroratas de la doña Belarra o la Lucía Muñoz en una del todo imaginada -por suerte- reunión a puerta cerrada.

Del PSIB hacia la izquierda no existen navegantes de la procelosa ruta hacia la victoria. No son navegantes porque son náufragos

Lo escribiré de otra manera: a quien quiera ganar los comicios del 27 le quedan diez meses de trabajo por delante. Es hora, pues, de calzarse las botas de montar e iniciar el galope por los amplios territorios de la pre campaña y la campaña. Los progresistas -hoy casi todo el mundo ya sabe que de eso, nada- son los que peor lo tienen. Del PSIB hacia la izquierda no existen navegantes de la procelosa ruta hacia la victoria. No son navegantes porque son náufragos. Cierto que el sanchismo sigue reinante, que la lucecita de la Moncloa continúa encendida pero parece que eso, como el fregar, también se va a acabar.

Los acontecimientos que vivimos cada día a nivel nacional, y que son como un tsunami, olas gigantescas una tras otra, sin dar tregua, no permite a la desarbolada izquierda isleña sacar la cabeza del agua.

Anuncié en su día que los últimos y desgraciados aconteceres ferroviarios embarcarían al todavía ministro Puente en un trayecto demoníaco, con él mismo de maquinista en el tren de los horrores. No son de prever, pues, triunfos electorales para una izquierda que está descubriendo demasiado tarde que gobernar no es adoctrinar, que un país, al fin y al cabo, es como un edificio de apartamentos a los que tienes que cuidar y mantener porque el tiempo no pasa en balde y si no refuerzas las infraestructuras la casa se cae a pedazos.

Ya no van a servir las paguitas a una juventud desesperanzada; bien al contrario: la política peronista de esa tropa solo ha conseguido enfurecerlos

Ya no van a servir las paguitas a una juventud desesperanzada; bien al contrario: la política peronista de esa tropa solo ha conseguido enfurecerlos porque al tiempo que les sustentan para que no se mueran de hambre les están haciendo comprender que tienen cerradas las puertas del futuro. Hemos llegado a un punto en el que los abuelos de derechas tenemos que hacer verdaderos esfuerzos para que nuestros nietos permanezcan en los territorios de la moderación centrista y no abracen posturas radicales, más a la diestra del Pecos.

Con todo, el PP no se confía y hace bien. La buena gestión del Govern tiene que llegar a todos pero la gente tiene la memoria muy corta. El concepto de «los políticos», que es el que ha estado en boca de todos en las recientes sobremesas familiares, tiende a no distinguir unos de otros. Se impone, pues, redoblar los esfuerzos, «vender» bien lo que se ha hecho bien y mejorar aquello que sea susceptible de mejora. Partiendo de una base: todo lo que no se ponga en marcha -o se concluya- en los próximos meses no servirá en mayo del 2027 para incrementar el bagaje de una legislatura en la que, pese a las dificultades de todos conocidas, se ha logrado cambiar el rumbo para alejarnos de los escollos hacia los que nos llevaron las dos anteriores.

Y todo ello sin dejar de tener en cuenta que en 400 días el panorama geopolítico mundial puede dar aún más vueltas, hasta el punto de convertir nuestras cuitas regionales en minucias.