La escuela no es un chiquipark
Guía para elegir colegio: por qué un buen proyecto educativo debe medirse por su capacidad de exigir y estructurar el pensamiento, no solo por su oferta de ocio
En pleno periodo de admisiones escolares, muchas familias visitan centros educativos, asisten a jornadas de puertas abiertas y comparan proyectos que prometen innovación, bienestar y felicidad en el aula. En medio de ese discurso amable, conviene recordar una idea esencial que a menudo se diluye: la función principal de la escuela no es entretener, sino formar. No está pensada para gustar siempre, sino para educar bien.
Al colegio no se va, principalmente, a pasárselo bien. Se va a aprender. A adquirir conocimientos, a construir una base intelectual y moral sólida y a prepararse para la vida adulta. Confundir la finalidad de la escuela con la diversión permanente es un error pedagógico que hoy conviene señalar sin rodeos.
Aprender exige esfuerzo, constancia y disciplina. Supone aceptar que no todo es inmediato, agradable o motivador. La idea de que el alumno debe disfrutar en todo momento transmite un mensaje peligroso: que aquello que cuesta no merece la pena. Y la experiencia demuestra justo lo contrario.
Como recordó Fernando Savater, «educar no es satisfacer deseos, sino ayudar a comprender qué deseos merecen la pena». Esa es una de las funciones centrales de la escuela: ordenar, orientar y jerarquizar, no adaptarse sin criterio al deseo inmediato del niño.
Cuando olvidamos para qué sirve el colegio
Un buen colegio no compite con el ocio ni con las pantallas. Compite en algo mucho más serio: la calidad de la formación que ofrece. Su misión no es entretener, sino estructurar el pensamiento, enriquecer el lenguaje, transmitir cultura y desarrollar el juicio crítico. Cuando la escuela se convierte en un espacio diseñado para agradar constantemente, pierde su sentido.
Una vez le pregunté a una madre…dime una cosa que mejorarías del colegio de tu hijo, ella me contestó que hubiera más horas de juego libre. Y entonces pensé que algo están introduciendo a través de mensajes en publicidad y redes de «disciplina respetuosa» «libertad del alumno» «mindfunless para el niño» que nubla conceptos de toda la vida vitales para la educación como s «disciplina y cultura del esfuerzo»; « autoridad del profesor» o « hábito de estudio, rutina diaria y concentración»
El juego tiene valor educativo, especialmente en las primeras etapas, pero no puede sustituir al aprendizaje sistemático. Incluso pedagogos a menudo citados de forma interesada lo advirtieron. María Montessori fue clara: «El niño no aprende jugando; aprende trabajando. El juego es su trabajo». No hablaba de entretenimiento permanente, sino de esfuerzo adaptado y trabajo con sentido, siempre guiado por el adulto.
Elegir colegio: entre la exigencia y la cultura del entretenimiento
La escuela no solo transmite contenidos. Forma carácter. Enseña a respetar normas, a asumir responsabilidades y a comprender que la libertad individual solo es posible dentro de un marco común. Un buen colegio exige, pone límites y sostiene la autoridad adulta sin complejos, porque confía en la capacidad del alumno para esforzarse y crecer.
La educación no es un servicio de consumo ni una experiencia diseñada para agradar. Es una institución esencial para sostener y mejorar la sociedad. Las escuelas no forman consumidores satisfechos, sino ciudadanos responsables, con conocimientos, valores y criterio propio.
Por eso conviene recordarlo, especialmente cuando toca elegir centro: la escuela no es un parque de atracciones. Es el lugar donde se siembran las raíces del pensamiento, del carácter y de la convivencia. Y esa tarea, precisamente por su importancia, no siempre es divertida, pero sí imprescindible.
· María Moreno es periodista y copresentadora del programa Educar, educamos