Sopar a la fresca, sentados en el suelo y por encima de los 30 grados: La «última cena» para protestar contra el turismo

La iniciativa de Brunzit está plagada de contradicciones, quizá la más llamativa sea ver a sus participantes tirados por el suelo, cual «guiri» incívico -esos que tanto critican-, mientras ocupan la vía pública sin abonar la tasa que sí pagan bares y restaurantes

El Born de Palma, sin terrazas ni turistas, ocupado sólo por los ideadores del 'sopar a la fresca' menos fresco del veranoEUROPA PRESS

En diciembre de 2015, el ayuntamiento de Palma gobernado por el socialista José Hila convocó un referéndum para decidir si se retiraban o no las terrazas del Paseo del Borne. Aquella consulta tuvo algo de cruzada personal de Aurora Jhardi, a la sazón teniente de alcalde por el partido Podemos. La regidora consideraba que aquellas mesas y sillas ubicadas en pleno centro de la capital de Baleares constituían el «robo» de un espacio público que pertenece a la ciudadanía. Alguien dijo que los plebiscitos sólo se convocan para ganarlos. Pues bien, preguntado el pueblo, más del ochenta por ciento de los votos se pronunciaron en contra de la opinión del equipo de gobierno y a favor de la continuidad de las terrazas. No es fácil encontrar antecedentes de semejante varapalo electoral que, por supuesto, no acarreó ninguna dimisión.

Hace unos días, se celebró en Palma el noveno y último de los sopars a la fresca convocados este verano por Brunzit, el colectivo vecinal que protesta contra la masificación turística y que, como en su día Aurora Jhardi, quiere recuperar el espacio público para la ciudadanía. Quiso la casualidad, o no, que esta «última cena» se produjera en el mismo lugar en el que la izquierda pretendió hace una década eliminar las terrazas, estrellándose contra la opinión favorable y aplastante del «pueblo» respecto a esa forma de ocio en el principal paseo palmesano.

La animadversión de la izquierda hacia algunas terrazas, no todas, ha encontrado una palanca útil en el hartazgo de muchos ciudadanos por el exceso de turistas

En estos diez años han cambiado bastantes cosas en las Islas Baleares, pero sólo citaremos dos: la primera, los equipos de gobierno. El Partido Popular ganó las últimas elecciones y preside las principales instituciones: gobierno autonómico, consells insulares y ayuntamiento de Palma. La segunda, la percepción ciudadana respecto a la saturación y al colapso de determinadas infraestructuras públicas, que ya no sólo se produce en unas semanas concretas del verano, sino que se extiende durante gran parte del año. Al margen de propuestas utópicas, o que conducirían directamente a un desastre económico, existe una preocupación real en la sociedad, de carácter transversal en lo ideológico, que merecería un debate serio y responsable. Dado la polarización política que algunos se esfuerzan cada día en alimentar, ese debate sensato no se va a producir.

Sin embargo, hay eslóganes y obsesiones que no cambian, ya pasen diez o cincuenta años. La animadversión de la izquierda hacia algunas terrazas, no todas, ha encontrado una palanca útil en el hartazgo de muchos ciudadanos por el exceso de turistas. De tal manera que, en primer lugar, se intenta trazar un mapa nítido entre las mesas y sillas que ocupan los guiris con sus posaderas, y las que ocupamos los residentes. Como si esto fuera posible y, además, no desprendiera un tufillo xenófobo. Si lo que se pretende denunciar es la «privatización explotadora de la vía pública», entiendo que el concepto de «vía pública» debe de ser el mismo para el casco antiguo de Palma que para los barrios de Foners y Pere Garau, indistintamente. Pero en la práctica no lo parece porque, en estas dos últimas barriadas, los vecinos que han salido a cenar a la calle este verano han utilizado las terrazas de sus bares y restaurantes sin mayores problemas.

La «privatización» de la vía pública parece molestar en el centro de Palma, pero no cuando los vecinos cenan en las terrazas de Foners o Pere Garau

Con todo, no me parece ésta la mayor contradicción que podemos encontrar en algunas de las cenas al aire libre celebradas este verano. En las convocadas en la plaza d’en Coll y en la plaza Mayor, los organizadores dispusieron gratuitamente un buen número de mesas y sillas que sustituyeron a las terrazas de los establecimientos de restauración que pagan religiosamente una tasa de ocupación de la vía pública. Bueno, un día es un día, y tampoco se van a poner estupendas con ese detalle unas autoridades que deben garantizar el derecho constitucional a manifestarse.

Lo realmente insólito, con tintes bizarros, fue lo acaecido en julio en la plaza de Cort, y hace tan sólo unos días en el paseo del Born. Obviaremos el chiste fácil de cenar «a la fresca» por encima de los treinta grados. Podemos sonreír y secarnos el sudor, pero de eso no se puede culpar a los organizadores, ni siquiera al Partido Popular. Como mucho, nos quedaría el comodín del cambio climático que vale para todo, como la aspirina. Por razones que desconozco, la gran mayoría de comensales que se dieron cita en esas dos cenas se sentaron en los adoquines y en las baldosas ardientes de esos espacios públicos. En el caso de la plaza de Cort, además lo hicieron a escasos centímetros de las mesas que ocupaban los clientes de las terrazas. Cuestiones higiénicas aparte, resulta sorprendente que, para protestar contra las terrazas llenas de turistas, se tenga que reproducir la conducta que reprochamos precisamente a los turistas incívicos, que piensan que cualquier lugar de la ciudad que les acoge es apto para zamparse un bocata, o un trozo de pizza: la escalinata de la catedral, los soportales de Jaime III o el suelo de cualquier acera o calle peatonal. No niego que los asistentes se pudieron divertir, pero, sin duda, no predicaron con el ejemplo.