Los niños, su gran alegría

Misioneros por el mundo

La religiosa ligada a Mallorca que lleva casi medio siglo encontrando a Cristo entre los más pobres de Perú

Llegó al país andino en 1978 con 26 años. Desde entonces ha impulsado hogares para menores, proyectos de agua potable y programas de desarrollo porque «predicar a Dios es dar dignidad a todas las personas»

Cuando la hermana trinitaria llegó a Perú tenía 26 años. Era 1978. Había salido de España convencida de que iba a dedicar su vida a ayudar a los demás. Como tantos jóvenes de su generación, llevaba dentro el deseo de contribuir a cambiar un mundo que consideraba profundamente injusto. No imaginaba que el primer cambio tendría que producirse en ella.

Cuarenta y ocho años después sigue viviendo en el país andino. En ese tiempo ha visto crecer generaciones enteras, ha enterrado a vecinos, ha celebrado nacimientos, ha acompañado a niños que llegaron sin una familia a la que volver, ha impulsado proyectos para que cientos de mujeres pudieran ganar independencia económica y ha trabajado para que decenas de comunidades rurales tuvieran, por fin, agua potable. Ha aprendido que hay acciones que se dan por supuestas hasta que uno vive donde faltan. Abrir un grifo, por ejemplo.

«Como joven soñaba con cambiar el mundo», recuerda. Habla despacio, sin nostalgia y sin la tentación de convertir aquellos primeros años en una epopeya. La realidad fue bastante menos romántica. «El primer año pensé en volver. El nivel de pobreza y de dolor que encontré era muy duro».

Aquella decisión de quedarse no fue inmediata. Durante meses convivieron el deseo de continuar y la sensación de no estar preparada para afrontar lo que veía cada día. La pobreza había dejado de ser una palabra para personificarse en niños, mujeres, hombres, ancianos. Familias enteras intentando salir adelante con lo imprescindible. Niños para quienes ir a la escuela era una excepción, comunidades aisladas donde la enfermedad formaba parte de la rutina porque faltaban los servicios más básicos.

Perú la recibió con una mezcla de contrastes que todavía hoy le cuesta resumir. «Me encontré con un país desconcertante. Un lugar donde conviven la pobreza y la riqueza, la tristeza y la alegría, la muerte y la vida». Casi medio siglo después continúa utilizando exactamente el mismo adjetivo. En estos años ha visto pasar gobiernos de todos los signos, periodos de crecimiento económico, crisis institucionales y una inestabilidad política que sigue condicionando el presente del país. Nada de eso ha borrado las desigualdades con las que se encontró en 1978.

Con algunos de sus niños

De hecho, reconoce que la situación atraviesa hoy otra etapa complicada. Quienes trabajan desde hace décadas junto a las comunidades más vulnerables observan con preocupación la incertidumbre política que vive el país. Aun así, ella evita instalarse en el pesimismo. «La palabra de Dios va de ponerla en práctica, y los cambios no llegan de un día para otro».

Aquellos primeros meses también desmontaron muchas de las ideas con las que había salido de España. Llegó pensando que su misión consistía en ofrecer respuestas. Con el tiempo entendió que antes debía aprender a hacer preguntas. «Tuve que cambiar completamente mi manera de ser para poder quedarme».

Anunciar el Evangelio con los hechos

Ese aprendizaje terminó marcando toda su manera de entender la misión. Cuando habla de evangelizar, no habla de convencer a nadie ni de grandes discursos. Habla de compartir la vida de quienes tienen menos oportunidades y acompañarles, día a día, para que alcancen unas condiciones de dignidad. «El Evangelio se anuncia sobre todo con el compromiso y con la transformación de aquellas situaciones que impiden a las personas vivir con dignidad. Más que anunciarlo con palabras, intento anunciarlo con la vida».

Esa convicción ha orientado todas las decisiones que ha tomado desde entonces. Nunca entendió la acción social como una actividad paralela a su vocación religiosa, sino como la forma palpable de vivirla. Para ella, la fe adquiere sentido cuando mejora la vida de las personas, o sea, cuando un niño encuentra protección, cuando una mujer consigue sostener económicamente a su familia o cuando un pueblo aprende a organizarse para resolver por sí mismo los problemas que durante años parecían inevitables.

Agua: no la demos por supuesta

Con esa idea nació hace 28 años ANE Perú Trinitarias, Solidaridad y Desarrollo, la organización con la que su congregación canaliza el trabajo que ya venía realizando sobre el terreno. Hoy acompaña a menores que viven situaciones familiares extremas en los hogares Ainewasi, impulsa las Escuelas para la Paz, desarrolla programas de formación para mujeres y promueve iniciativas de economía solidaria para que las comunidades puedan sostenerse con sus propios recursos. Otra de sus prioridades ha sido el acceso al agua potable. En Pueblo Nuevo han participado en la construcción de sistemas de abastecimiento en 23 comunidades que carecían de ellos y, una vez terminadas las obras, ayudaron a crear juntas administradoras formadas por los propios vecinos para garantizar su mantenimiento. «Para muchas personas abrir un grifo en casa puede parecer algo normal, pero allí cambia completamente la vida», explica.

Perú, su casa

Aunque lleva casi medio siglo viviendo en Perú, Mallorca sigue ocupando un lugar importante en su historia. No nació en la isla, pero pertenece a una congregación fundada en Felanitx en 1810 y siempre que regresa a España procura pasar unos días allí. También desde Baleares llega una parte importante del respaldo que hace posible muchos de estos proyectos. El Gobierno balear, el Fons Mallorquí de Solidaritat i Cooperació y el Fons Pitiús figuran entre las instituciones que colaboran con una labor que, insiste, nunca podría desarrollarse en solitario. «Trabajamos junto a los gobiernos locales, las autoridades y las propias comunidades. El trabajo aislado da pocos resultados; hay que implicar a toda la sociedad». A ese esfuerzo se suma el de decenas de voluntarios que cada año viajan hasta Perú para compartir durante un tiempo la vida de las comunidades. En estos momentos, una profesora del colegio El Temple, de Palma, colabora en los hogares Ainewasi con los cerca de sesenta niños y niñas que viven allí.

Después de cuarenta y ocho años, sigue hablando del futuro con la misma naturalidad con la que recuerda su llegada a Perú. No cree que el trabajo termine nunca porque las necesidades tampoco desaparecen. Cuando le preguntan qué significa para ella el desarrollo social desde la fe, responde con una cita de san Ireneo que ha terminado convirtiéndose en una guía de vida: «La gloria de Dios está en que el hombre viva». Quizá por eso, cuando habla del Evangelio, acaba volviendo siempre al mismo lugar. No a un templo ni a un púlpito, sino a una casa donde un niño encuentra refugio, a una mujer que descubre que puede salir adelante por sí misma o a una comunidad que, por primera vez, deja de preocuparse por si el agua que bebe la enfermará al día siguiente. Allí, sostiene, es donde empieza todo.