23-F: yo también quiero «desclasificar» un poco
Crónica de una noche de miedo en Sa Pobla tras el asalto al Congreso, entre la incertidumbre del 23-F y la amenaza real de los ultras locales
Aquel 23 de febrero también cayó en lunes. El tiempo presagiaba alientos de primavera. Por aquellos días yo dirigía la revista local de mi pueblo, nacida bajo los auspicios de Josep Melià en el período en el que el de Artà ejerció el cargo de secretario de estado para la Información y portavoz del gobierno de Adolfo Suárez. Melià, que regó los periódicos y revistas de Baleares con abundosas derramas, no llegó a darnos ni un duro para la modesta publicación poblera, que sobrevivía de mala manera con su magra cartera publicitaria y sus escasos suscriptores. Aquella revista me acarreó muchos enemigos entre los seguidores de Rafael Serra Company, último alcalde franquista del lugar y primero de la entonces incipiente democracia. La revista tenía muchos lectores pero los exaltados ultras partidarios del alcalde se mataban haciendo fotocopias de los artículos que les interesaban -todo menos comprarla- mientras mascullaban en voz baja que «si un día las cosas cambian se va a enterar, este xuetonarro».
Siguiendo la estela de Sánchez -aunque no con las mismas intenciones- yo también voy a «desclasificar» un poco. Veamos: lunes 23 de febrero de 1981, sobre las seis de la tarde. Yo estaba con Joan Martorell, periodista y amigo, maquetando el número de Sa Pobla que debía estar en Edicions Manacor -empresa, esa sí, generosamente subvencionada por Melià- a la mañana del día siguiente. De repente, sonó el teléfono. Enseguida advertí una sombra de preocupación en el rostro de Joan quien, regresando a la mesa, me dijo que tendríamos que dejar el trabajo para otro momento.
Los exaltados partidarios del alcalde mascullaban en voz baja: "Si un día las cosas cambian se va a enterar, este xuetonarro
-¿Qué pasa? ¿Ocurre algo?
-La Guardia Civil ha asaltado el Congreso y ha secuestrado a todos los diputados, y al gobierno en pleno. Debo partir rápidamente hacia el periódico.
Se refería a Ultima Hora, dónde él trabajaba y del que yo era corresponsal en mi pueblo. Marchamos juntos. Al llegar, el encargado de la puerta, visiblemente regocijado, nos concretó la noticia:
-Lo sabréis ya. Estamos en golpe de estado. Se va a armar una de buena.
-No quise llegar a la redacción. Giré sobre mis pasos y marché a la sede de la Unión de Centro Democrático: no quería toparme con otras expresiones de alegría por lo que estaba pasando. Frente a la entrada había dos coches de la Policía aparcados. En el interior, nadie sabía si estaban allí para protegerles o para impedir que salieran. «Puede ocurrir cualquier cosa», me dijo Lluís Pinya, el secretario general. Desde el partido llamé a mi esposa.
-¿Han llegado los niños del colegio?
-Aún no.
-Pues en cuanto lleguen os encerráis con llave y no abrís a nadie. ¿Me has comprendido?
Quienes recorrían las calles de Sa Pobla gritando mi nombre eran fascistas puros; su objetivo no era la caza de rojos sino la de centristas
En aquel momento tenía la certeza de que los ultras afines al alcalde irían a por mí. No me equivocaba. Con las primeras sombras de la anochecida un antiguo paracaidista legionario se echó a la calle con algunos compañeros. Llevaba una pistola. No quiero dar su nombre para no avergonzar a sus descendientes, que ahora van de progresistas. Aquella gente era, en efecto, muy peligrosa. Nada que ver con los que ahora son clasificados como «extrema derecha». Quienes recorrían las calles de Sa Pobla gritando mi nombre y el de otros desafectos eran fascistas puros. Su objetivo, al menos en los primeros momentos, no era la «caza de rojos» sino la de los centristas.
Fue una noche interminable. Un vecino y gran amigo que ya está en el Mundo Futuro, se apostó frente a mi puerta con un garrote de tamaño considerable. Sobre las doce de la noche llamaron a la puerta: era Francisco Berga, gerente de la extinta Cooperativa Agrícola Poblense, que también estaba en el punto de mira de los sicarios del alcalde. Juntos pasamos unas horas angustiosas, temiendo que de un momento a otro vinieran a por nosotros. No quise irme a dormir hasta haber escuchado el mensaje del rey Juan Carlos, que me tranquilizó bastante, aunque no del todo. A la mañana siguiente, aun con el miedo en el cuerpo, cambié la portada de Sa Pobla, que salió con una gran foto del monarca y un titular enorme: «Con el Rey y la Constitución».