Son Gallard, donde habitó la única santa mallorquina

Coincidiendo con las fiestas de La Beata de Santa Margalida, recorremos la historia de esta mítica posesión, ubicada entre Deià y Valldemossa, donde vivió de joven santa Catalina Thomàs antes de abrazar la vida religiosa

El santuario religioso de Santa Catalina Tomás en MallorcaJavierVenturaSimon

Muchas fincas rústicas mallorquinas esconden apasionantes historias. Ocultas en sus recios caserones o evocadas en sus campos y sus paisajes, solo cabe aguzar el oído -a veces el ingenio- para rescatarlas del olvido. En ocasiones estas historias son desconocidas incluso por sus actuales propietarios, que las compraron recientemente sin que nadie les transmitiera el bagaje cultural o de tradiciones que albergaban.

No es el caso, evidentemente, de son Gallard, ubicada entre Deià y Valldemossa. Pudiera parecer un predio como tantos otros, con sus «casas» señoriales, sus escondidos recovecos y sus hermosas tierras que parecen precipitarse hacia el abismo marino que las rodea. Pero esta finca -que en un tiempo fue la más extensa de la comarca- tiene una particularidad que no posee ninguna otra porque en ella habitó una santa. En realidad la única santa que tenemos en Mallorca, donde es conocida por «La Beata» o «sa Beateta» que, naturalmente, antes de ser canonizada en 1930, pasó por el estado de beatificación que le fue otorgado en 1792.

Catalina pertenecía a una importante familia oriunda de Llucmajor y perdió a sus padres en la niñez

Hay que remontarse a una época relativamente lejana -mediados del siglo XVI- para encontrar la huella de santa Catalina Thomás en son Gallard. Aunque la historia de esta mujer está envuelta en un halo de tradiciones y leyendas, tenemos la certeza histórica de que Catalina vivió durante tiempo en el predio. La tradición popular la sitúa en un escenario de pobreza, la muestra como una simple payesa que trabajaba en la finca y llevaba el almuerzo a los «pobres jornaleros» que trabajaban aquellas tierras. Nada más lejos de la realidad. Catalina pertenecía a una importante familia oriunda de Llucmajor y perdió a sus padres en la niñez. Su madre falleció cuando ella tenía solamente tres años. A la muerte de sus progenitor, también temprana, pasó a vivir una temporada con su hermana Margalida.

Finalmente, serían los señores de son Gallard, que eran sus tíos, quienes la acogieron en la lujosa mansión, la atendieron y cuidaron hasta que ella decidió abrazar la vida religiosa, algo que sus parientes y protectores no vieron con buenos ojos, por cierto. La tradición popular la ubica en Valldemossa, donde había nacido, y antiguas canciones hablan de los tormentos que le infligía el diablo. Es posible que, en realidad, fuesen esclavos que en algunas ocasiones pudieron haberla molestado en las calles del pueblo o en terrenos aledaños a la finca de sus tíos.

Hasta tres comunidades religiosas rechazaron su ingreso y al final las tres pugnarían por acogerla

Catalina era una muchacha vivaz, aunque algo retraída, Desde pequeña dio muestras de su acendrado misticismo. Durante su estancia en son Gallard, en la ermita de la Trinidad, recóndita y austera, conoció a un ermitaño dedicado a la vida contemplativa, entre olivos y bancales. José Carlos Llop, el gran escritor mallorquín, recreó magistralmente aquellos parajes en una de sus mejores obras.

El santo varón que vivía en la soledad eremítica, pudo ser uno de los primeros confidentes de aquella muchacha que anhelaba el retiro y la contemplación, lejos del mundanal ruido. Parece que fue él quien, tras escuchar sus repetidos ruegos, la puso en contacto con algunas comunidades religiosas de Palma. Pero surgió un problema: Catalina, como huérfana que era, carecía de dote lo que en aquellos tiempos ahítos de religiosidad suponía un obstáculo prácticamente insalvable para ingresar en un convento. Solo la tenacidad de la joven -poseedora, además, de una inteligencia más que notable- lograría superar aquellas barreras. Hasta tres comunidades religiosas rechazaron su ingreso y al final las tres pugnarían por acogerla. Finalmente, Catalina se decidió por el convento de las Canonesas de Santa Magdalena, en Palma.

Allí destacó por su humildad y entrega pero, sobre todo, por sus experiencias místicas. Pronto se corrió la voz de que en aquel convento habitaba una joven que entraba en éxtasis, que decía hablar con sus padres fallecidos y que daba muestras de un nivel de experiencia espiritual fuera de lo común. Todo el mundo quería conocerla, acudían al edificio conventual para solicitar el favor de sus invocaciones, pedirle que actuara como puente y mediadora con el cielo. Ella atendía a todos con deferencia, incluso con simpatía, pero buscaba el retiro de su celda, la penumbra de la iglesia donde encontraba la paz que tanto había ansiado y por la que tanto luchó.

Surge el perfil de una mujer fuerte y valiente, dotada de un recio carácter y poseedora de una prosa delicada, que denota una gran formación

Pero volvamos atrás en el tiempo. ¿Qué hacía la joven Catalina en son Gallard? Seguramente ayudaba en lo que podía en el día a día de la casa. Hacia los años cuarenta del siglo pasado en la cocina de la finca aún se podía ver y tocar el suelo que ella seguramente pisó muchas veces. Unas obras de conservación posteriores alteraron aquella situación. La cocina actual conserva el estilo propio de esas estancias, con sus enseres tradicionales, su chimenea y sus rincones característicos. El resto de la casa tiene indiscutible sello de señorío. En 1925 la finca fue adquirida por el barón de Pinopar, quien la destinó a residencia de sus más ilustres invitados.

Más allá de las leyendas y tradiciones sobre la santa -festejada en Palma, Valldemossa, su pueblo natal, y Santa Margalida, donde cada primer domingo de septiembre se celebra una procesión típica que atrae a numerosos visitantes y es el orgullo del pueblo- las figura de Catalina Thomàs está siendo estudiada actualmente desde otros prismas. Surge el perfil de una mujer fuerte y valiente, dotada de un recio carácter y poseedora de una prosa delicada, que denota una gran formación. Una mujer adelantada a su tiempo, que luchó contra los prejuicios que la hubiesen condenado a una vida confortable pero vulgar.