Aurora, habitante de la antigua prisión de Palma
El problema de la vivienda
Vivir de okupa en la cárcel antigua de Palma: «Aunque trabajo, no puedo alquilar»
El Debate se adentra en el edificio abandonado que acoge a dos centenares de personas entre sus muros y que esta semana vivió un macro operativo policial
No viven del delito ni del conflicto. No generan problemas ni los buscan. Trabajan, madrugan, limpian, compran comida, llevan a la perra al veterinario cuando pueden. Y, aun así, viven donde nadie quiere mirar: en la antigua prisión de Palma. Son cuatro personas, cuatro historias de dignidad, bautizadas como okupas por habitar un espacio que no es suyo, aunque no molesten a nadie y solo hayan encontrado ahí el último refugio posible en una ciudad donde tener ingresos ya no garantiza un techo.
Aurora y Julio llevan cuatro años en uno de los módulos del viejo penal, el que antaño albergaba la cocina y el patio. Ella es mallorquina, natural de Campos (el pueblo de la presidenta de Baleares, Marga Prohens); él llegó desde República Dominicana cuando tenía 15 años y hoy trabaja en la construcción. Junto a ellos vive Ari, su perrita, ajena a etiquetas legales y debates políticos, perfectamente adaptada a un espacio que sus dueños han convertido en hogar. Cuando llegaron, el recinto era poco más que un vertedero abandonado: cascotes por todas partes, basura acumulada durante años, colchones rotos, muebles destrozados, restos de hogueras improvisadas e incluso jeringuillas. No había refugio ni seguridad, solo abandono institucional.
No esperaron a que nadie viniera a arreglarlo. Limpiaron. Sacaron bolsas y más bolsas de basura. Separaron escombros, despejaron estancias y construyeron un baño para poder «vivir aseados». Porque donde antes había suciedad, ellos pusieron orden. Hoy, ese módulo de la antigua prisión de Palma sorprende por algo que rara vez se asocia a una okupación: cuidado.
El espacio principal lo preside un sofá, colocado frente a una pequeña zona donde pueden encender fuego para calentarse en invierno. Alrededor, todo responde a una lógica doméstica elemental: un rincón de cocina con hornillo y una pequeña nevera; una mesa con cuatro sillas a modo de comedor. «Aquí comemos, aquí hablamos, aquí hacemos vida», resume Aurora mientras Ari se tumba a sus pies, como si aquel lugar hubiera sido siempre suyo.
Gemma mira el móvil frente al fuego
Han habilitado también una pequeña habitación. Es mínima, pero suficiente. Apenas cabe la cama, alguna estantería y poco más. «Dormimos de maravilla», dice Aurora con una mezcla de orgullo y alivio. «Lo acabo de pintar yo». El gesto es revelador: nadie pinta un espacio que siente provisional si no quiere quedarse.
El baño es obra de Julio. Con su experiencia en la construcción, levantó una ducha. «Ahora, con este frío, no me ducho aquí», explica Aurora. «Voy a Ca l’Ardiaca (un centro de acogida de baja exigencia cercano al recinto) pero en verano tenemos este espacio». No hay épica ni victimismo en sus palabras, sólo una adaptación constante a lo posible.
Aurora trabaja en un patio escolar, aunque ahora está de baja. Julio echa muchas horas en la construcción. Tienen ingresos. Podrían pagar un alquiler (si fuesen precios razonables). El problema es que en la Palma de 2026 ese tipo de soluciones razonables apenas existe. «No es sólo el precio del alquiler», explica Aurora. «Es la entrada, los avales, los meses por adelantado. Te piden cosas que no tienes, aunque trabajes».
Aurora sujeta a su perrita, Ari, en el salón de su módulo
¿Y el alquiler de una habitación? «Ya lo hemos mirado y te piden un ojo de la cara para convivir con muchas otras personas pudiendo utilizar las zonas comunes sólo unas horas concretas al día», lamenta la mujer. «Aquí estamos mejor»
¿Son okupas? Técnicamente sí: habitan un espacio que no es suyo. Pero matizan rápido. «Esto es un edificio abandonado. Alguna solución hay que buscar. Malo sería si robásemos o molestásemos, pero aquí no hacemos daño a nadie». Su discurso no es ideológico, es práctico.
La segunda historia es la de Gemma y su novio. Ella trabaja limpiando casas y él en trabajos verticales, colgado de fachadas y patios de luces. Dos empleos, ingresos y de nuevo, ninguna casa para ellos. «No es que no queramos pagar», explica Gemma. «Es que no podemos ni entrar». La entrada, los avales y la inestabilidad los dejan fuera antes de empezar. Llevan en la antigua prisión desde octubre de 2025 «y aquí estaremos el tiempo que haga falta». Ambas mujeres hacen piña. Hacen la comida entre las dos, almuerzan juntas, charlan. Y señalan el abandono institucional. Apuntan directamente al Ayuntamiento de Palma. «Hace un año nos dijeron que vendría la asistenta social», cuenta Aurora. «Todavía la estamos esperando». Su petición ya ni siquiera pasa por una vivienda propia. «Con que se limpiara y se adecentara la antigua prisión sería suficiente», dicen. Darle un uso social, evitar que el deterioro atraiga problemas mayores.
Aurora muestra la ducha habilitada por su pareja
Sobre la presencia de menores, Aurora aclara que hace unos meses vivía en otro módulo un niño de 11 años con su madre. «Iba al colegio, era un chaval estupendo». Ya no están allí. La movilidad es una de las constantes del recinto: gente que entra, encuentra trabajo, se va; personas que pasan semanas o meses y desaparecen. Por eso el caso de Aurora y Julio resulta excepcional: llevan años.
Dentro de su propio módulo incluso habilitaron un espacio para una pareja de magrebíes. «Pero ella encontró trabajo cuidando a un anciano y ya no están aquí fijos». La antigua prisión funciona como un lugar de paso, un refugio temporal en una ciudad que no ofrece alternativas reales.
«Hay de todo, como en todas partes», resume Aurora. «Pero en líneas generales hay tranquilidad y convivencia razonable». Los problemas, aseguran, empezaron con la llegada de personas conflictivas, algo que reconoce la propia Policía Nacional.
Jóvenes argelinos que se quedan en las islas tras desembarcar de la patera, a diferencia de la mayoría de sus compatriotas que cogen un ferry a la península y continúan su ruta hacia el norte de Europa. Los de la antigua prisión de Palma no, ellos hacen del delito un modus vivendi. De ahí los problemas con la comunidad, de ahí la operación policial.
Aurora y Gemma se desmarcan con firmeza. «Que no nos mezclen con ellos. Nosotras somos gente honrada». No buscan excusas ni señalan a colectivos enteros; marcan una línea clara entre quien sobrevive trabajando y quien genera conflicto.
La redada policial de esta semana ha vuelto a poner el foco sobre la antigua prisión de Palma. Furgones, agentes, identificaciones, imágenes impactantes. Pero antes de las sirenas ya estaban ellos. Limpiando su casa, pintando paredes, levantando duchas, creando hogares improbables en un edificio olvidado.