Santa Cirga, el sueño de una noche de verano, en la que se entremezcla el recuerdo de March y Alcover

El regreso a la histórica finca, más de cuatro décadas después, despierta la memoria de personajes y episodios de otra Mallorca

Interior de la finca y una imagen del mítico banquero

La noche de verano era perfumada y los invitados a la cena, un grupo reducido, iban llegando. El aperitivo se servía en la terraza del primer piso. Doña Leonor March Cencillo, la anfitriona, permanecía sentada en un sillón, del que no se movía debido a su estado de salud. El mirador, asomado a un amplio jardín, comunicaba directamente con un amplio salón, repleto de obras de arte. La cena fue exquisita y al mismo tiempo sencilla. Los invitados fuimos dispuestos en varias mesas separadas unas de otras. Me sentaron junto a Ágata Ruíz de la Prada, locuaz y divertida. Nunca había coincidido con ella. Pero yo quería departir especialmente con doña Leonor para que me contara cosas de su abuelo, el mítico financiero mallorquín. Al final fue ella la que me preguntó sobre algunos aspectos de la vida de don Joan. Ahí abajo, en el jardín, el césped iluminado parecía un verde mar cercano. El delicioso olor a tierra mojada desprendía una sensación de frescor que nos envolvía.

-A veces visitábamos a mi abuelo en la Banca March y el nos obsequiaba con fajos de billetes de cinco pesetas. Las chicas éramos las preferidas en el reparto, de eso me acuerdo muy bien.

La primera vez que el cronista estuvo en santa Cirga -un día de mediados de julio de 1981- la visita fue muy diferente. No vi a doña Leonor March, pero sí a su entonces esposo, don Javier Chico de Guzmán, director de la entonces pujante explotación agraria de la finca. Don Javier, descendiente de don Francisco Javier Girón y Espeleta, duque de Ahumada, matrimonió con una de las nietas de Joan March Ordinas, hija de Bartomeu, el menor de sus dos hijos. La boda fue muy sonada en Mallorca, pues unía a un noble descendiente del fundador de la Guardia Civil con la nieta de quien fue -entre muchas otras cosas- el principal contrabandista de España, que convirtió esa actividad ilícita en una empresa «industrial» que dio trabajo y sustento a varias generaciones de mallorquines condenados al hambre y la precariedad en una isla entonces pobre, sin recursos naturales. El turismo llegaría más tarde.

En la casa de los «amos» nació don Antonio Maria Alcover, el gran patriarca de la lengua en Mallorca. Ironías de la vida, el propio Joan March contribuyó personalmente a financiar aquel proyecto

En aquel lejano verano de la década de los ochenta del siglo pasado el cronista no podía saber -nadie se molestó en explicármelo- que santa Cirga no era una finca agraria procedente del inmenso legado de Joan March, puesto que formó parte del también respetable patrimonio de los Servera, la acaudalada familia de Capdepera enriquecida con el cultivo de la llatra y su posterior transformación en cestos, la conocida y aún hoy apreciada senalla mallorquina. Joan March, trabajando en las contabilidad de la familia Qués de Alcúdia -amigos y socios de los Verga- había trasteado en sus documentos en busca de nombres de ricas herederas entre las que poder «seleccionar» un matrimonio de conveniencia que lo catapultara hasta las alturas de la alta sociedad de la época. Naturalmente, no le pasó desapercibido el nombre de Leonor Servera, cuyo padre tenía un banco en propiedad en Manacor, un abundante patrimonio rural y urbano y diversos negocios a cual más boyante. Joan y Leonor se casaron el 25 de mayo de 1905 -tras no pocas vicisitudes que no vienen al caso- y pasaron a vivir en un precioso caserón de Santa Margalida donde, por cierto, se ubicó la primera oficina de la Banca March. Así fue como santa Cirga, situada entre Manacor y Porto Cristo, pasó a manos de la rica heredera y de allí a su hijo Bartomeu.

Hace 46 años santa Cirga era, fundamentalmente, una explotación agrícola y ganadera de primer orden. Entre los profesionales del sector primario circula un refrán según el cual «con agricultura no harás dinero pero con dinero sí que harás agricultura». Era el caso de don Javier Chico de Guzmán quien, a tenor de su aspecto y su manera de actuar en las tierras de su esposa, en nada se parecía a un noble descendiente de la aristocracia navarra del siglo XIX, cuyos ancestros se remontaban incluso al emperador Moctezuma. En santa Cirga se ensayaban cultivos innovadores e incluso se importó una raza ovina muy especial, la «Romanoff», conocida por su alto rendimiento y su trato esquivo, tan diferente al de la oveja mallorquina.

En la casa de los «amos» (aparceros) de santa Cirga nació don Antonio Maria Alcover, el gran patriarca de la lengua en Mallorca, iniciador de la gigantesca tarea del diccionario enciclopédico «Alcover Moll», una joya de la ciencia lingüística, un tesoro en 26 tomos que reúne todas las palabras, expresiones y modismos de la lengua «Catalana-Valenciana-Balear». Ironías de la vida, el propio Joan March contribuyó personalmente a financiar aquel proyecto -se lo pidió su gran amigo Joan Mascaró y Fornés, también de Santa Margarita- que más tarde culminaría don Francesc de Borja Moll.

Recordé todo eso -y algunas cosas más- la noche de verano en que regresé a santa Cirga. Y temí -¿por qué no escribirlo?- que los recuerdos que en aquellos momentos se agolpaban en mi memoria, privándome del solaz al que me invitaba el jardín y la placidez de la jornada, se perdieran en los jirones del tiempo.