Dos niños leyendo en la playa
La educación no se va de vacaciones
Sería un error llenar el verano de fichas, clases particulares y horarios imposibles. Las vacaciones tienen que seguir siendo vacaciones. Pero una cosa es descansar y otra muy distinta instalarse en la ociosidad.
Estos días muchas familias cierran la puerta de casa con las maletas cargadas y una frase repetida hasta la saciedad: «Por fin, vacaciones». Y es verdad. Después de un curso intenso, todos necesitamos descansar. Profesores, alumnos, padres… Todos llegamos a agosto con la sensación de haber corrido una larga carrera y el convencimiento personal de que en la meta nos espera el merecido descanso.
Seguro que es así, que nos hemos ganado el deseado descanso. Pero, como en todo en la vida, existe también en esto un peligro. Y aquí el peligro no es otro que el de confundir descanso con ociosidad.
Vivimos en una sociedad que identifica el descanso con no hacer nada. Cuantas menos obligaciones, mejor; cuantos más ratos muertos, mejor; cuantas más horas frente a una pantalla o tumbados sin otro objetivo que dejar pasar el tiempo, mejor. Pero esa idea es profundamente equivocada. Descansar no consiste en dejar de vivir durante un mes. Descansar significa cambiar de actividad para recuperar fuerzas y volver renovados.
El verano no puede ser un paréntesis en nuestra vida ni en la educación de nuestros hijos. Debe ser una parte esencial de ella.
Cada septiembre los profesores asistimos al mismo espectáculo. Durante diez meses ayudamos a nuestros alumnos a adquirir hábitos de estudio, de puntualidad, de esfuerzo y de responsabilidad. Les enseñamos que las cosas importantes requieren constancia, que merece la pena terminar lo que uno empieza y que la disciplina no es un castigo, sino una herramienta para crecer.
Y entonces llegan dos meses de vacaciones.
No todos los alumnos regresan igual. Hay quienes vuelven con la curiosidad intacta, con ganas de aprender y con la cabeza despierta. Pero también hay muchos que llegan completamente «oxidados». No porque hayan olvidado las matemáticas o las lenguas, sino porque han perdido el hábito del esfuerzo. Les cuesta concentrarse, levantarse temprano, mantener la atención o aceptar que no todo puede ser inmediato.
Se distinguen aquellos jóvenes que trabajan unas semanas en verano. Aquellos trabajos enseñan puntualidad, responsabilidad, respeto por los clientes, compañerismo y, sobre todo, el valor del esfuerzo
Lo más llamativo es que recuperar esos hábitos exige semanas, a veces meses. Hay que poner mucho desoxidante pues es mucho más fácil perder una buena costumbre que adquirirla.
Por eso agosto también educa, o deseduca.
No hace falta convertir la casa en una prolongación del colegio. Sería un error llenar el verano de fichas, clases particulares y horarios imposibles. Las vacaciones tienen que seguir siendo vacaciones. Pero una cosa es descansar y otra muy distinta instalarse en la ociosidad.
La ociosidad nunca ha sido una buena maestra.
Un adolescente puede disfrutar enormemente de un verano en el que haya playa, montaña, amigos y viajes. Pero también necesita un rato diario para leer, responsabilidades en casa, tiempo para ayudar a los padres y, cuando la edad lo permita, algún trabajo de verano. Pues se distinguen aquellos jóvenes que trabajan unas semanas en verano. Sirviendo en algún bar o restaurante, ayudando en un algún comercio, recogiendo fruta, trabajando en una oficina o colaborando en el negocio familiar. Aquellos trabajos no solo sirven para ganar un dinero. Enseñan puntualidad, responsabilidad, respeto por los clientes, compañerismo y, sobre todo, el valor del esfuerzo. Descubren que detrás de cada euro hay tiempo, sacrificio y trabajo.
La alternativa a esas experiencias es, en muchas ocasiones, horas y horas de entretenimiento pasivo.
Los padres nos preocupamos por las notas de nuestros hijos, por los idiomas o por la universidad. Pero hay algo todavía más decisivo: que aprendan a gobernar su tiempo, a gobernarse a sí mismos
Educar consiste, precisamente, en preparar para la vida. Y la vida nunca concede dos meses al año sin responsabilidades.
Los padres solemos preocuparnos por las notas de nuestros hijos, por los idiomas que aprenderán o por la universidad a la que accederán. Todo eso es importante. Pero hay algo todavía más decisivo: que aprendan a gobernar su tiempo, que aprendan a gobernarse a sí mismos,
Porque una persona capaz de organizar su jornada, de cumplir con sus obligaciones y de encontrar satisfacción en el trabajo bien hecho posee una libertad mucho mayor que quien necesita estar permanentemente entretenido para sentirse feliz.
Agosto ofrece una oportunidad extraordinaria para conseguirlo. Hay tiempo para las excursiones, las sobremesas interminables, las conversaciones familiares, los deportes, los juegos y los viajes. Pero también para cultivar hábitos que no aparecen espontáneamente: la lectura, el servicio, el trabajo bien hecho y la responsabilidad.
Quizá el verdadero éxito de un verano no sea volver con un buen bronceado ni con cientos de fotografías en el teléfono. Quizá el mejor verano sea aquel del que nuestros hijos regresan siendo un poco más maduros, un poco más responsables y un poco más dueños de sí mismos. Siempre pasándoselo muy bien, por supuesto.
Porque la educación, afortunadamente, no se va de vacaciones.
- Carlos Beltrán es director del colegio Aixa-Llaüt.