Sobre figuras excepcionales, hoy denostadas
Aquí, en Mallorca también tuvimos -salvando las distancias- políticos de gran calibre, capaces del sacrificio en pos de un objetivo de concordia más allá de sus ambiciones personales
Frente a la pavorosa vacuidad del panorama político actual mi mente busca la tecla del «on» de la máquina del tiempo. Quiere viajar hacia atrás en pos de figuras excepcionales que cambiaron este país y que ahora son tildadas de «fachas» o «franquistas» por cualquier mequetrefe con máster en postureo. Ayer estuve pensando todo el día en Torcuato Fernández Miranda, el «ingeniero» de la Transición que se convirtió en la mano derecha del rey Juan Carlos, llevando a cabo una obra maestra desde la idea de que se podía pasar de la dictadura a la democracia «de la ley a la ley pasando por la ley». Los insulsos políticos de hoy -incluyendo los ministros y ministras y el propio Sánchez- no pueden ni siquiera imaginarse la abnegación y el sentido del deber que un puñado de hombres asumió con entusiasmo para evitar una ruptura que hubiese podido hacer correr la sangre de nuevo en los campos de España. Qué van a saber ellos.
Muerto Franco, Juan Carlos se planteó cesar a Arias Navarro como presidente del gobierno, este sí, un tipo despreciable, con las manos manchadas de sangre. Se lo pensó mejor y lo que hizo fue mantenerlo y colocar a su amigo y mentor Fernández Miranda como presidente de las Cortes y del Consejo del Reino, un órgano clave, el único que tenía en sus manos desatar los nudos que el dictador dijo tener «atados y bien atados». Don Torcuato alentaba en secreto la ambición de presidir el ejecutivo, pero él mismo se descartó: «Puedo ser más útil al frente de las Cortes, donde la mayoría de los procuradores son contrarios al cambio y la apertura».
¿Se imaginan este desprendimiento en los políticos de hoy? ¿Puede darse ahora la prudencia y el sentido de estado del que hicieron gala desde el propio rey a Adolfo Suárez, Fernández Miranda y otros?
Aquí, en Mallorca también tuvimos -salvando las distancias- políticos de gran calibre, capaces del sacrificio en pos de un objetivo de concordia más allá de sus ambiciones personales. Recuerdo ahora mismo a Josep Melià Pericàs, con el que compartí largos años de trabajo desinteresado -eso es, sin ver un duro- con la mirada puesta en la ilusión del auto gobierno. El de Artà intentó -y casi que lo consigue- restaurar el entramado político del antiguo partido liberal de Joan March. Tenía un hombre en cada pueblo y, desde su influencia en Madrid -sobre todo cuando estuvo al lado de Suárez- se desvivió por atender las necesidades de municipios y entidades profesionales. Pero Mallorca -que le pedía favores continuamente- no entendió el proyecto de Melià, rechazándolo una y otra vez en las urnas. Después de él ya vinieron los políticos profesionales, con sueldo y prebendas. Melià soñó con una Mallorca de centro, gobernada por el seny y con la mirada puesta en la excelencia. Al final, cansado de esforzarse en pro de una gente y una sociedad que no le entendía, optó por dedicarse a los negocios y, dada su inteligencia, en pocos años se hizo con una notable fortuna personal. Otros se aprovecharon de su sueño y aún hoy hay quien pretende emularlo. Por lo que respecta a nuestra izquierda, únicamente respetó a Josep después de su muerte. Hipócritas.
Solo un pequeño detalle: Fernández Miranda, Suárez, Melià y muchos otros que hicieron posible la Transición procedían del franquismo. Consideraban que fue una desgraciada etapa de la historia de España y que había que salir de ella sin provocar otra guerra civil. Lo lograron pero si ahora, caballeros, algún alcalde les organizara un homenaje, le caerían encima una lluvia de insultos y descalificaciones. Procederían de aquellos que nunca han hecho nada por la concordia y el entendimiento y que ahora sostienen a un presidente más autoritario que todos los que llevaron a cabo aquel pequeño milagro. Y volviendo aquí, a Mallorca, baste recordar la sarta de barbaridades que soltó Francina Armengol en sede socialista, en un acto organizado para volver a poner en marcha las maltrechas legiones del PSIB.
Nada es lo que parece y me gustaría que los jóvenes, a derecha e izquierda, fuesen capaces de entenderlo.