La gala de los «Goya», Amalek y la fiesta de hoy

El destino no podía ofrecer mejor ocasión a los pijo progres del mundo del cine, empezando por los rectores de la Academia, dándoles ocasión de condenar la «agresión del imperialismo yanqui y el sionismo contra la soberanía de Irán»

Sabía que, de una manera u otra, la inexistente Palestina se colaría en eso que llaman la gala de los Goya, evento que, por razones de prevención de mi salud mental, evito ver desde hace ya bastantes años. Tampoco podía imaginar que mientras las rutilantes estrellas del cine español desfilaban sobre la alfombra roja -vanidad de vanidades y solo vanidad- las bombas israelíes -no «judías» como han escrito estos días algunos ignorantes- y norteamericanas caerían sobre Irán matando al Líder Supremo de la Revolución, el sanguinario Alí Jamenei quién, tras asesinar a decenas de miles de personas que se manifestaban por la libertad y contra la teocracia, ordenó a sus esbirros que acudieran a los hospitales para rematar -allí mismo, en las camas- a los supervivientes.

El destino no podía ofrecer mejor ocasión a los pijo progres del mundo del cine, empezando por los rectores de la Academia, dándoles ocasión de condenar la «agresión del imperialismo yanqui y el sionismo contra la soberanía de Irán». Para completar el panorama, en la gala barcelonesa estaba, como invitada, Susan Sharandón, la excelente actriz norteamericana reconvertida en su madurez en una activista emponderada. Doña Susana, que a lo mejor le había dado al Vega Sicilia o, quien sabe, al Don Simón con sifón, no se privó de nada: ensalzó «la lucidez moral de vuestro presidente». Peloteo hollywoodense del mejor estilo. Solo le faltó llamarle al escenario para perrear un poco con él ante el regocijo de la entusiasmada asistencia. Por cierto: vi una fotografía de Armengol junto a Yolanda Díaz -ya más pallá que pacá- y no fui capaz de entender si la mueca que desfiguraba el rostro de la inquera era la de una risa desatada por le euforia o un amago de llanto por lo que que puede sobrevenirle. El común de los invitados andaba tan desmadrado -envueltos en vestidos carísimos y joyas de lo más estrafalario- que sus rostros y ademanes permitían las más variadas interpretaciones.

El caso es que para los que no creemos en las casualidades la noche del sábado revistió un carácter altamente simbólico; al margen, claro está de los defensores y las defensoras de un régimen despótico que cuelga a los homosexuales de las grúas, esclaviza a las mujeres y que no ha dejado de tener en mente la destrucción de Israel desde el día no tan lejano en el que el Muftí de Jerusalem se codeaba con Hítler. Verán, el mismo sábado, en las sinagogas, muchos rabinos citaron el siguiente texto de la Torah: «Acuérdate de lo que te hizo Amalec en el camino cuando saliste de Egipto, cómo te salió al encuentro en el camino, y atacó entre los tuyos a todos los agotados en tu retaguardia cuando tú estabas fatigado y cansado; y él no temió a Dios. Por tanto, cuando el SEÑOR tu Dios te haya dado descanso de todos tus enemigos alrededor, en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da en heredad para poseerla, borrarás de debajo del cielo la memoria de Amalec; no lo olvides» (Deuteronomio 25-17-19) .

Y ocurre también que ayer lunes y hasta la puesta de sol de este martes, el mundo judío celebra la fiesta de Purim, que en la Biblia figura en el Libro de Esther. Esa mujer, en los días del cautiverio de Babilonia, salvó de la muerte a todos los judíos que habitaban aquel país cuando un personaje tan malvado como Amalek, Hítler, o Amadineyad, ordenó su exterminio. Hamán, que así se llamaba el inicuo ministro del rey, acabó colgado de un árbol. Y anoten: el primero de octubre de 1946, dos mil quinientos años después del episodio de Esther, el Tribunal Militar Internacional de Nuremberg dio sus veredictos sentenciando a muerte a los líderes del partido nazi. Diez líderes nazis fueron ahorcados. Uno de ellos fue Julius Streicher, pieza clave de la propaganda nazi y editor del periódico anti-semita Der Sturner. Segundos antes de ser ahorcado, Streicher giró la cara súbitamente hacia los testigos y gritó: «Festividad de Purim 1946». Nadie conocía la coincidencia de fechas, ni el tribunal, ni los defensores, ni el resto de los ejecutados, Solo Streicher recordó en su hora final que en el judaísmo no existen las casualidades.

Qué iban a saber, tampoco, las lumbreras cinematográficas que, en Barcelona, jugaron a ponerse chapas propalestinas y kefiyas, orgullosas de servir a la izquierda que les paga sus peliculitas. Y mucho menos doña Francina, su enigmática mueca de gala rodeada de los suyos.