Experiencia inmersiva y luz en la iglesia dels Sagrats Cors de Palma

Turismo religioso: evangelizando con el Patrimonio

Mallorca vive un auge del turismo cultural y espiritual, con un segmento de visitantes muy interesante por su gasto y su aproximación respetuosa a los tesoros de la isla

Aquí no hay toallas sobre la arena ni hamacas alineadas frente al mar. Aquí hay bancos de madera, piedra fría y una luz que entra tamizada por vitrales centenarios. No suena el último hit desde un chiringuito, lo que inunda el aire es el silencio. En estos lugares el tiempo parece ir a otro paso. Uno baja la voz casi sin pensarlo. Mira hacia arriba. Se detiene. No es devoción necesariamente, pero tampoco es una visita turística más.

Mallorca, que durante décadas ha sido sinónimo de calas turquesas y fiesta, seduce también por sus iglesias, sus santuarios y su ingente patrimonio artístico y espiritual que permanece, en buena parte, bajo la custodia de la Iglesia. Y ahí, casi sin hacer ruido, crece un nicho -el del turismo religioso- que encaja con la nueva Mallorca que se busca desde hace años: la que crece en valor y no en volumen.

La isla vive imbuida desde hace años en la estrategia de diversificar y, sobre todo, de desestacionalizar: repartir los flujos, escapar del ‘todopoderoso’ el sol y playa. Hoy el planteamiento se resume en una frase: no más sino mejor.

En ese giro han crecido con fuerza otros segmentos —el cultural, el deportivo, el gastronómico, el de compras— y también uno que parecía reservado a peregrinos: el turismo religioso, que une patrimonio y espiritualidad en un mismo recorrido.

Rafel Durán, gestor cultural y padre de 'Spiritual Mallorca'

Lluc: de parada de autobuses a santuario visitado por media Europa

Rafel Durán, gestor cultural y fundador de Spiritual Mallorca, lleva más de una década trabajando en esa frontera delicada de abrir el patrimonio religioso al visitante sin vaciarlo de sentido.

«Mi socio y yo nos dedicábamos a hacer proyectos para empresas, ayuntamientos, diputaciones, cajas de ahorro», recuerda. Era la época previa a la crisis financiera, cuando el sector cultural tenía músculo. Hasta que llegó el parón.

«Hubo un momento de crisis y nos planteamos: todos estos proyectos que hacemos para otros, vamos a hacerlo nosotros como iniciativa empresarial». La oportunidad apareció hace 14 años en el Santuario de Lluc, corazón espiritual de Mallorca.

«El sitio era un tesoro pero tenía una problemática muy grande y es que se había convertido en la parada de autobuses de gente que hacía la excursión a Sa Calobra», explica Durán a El Debate. El santuario no generaba recursos suficientes y, además, arrastraba un grave problema de financiación, especialmente por el mantenimiento de la Escolanía.

El objetivo era generar ingresos pero no a toda costa. «Que no se convirtiera en una parada turística como podría ser una fábrica de zapatos o un parque de dinosaurios».

Gestionar sin profanar

En Lluc se crearon espacios de acogida, una sala audiovisual sobre la experiencia del peregrino y la Serra de Tramuntana, mejoras museísticas y propuestas familiares. Y una medida decisiva: ordenar el aparcamiento hasta entonces gratuito. «Ese dinero que generaban los visitantes tenía que revertir en su futuro, en amortizar inversiones», señala. Pero desde el primer día hubo una línea roja: el residente no podía quedar fuera. «El que quiere ir a ver a la Mare de Déu no podía tener un impedimento económico», insiste. Por eso se estableció un precio simbólico para mallorquines: dos euros.

Ese equilibrio —gestión profesional sin perder el alma— es la base del modelo. Podría decirse que Durán y su socio, Pere Muñoz, tienen bien aprendido ese pasaje bíblico en el que Jesús expulsa a los mercaderes del Templo: «Habéis convertido la casa de mi Padre en un mercado».

Y no. Ellos recelan de los euros que profanan. «Nosotros somos personas de Iglesia. No es un negocio cualquiera. Uno, porque somos católicos y no queremos ensuciar nuestra fe, y dos, porque como empresarios sabemos que ensuciar el espacio acaba siempre con el proyecto».

Después de Lluc llegaron otros espacios. Los Franciscanos de la Tercera Orden Regular contactaron con ellos para profesionalizar la gestión de enclaves como San Francesc, La Porciúncula o Cura. «Querían una gestión más profesionalizada», cuenta Durán. Así nació la red Spiritual Mallorca: un conjunto de lugares espirituales conectados en una propuesta común.

El espectáculo 'Elements' respeta espacios y horarios

Turistas creyentes y no creyentes

El perfil del visitante varía. En Sant Francesc, por ejemplo, predomina el turismo cultural europeo. «Hay mucho visitante francés, alemán, inglés… que lo escoge más por el aspecto patrimonial», explica. "Pero, obviamente, también hay peregrinos y creyentes.

El objetivo, dice, es que no sea solo una visita artística. «Siempre hemos intentado que no sólo sea cultural, sino también espiritual. ¿Cómo? Siendo auténticos: hojas de oración, música, un ambiente que recuerde que aquello no es un palacio renacentista ni un parque temático. No es un producto turístico más», insiste.

La prioridad, además, es siempre litúrgica. No se hace nada que quite una hora de misa. Lo primero que se prima es el aspecto pastoral.

Otro tipo de evangelización, otra manera de acercar a Dios

El último proyecto incorporado está en la iglesia de San Cayetano, en Palma, con una propuesta distinta: una experiencia inmersiva audiovisual de 25 minutos.

«Es un videomapping dentro de la iglesia», explica Durán. Se titula Elements y recorre los cuatro elementos clásicos —agua, aire, fuego y tierra— culminando en la figura de Ramon Llull. «Hemos intentado darle sobre todo la carga espiritual que tiene la propia iglesia», subraya. Comienza con los Sagrados Corazones de Jesús y María, que presiden toda la narrativa.

«Estamos teniendo gente que sale llorando», cuenta. «Porque el sonido, la luz, la belleza… te remueve cosas dentro. No es un espectáculo de luz y color. Es otra cosa». Además, los visitantes salen con un folleto en el que cada elemento tiene una cita bíblica. «Para que te lo lleves a casa y pienses», dice.

Durán lo define como «una evangelización diferente». Otro lenguaje. Otra manera de acercar a Dios. Por eso ocurre la emoción. El sobrecogimiento que sólo la fe en Cristo inyecta.