Todo el mundo conoce mi vinculación con Sineu, el cariño que tengo por un pueblo al que me he sentido unido desde mi infancia y juventud, cuando acudía todos los miércoles acompañando a mi padre a vender joyas y relojes. Es una relación de toda la vida, tanto desde la vertiente comercial —yo seguí la estela de mi progenitor hasta la década de los ochenta, cuando la crisis en la seguridad ciudadana aconsejó no viajar en un coche particular que transportara objetos de valor— como en la periodística, como cronista impenitente del mercado.

En el pueblo me conocen y me aprecian, lo noto en el afecto de la gente, en los detalles que tienen hacia mi persona. Podría escribir un libro sobre Sineu —de hecho, estuve a punto de hacerlo, pero la pequeña editorial que me lo encargó quebró mientras preparábamos el proyecto—, sus pequeñas historias, sus personajes y sus establecimientos emblemáticos. Nada me gusta más, a mi edad, que sentarme en la terraza del bar Triquet y ver pasar desde allí la alegre vida del pueblo o departir con los tertulianos que se ubican bajo el olivo, frente a la exposición de animales. Allí arreglamos el mundo durante un rato, nos quejamos, recordamos el pasado y siempre acabamos con la misma frase: si no fos per... (Si no fuese por...)

Cuando empezó la Mucbada, la neofiesta que el pasado lunes convirtió Sineu en el corazón de la Mallorca agosteña y, ya lo sé, agobiada y masificada, las cosas no me gustaron mucho. Lo vi como un intento de la juventud de sustituir las celebraciones tradicionales del 15 de agosto, de carácter originalmente religioso. Me parecía un jolgorio pagano, un regreso a los oscuros tiempos de la Mallorca precristiana, con culto al alcohol y al desmadre. Pero la fiesta, como otras que surgieron después, se ha consolidado y Sineu está hoy orgulloso del Much. Así es, pues, si así os parece, queridos sineuers, pero yo no puedo sentirme identificado -supongo que por motivos generacionales- con esa manera de divertirse. Comprendo, también, que la Muchada representa una notable fuente de ingresos para los bares y restaurantes del pueblo.

Podría escribir un libro sobre Sineu, de hecho estuve a punto de hacerlo, pero la pequeña editorial que me lo encargó quebró mientras preparábamos el proyecto

Amador Camps, que fue juez de paz de Sineu durante mucho tiempo y a quien este año le ha correspondido el honor de pronunciar el pregón de las fiestas de la Asunción de la Virgen, me contó que la gran diada del Much transcurrió sin incidentes importantes, que no hubo peleas. Vino a ocurrir, sin embargo, que el personaje que representa a la pagana figura —con reminiscencias idolátricas, acordémonos del becerro de oro— sufrió una estrepitosa caída desde la barra de Can Castell, terminando el jolgorio en el hospital con algunas contusiones. En el momento de redactar esta crónica, ya ha sido dado de alta y se encuentra convaleciente en su casa. Pues menos mal.

También a mí, este año, la fiesta del Much me ha golpeado, provocándome contusiones muy distintas de las que padece el gran protagonista de la diada, pero igualmente dolorosas, o quizás más. Me refiero a la bandera palestina que alguien colgó en el Ayuntamiento y que nadie ordenó retirar. ¿Tiene algo que ver el inexistente país de los filisteos con la gran fiesta de Sineu o va a resultar que en la Mallorca de hoy se mezcla todo impunemente en un guiso que al final resulta incomestible? Me dirán que la del Much es también —o sobre todo— una fiesta reivindicativa, pero reivindicativa, ¿de qué? Da pena —y un poco de asco— ver que esta mixtura es común a todas las manifestaciones isleñas, ya sean festivas, políticas o culturales. ¿Son el Much y la Mucha, como buenos paganos, descendientes de los esclavos egipcios que se mezclaron con los hebreos rescatados por Moisés y que exigieron, en ausencia del mismo, el regreso a la idolatría?

Nada es inocente en la Mallorca de hoy. La isla agobiada y saturada, ya lo sé, pero también desorientada a más no poder.