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Valldemossa antes de Instagram: el invierno que convirtió un pueblo de Mallorca en un mito

De refugio en la Tramuntana a mito viajero: la historia que convirtió Valldemossa en un lugar universal

Hay lugares que se hacen famosos porque alguien fue feliz en ellos. Valldemossa pertenece a una categoría bastante más interesante: se hizo célebre gracias a unas vacaciones que salieron mal. En noviembre de 1838, Frédéric Chopin y George Sand llegaron a Mallorca buscando exactamente lo que todavía hoy busca buena parte de quien desembarca en la isla fuera de temporada: clima, aislamiento y la fantasía de que el Mediterráneo puede arreglar ciertas cosas. No las arregló.

Chopin estaba enfermo. Llovió. Hizo frío. Los habitantes del lugar miraron con recelo a aquella pareja que viajaba sin estar casada. Encontrar alojamiento resultó complicado y la convivencia con la Mallorca rural del siglo XIX estuvo bastante lejos del idilio. Pero de aquel invierno incómodo salió algo extraordinariamente duradero: el mito de Valldemossa. Casi dos siglos después, miles de viajeros siguen subiendo desde Palma hasta este pequeño pueblo de la Serra de Tramuntana para visitar la Cartuja, fotografiar sus calles de piedra y buscar, de alguna manera, las huellas de aquellos meses de 1838 y 1839.

La paradoja es fascinante. George Sand tituló el libro que escribió después Un invierno en Mallorca. Su relato no fue precisamente una campaña de promoción turística y, sin embargo, pocas personas hicieron tanto por colocar Valldemossa en el mapa.

Antes de Chopin estaba el rey

Para entender Valldemossa hay que quitar primero a Chopin del encuadre. Mucho antes de que llegaran el compositor polaco y la escritora francesa, este rincón de la Tramuntana ya había llamado la atención de alguien poderoso.

A comienzos del siglo XIV, el rey Jaime II de Mallorca mandó construir aquí una residencia para su hijo Sancho. La elección no era casual. El valle, elevado y protegido por la montaña, ofrecía unas condiciones diferentes a las de Palma y la costa. Aquel palacio acabaría cambiando de vida. En 1399 fue cedido a los monjes cartujos. Durante los siglos siguientes, la antigua residencia real se transformó en monasterio: la Real Cartuja de Valldemossa que hoy constituye el corazón monumental del pueblo.

La historia volvió a dar un giro en el siglo XIX. La desamortización de Mendizábal provocó la salida de los cartujos y las antiguas celdas monásticas pasaron a manos privadas. Y fue precisamente ese cambio de propiedad el que permitió que, pocos años después, dos extranjeros bastante poco convencionales pudieran instalarse allí durante un invierno. La Cartuja había dejado de ser solamente un monasterio. Estaba a punto de convertirse en escenario literario.

Un invierno de 1838

George Sand no se llamaba George Sand. Era el seudónimo de Amantine Aurore Lucile Dupin, una de las escritoras más conocidas y heterodoxas de la Francia de su tiempo. Separada, independiente y acostumbrada a desafiar las convenciones sociales, viajó a Mallorca acompañada de sus hijos y de Chopin. El compositor tenía entonces 28 años.

La idea inicial era pasar el invierno en un lugar de clima benigno que pudiera favorecer su delicado estado de salud. Mallorca, todavía muy alejada de la isla turística que conocería el siglo XX, ofrecía además distancia respecto a París. Primero se alojaron cerca de Palma. Después terminaron instalándose en Valldemossa. Y allí comenzó el desencanto.

El invierno fue particularmente húmedo. La Cartuja era fría. El estado de salud de Chopin provocaba temor entre los habitantes de la zona y la pareja descubrió que la sociedad mallorquina de la época era bastante menos receptiva a sus costumbres de lo que habían imaginado. Sand no olvidaría el recibimiento.

En Un invierno en Mallorca, publicado unos años después, dejó una descripción fascinante y con frecuencia feroz de la isla y sus habitantes. El libro mezcla paisaje, observación, irritación, romanticismo y prejuicios propios de una viajera europea del XIX.

La otra protagonista: la Tramuntana

Hay una razón geográfica detrás de buena parte de esta historia. La Serra de Tramuntana recorre el noroeste de Mallorca como una columna vertebral de piedra. Durante siglos condicionó la agricultura, los caminos, la arquitectura y la forma de vivir de las poblaciones de esta parte de la isla. El paisaje cultural de la sierra fue declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2011.

Pero esa definición administrativa se entiende mucho mejor mirando alrededor de Valldemossa. Las terrazas agrícolas, los olivares, los caminos y las construcciones de piedra seca recuerdan que este paisaje que hoy consideramos hermoso no es únicamente naturaleza. Es también el resultado de generaciones intentando cultivar y habitar un territorio difícil.

Santa Catalina antes que George Sand

Hay además otra mujer cuya presencia en Valldemossa es mucho más antigua que la de la escritora francesa. Catalina Thomàs nació aquí en 1531. La religiosa mallorquina, posteriormente canonizada, sigue formando parte de la identidad cotidiana del pueblo. Al caminar por algunas calles del casco antiguo aparecen pequeñas placas y azulejos dedicados a ella en las fachadas.

La coca de patata y la importancia de sentarse

Este pequeño bollo dulce y extraordinariamente esponjoso se ha convertido en una de las señas gastronómicas del pueblo. Su aspecto es modesto. No necesita demasiada explicación ni una reinterpretación contemporánea para funcionar. Puede acompañarse con café, chocolate o una bebida fría, dependiendo de la estación.

En un lugar sometido a millones de fotografías, quizá el pequeño lujo sea dejar de fotografiarlo durante media hora y disfrutar de su mejor dulce.