Desde la retaguardiaMiquel Segura

De cómo el 11-S me convirtió en editorialista por unos días

Cuando apenas había escrito unas pocas líneas vi como un segundo avión embestía contra una de las Torres Gemelas. Estaba aterrorizado. No sabía qué pensar y tenía que escribir un editorial de urgencia, que se publicaría en una edición especial

Aunque ahora parezca mentira, hace 25 años yo «bajaba» cada día a Palma para escribir mi columna diaria en el periódico «Ultima Hora». Así lo hice también aquel 11 de setiembre de 2001, un día especial, ya que mi hijo Jaume, hoy embajador, se enfrentaba a una de las pruebas más duras de las oposiciones a la Carrera Diplomática; al final resultaría una fecha trascendental en la historia de la humanidad.

Recuerdo que almorcé en un restaurante italiano del paseo Mallorca y, sobre las tres de la tarde, caminaba con cierta displicencia hacia la redacción. Lo importante era «pillar» un ordenador antes de que llegase la barahúnda de redactores y jefes de sección pues en aquella gran sala -como ocurre ahora mismo en Mallorca -no había sitio para todos. Justo antes de cruzar las vidrieras recibí una llamada desde casa. Entonces los móviles eran grandes y negros, estridentes. Pensé que era muy pronto para que tuviesen noticias de Madrid pero no pude evitar que el corazón me diese un vuelco. La voz de mi hija era profunda y en seguida supe que había ocurrido algo muy grave.

-¿Estás viendo la televisión? En Nueva York está pasando algo espantoso...

Subí a la redacción sin esperar el ascensor y al entrar había perdido el resuello. Allí no había absolutamente nadie pero en un pequeño televisor colgante pude ver la terrorífica imagen: un avión comercial estrellándose contra un rascacielos. Pensé en un accidente pero pronto supe que estaba presenciando el mayor atentado terrorista de la historia en vivo y en directo. Con la mirada recorrí la sala vacía, tenía la esperanza de encontrar un rostro amigo con el que compartir aquel horror. Pero estaba solo. En aquel momento supe que mi deber era llamar al director. Pere Comas aún no sabía nada y reaccionó con el espíritu de periodista de raza que llevaba dentro.

Sentí un estremecimiento y de pronto supe que el mundo nunca volvería a ser el mismo

-Deja la columna, no pienses ahora en ello. Sitúate frente al televisor y empieza a escribir un editorial. Yo voy para allá.

Cuando apenas había escrito unas pocas lineas vi como un segundo avión embestía contra una de las Torres Gemelas. Estaba aterrorizado. No sabía qué pensar y tenía que escribir un editorial de urgencia, que se publicaría en una edición especial. Se me ocurrió una frase para el titular a la que ahora no veo mucho sentido, pero que gustó al director: «Occidente debe reflexionar». No recuerdo nada más de lo que escribí aquella tarde, pero el editorial fue publicado tal como yo lo tecleé en la pantalla. De pronto me di cuenta de que ya no estaba solo. Poco a poco la redacción se había convertido en un hervidero de gente. Avanzada la tarde, cuando ya sabíamos que un tercer avión había impactado contra el Pentágono, vi entrar a un periodista veterano, ya retirado, que en su juventud había sido depurado por el régimen de Pinochet. No disimuló una siniestra sonrisa mientras contemplaba, una y otra vez, las terribles imágenes. Sentí un estremecimiento y de pronto supe que el mundo nunca volvería a ser el mismo.

Aquel día no escribí mi columna habitual. En las jornadas siguientes -creo que fueron dos- redacté otros editoriales. No sé ni como tuve el valor de hacerlo. Ahí estarán, en las hemerotecas. Me gustaría releerlos.