Desde la retaguardiaMiquel Segura

Sobre la milonga del cambio de hora

En 1974 me pareció una bobada y ahora, con el sello aprobatorio de Europa, siempre empeñada en legislar tonterías en vez de avanzar hacia una soberanía compartida y un ejército común, seguimos en las mismas

Cuando lea estas líneas, caro lector, a las dos habrán sido las tres. Otra vez a vueltas con el cambio de hora, que desde los tiempos de Franco -mejor dicho, de Arias Navarro- viene atormentando los biorritmos de los españolitos. A mi, personalmente, me encanta que a partir de ahora las tardes se prolonguen en un derroche de luz que tendrá su apogeo en el delicioso junio, el mes que más me gusta de todo el calendario gregoriano. Se acabaron -al menos durante los próximos seis meses- las atardecidas prematuras, sombras que en pleno invierno asaltan mi diario devenir cuando todavía estoy disfrutando del último sorbo del café de la sobremesa. A partir de ahora, primero Dios, me levantaré de mi mesa de trabajo con una luz dorada atravesando los ventanales de mi estudio. Pronto podremos sentarnos en la terraza a la espera del espectáculo grandioso, siempre nuevo y diferente, de la puesta del sol. Y por las mañanas, bien tempranito, me despertará una luz hiriente, el pregón de un día largo que, si me empeño un poco en ello, podrá ser de quietud y sosiego.

Octubre queda lejos y a saber qué nos va a imponer para entonces el huesudo Sánchez. Si cree que le conviene para seguir en el cargo -gobernar es otra cosa- hasta puede que proponga alterar el ciclo del sol. A ver qué dirían los de Junts al respecto o cuánto pedirían a cambio.

A saber qué nos va a imponer para octubre el huesudo Sánchez; si le conviene para seguir en el cargo, hasta puede que proponga alterar el ciclo del sol

Respecto a esta milonga del cambio de hora -estudios recientes demuestran que el ahorro de energía que promueve es ínfimo, vamos, que no vale la pena- tengo una anécdota de juventud cuyo recuerdo, ahora mismo, me enternece. Abril de 1974. Mi santa y yo, en compañía de unos amigos regresábamos de París, donde habíamos pasado unas locas vacaciones de Semana Santa. Al entrar en España nos apercibimos del cambio de hora, creo que el primero que se produjo. Nuestra primera reacción fue que, al disponer de 60 minutos más para llegar a Barcelona -donde debíamos tomar el barco hacia Mallorca- no teníamos que darnos prisa. Incluso, con un poco de suerte, podríamos ir a cenar a «es Set Portes, mi restaurante preferido en la Ciudad Condal, hoy como ayer. Al comprobar que, al fin y al cabo no disponíamos de tanto tiempo, pensamos en dejar que el vapor- correo zarpara sin nosotros, y sin nuestro vehículo, y comer tranquilamente, a poder ser en la mesa que usaba Josep Pla. Por suerte no había mesas disponibles, contratiempo que nos devolvió la sensatez.

Al final embarcamos con un cierto regusto amargo. «Creo que esto del cambio de hora no me va a gustar», les dije a mis amigos. No me equivocaba en absoluto. Entonces me pareció una bobada y ahora -con el sello aprobatorio de Europa, siempre empeñada en legislar tonterías en vez de avanzar hacia una soberanía compartida y un ejército común- seguimos en las mismas.

Tengo entendido que, al menos en este asunto, mi opinión coincide con las del Gran Señor del Pacifismo cuyo rostro aparece en los misiles que masacran Israel. Pero, claro, don Pedro Paz hará lo que crea que le conviene. Como un servidor, por supuesto, dentro de mis múltiples limitaciones.

Feliz desajuste de sus biorritmos, señoras, señores y señoros. Y paciencia para aguantar lo que nos habrá de sobrevenir.