Santa Margarita, San Bernardo y el apocalipsis climático que nos acecha: ya nada es como antes
A los mallorquines de siempre -vamos quedando pocos -nos asusta este perenne estado de alarma climático tan querido por nuestros gobernantes, a los que parece que les interesa mucho tenernos controlados a través del miedo
Muchos esperábamos que es frare, a tono con el ancestral refrán mallorquín, fuese capaz de apagar las asfixiantes temperaturas que nos agobian desde mediados de mayo. La sabiduría popular de esta isla atribuía a santa Margarita -cuya festividad, el 20 de julio abre el período canicular- la acción de «encender» las llamaradas del verano. A sensu contrario le correspondía a Bernardo la benefactora misión de apagar los ardores del pleno verano. De eso modo, cada uno cumplía la «misión asignada»: la monja le daba al on y el fraile apretaba el botón de out. Y todos tan contentos.
El cambio climático ha venido a cambiar todo esto. Ahora somos pocos los que miramos el calendario para saber cuando el calor dejará de atormentarnos. Jóvenes y no tan jóvenes consultan sus teléfonos presuntamente inteligentes, aunque a menudo se da el caso de que dos terminales idénticos anuncian fenómenos climáticos contrapuestos: el primero anuncia tormentas -en un tono más bien alarmante, que hoy vende mucho- mientras que el otro muestra un sol redondo y orondo para explicarte que tendrás un buen día. La monja y el fraile también fallaban, claro, pero inspiraban más confianza. Era otra cosa, qué quieren que les diga.
Este año en Mallorca todo viene transcurriendo a tenor con el caos que ha marcado este loco verano. Justo para el 20 de agosto los augures del tiempo anunciaron que nos llegaba una vaguada, que no es tanto como una dana pero que también asusta mucho. Una nieta sobrina mía, que por esos días andaba de boda, estaba con el alma en vilo: «tres meses sin llover y ahora el clima amenaza con arruinarme el día más feliz de mi vida». Creo que, en su azoramiento, incluso llevó huevos al convento de Santa Clara, que es otra tradición mallorquina que ayudaba bastante a aplacar los rigores del tiempo. Hasta ahora, por lo menos.
A los mallorquines de siempre -vamos quedando pocos -nos asusta este perenne estado de alarma climático tan querido por nuestros gobernantes, a los que parece que les interesa mucho tenernos controlados a través del miedo. Este cronista temía los avatares climáticos anunciados para este fin de semana, pero de todas maneras el viernes por la noche fui a cenar a «Can Pantina» para celebrar el cumpleaños de mis nietos gemelos. A la salida el tiempo era ya desapacible. Caían unas gotas como monedas de cinco céntimos, se veían relámpagos hacia el este y los turistas y viandantes empezaron a dispersarse. Al llegar a casa vi que el poniente soplaba furioso y las embarcaciones amarradas giraban como peonzas enloquecidas. El viernes amaneció caluroso, era obvio que el fraile no le había dado al interruptor, pero el mar ya tenía el color del setiembre. Pero temporal haberlo, lo hubo. Los periódicos hablaban de incidencias y todo parecía indicar que, más allá de la escritura y envío de este artículo, en Mallorca podían acaecer nuevos incidentes climáticos. Incluido que un tempestad no anunciada arruine la boda de mi nieta sobrina, lo que ya sería el colmo.
¿Para qué les cuento todo esto? Pues porque soy un nostálgico de la Mallorca tradicional en la que todo, más o menos, estaba en su sitio. La segunda quincena de agosto marcaba el principio del fin del veraneo pequeño burgués; los pequeños comerciantes de Sa Pobla, Muro o Inca planificaban ya la temporada de otoño. Sabían que el «fraile», con mayor o menor precisión, haría bien su trabajo y que sus parroquianos del pueblo, terminada la época de recogida de almendras y algarrobas, planificaban ya la compra de sus prendas de abrigo. Había que preparar las ferias, retomar la vida pausada y pautada de todos los años. Si tenia que llover, llovía, pero no había predicadores climáticos dispuestos a amargarte la vida con predicciones apocalípticas. Ni, por supuesto, perroflautas buscando fascistas por todos los rincones.
¡Qué tiempos!