De Flanigan a Mía: el verano en que una «amiga» del Príncipe Felipe nos sirvió la cena

Del Flanigan de los noventa y los veranos sin móviles al Mía de hoy, la vida social de la Familia Real en Mallorca ha cambiado tanto como la isla

Han pasado diez años de esta foto, tomada a las afueras del mítico restaurante Flanigan de Puerto Portals

Han pasado diez años de esta foto, tomada a las afueras del mítico restaurante Flanigan de Puerto PortalsGTRES

Transcurrido más de un cuarto del siglo XXI, han cambiado muchas cosas en el verano mallorquín. Hace más calor y, a pesar de la masificación turística, conseguir una mesa en Flanigan ya no resulta tan complicado. A comienzos de este milenio, era más fácil tropezarte con Bruce Springsteen de compras por Palma que cenar en la terraza del restaurante más famoso de Puerto Portals. Todos sospechábamos que, cuando llamabas para hacer una reserva y te decían que estaba completo, era porque el propietario, Miguel Arias, siempre reservaba una mesa para su amigo el rey Juan Carlos. Y quizá alguna más por si, a última hora, Valentino, Cristina Macaya o Diandra Douglas se dejaban caer por allí.

Tampoco es que llamáramos cada día. Aunque nos hubieran dado mesa todas las noches, una economía modesta no se lo podía permitir. Como no éramos millonarios —ni antes ni ahora— recurríamos a eso que el marketing moderno denomina «lujo asequible». El famoso desayuno inglés de Flanigan era lo que hoy un influencer calificaría como «micro experiencia». Te zampabas dos huevos fritos con su puntilla perfecta y unas tiras del mejor bacon crujiente mientras veías desfilar a Inés Sastre en pareo de camino a algún megayate.

Pasados algunos veranos, una mañana, atacando aquel cruasán tierno y caliente de Flanigan, pensé que el dress code de uno de los puertos más exclusivos del Mediterráneo se estaba relajando demasiado. En la mesa de al lado, desayunaba un cincuentón en chanclas, con unas bermudas arrugadísimas y una camiseta blanca agujereada y con algún lamparón. Poco después me enteré de que aquel hombre con aspecto de indigente, aunque leyera el Financial Times, era Larry Ellison, cofundador de Oracle y ya por entonces una de las mayores fortunas del planeta.

La chica era checa, y más tarde supimos por el ¡Hola! que se llamaba Alice Krejzlová, porque aquel mes se hizo muy «amiga» del príncipe Felipe

En las madrugadas de los últimos veranos del siglo XX, consiguieras o no mesa en Flanigan, era posible derramar sin querer un gintonic sobre algún futbolista del Barça, o sobre algún miembro de la realeza europea, sin que un miembro de la seguridad te expulsara de Cats, la mítica discoteca ubicada a escasos cien metros del restaurante. A finales de los noventa, en su pista de baile se daba cita una peculiar mezcla social, mucho menos elitista de lo que cabría esperar en un local cuya entrada tenía vistas a veleros de doble mástil con cuarenta metros de eslora. Prueba de ello es que a mí me dejaban pasar.

Ese mundo que mezclaba a millonarios, aristócratas y famosos con gentes de andar por casa, como yo, no acabó por culpa de la crisis del 2008. Tampoco provocó su final un cambio en el modo de divertirse de las personas más pudientes. El vídeo mató a la estrella de la radio y las cámaras de los teléfonos móviles liquidaron un ambiente en el que la hija de Mick Jagger te podía invitar a una copa o el modelo Mark Vanderloo sacar a bailar a tu amiga más guapa.

Hoy, la familia real ya no posa en las escaleras de Marivent ni saluda a los periodistas desde el Fortuna. Ahora, salen a cenar una noche de verano, que sepamos, y ese día «sacrifican» su intimidad avisando a todos los medios de comunicación para que los fotografíen al entrar a Mía, el restaurante palmesano que regenta Guillermo Cabot en el Portixol. Cuando llegan, todos los reporteros están apostados en una perfecta línea de disparo, ordenada y tranquila. Los fusilan dos minutos con los flases, y ya.

La amistad de Miguel Arias con el emérito no es comparable a la de Guillermo Cabot con la reina Letizia, pero es que Guillermo cae bien a casi todo el mundo, incluida la reina. Quizá por eso, y por motivos de seguridad, la familia real lleva varios veranos eligiendo ese restaurante como parada estival obligatoria. Pero ya digo que las cosas han cambiado, y Mía no es Flanigan. No me refiero a la calidad de sus viandas, porque la receta de raviolis con foie que Guillermo se trajo del Caballito de Mar, en la Lonja de Palma, o sus calamares con sobrasada, están a la altura de los mejores arroces de Flanigan.

En agosto de 2002, una camarera delgada, altísima, rubia y de ojos azules —o quizá fueran verdes, la memoria no me da para tanto— nos emplataba una lubina a la sal y, a los postres, nos dejaba en el centro de la mesa la mítica tarta fina de manzana de Flanigan. La chica era checa, y más tarde supimos por el ¡Hola! que se llamaba Alice Krejzlová, porque aquel mes se hizo muy «amiga» del príncipe Felipe. El heredero había terminado el año anterior su relación con Eva Sannum y aún no había comenzado su noviazgo con Letizia Ortiz.

Por diversos motivos, cuesta imaginar este verano a la princesa Leonor acurrucada en los brazos de un camarero de Mía mientras bailan en Mar Salada, la renovada discoteca del Club de Mar que ha vuelto a ponerse de moda. Si la Casa Real llegó a denunciar el año pasado a un centro comercial de Punta Arenas, en Chile, por difundir sin permiso unas imágenes de la heredera paseando con otros guardiamarinas del Juan Sebastián Elcano, no quiero pensar en el «escándalo» que supondría difundir el «rollo de verano» de una veinteañera guapa grabado por decenas de Iphones. Saldría a opinar hasta el ministro Oscar Puente. Para que luego digan que el apellido Borbón sólo acarrea ventajas.

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