Las puertas de Menorca que no salen de una fábrica

Las puertas de Menorca que no salen de una fábricaGetty Images/iStockphoto

Ocio en Baleares

El viejo oficio menorquín de convertir ramas de acebuche en puertas

Las barreres d’ullastre llevan generaciones cerrando las fincas menorquinas. Se fabrican con acebuche, siguiendo las formas caprichosas de sus ramas, y todavía sobreviven artesanos capaces de hacerlas

Quien haya recorrido el Camí de Cavalls las habrá abierto más de una vez. Están entre dos paredes de piedra, a la entrada de una finca o en mitad de un camino, y detrás suele haber un campo con vacas, ovejas o caballos. Son las barreres d’ullastre, uno de esos elementos que llevan tanto tiempo formando parte del campo menorquín que resulta difícil precisar cuándo empezaron a hacerse. El material es el acebuche, el olivo silvestre que crece por toda la isla y que aquí se conoce como ullastre. Su madera es dura y resistente, dos cualidades muy convenientes para una puerta que va a pasar años bajo el sol, la lluvia y la tramontana.

El problema (si puede llamarse así)es que el acebuche no produce maderas dóciles. Crece despacio y sus ramas se retuercen. El artesano tiene que buscarlas en el campo, escoger las que pueden servir y dejarlas secar. Después empieza un trabajo que depende bastante más del ojo que de las medidas. Una rama que se curva hacia un lado puede encajar en una parte de la puerta y resultar inútil en otra. No se trata de enderezarla, sino de encontrarle sitio.

De ahí el aspecto de las barreras antiguas. Los travesaños no siguen siempre la misma línea, los grosores cambian y cada puerta acaba siendo ligeramente distinta. La madera conserva las irregularidades que tenía cuando formaba parte del árbol.

Una seña de identidad

Durante mucho tiempo no hubo nada especialmente pintoresco en ellas. Eran puertas de campo. Menorca es una isla atravesada por paredes de piedra seca que delimitan las parcelas y permiten organizar el ganado. En algún punto de esas paredes había que dejar una entrada. Las barreras de acebuche resolvían el asunto con un material abundante y cercano.

Todavía lo hacen. Basta alejarse de las urbanizaciones costeras y recorrer las carreteras del interior para encontrarlas en las entradas de los llocs, las explotaciones rurales menorquinas. También aparecen continuamente en el Camí de Cavalls, que atraviesa terrenos donde la actividad agrícola y ganadera no se ha detenido porque ahora pasen excursionistas.

Como tantos trabajos rurales, fabricar una barrera dejó de ser una necesidad cuando aparecieron alternativas más rápidas y baratas. Una puerta industrial llega terminada, tiene medidas exactas y no exige salir al monte a buscar una rama adecuada ni esperar a que la madera seque. El oficio fue perdiendo terreno.

Pero no desapareció. En Menorca todavía hay artesanos que fabrican barreres y reparan las que llevan años en las fincas. Algunas se encargan ahora para casas y jardines, donde la vieja puerta agrícola ha adquirido un valor que antes no tenía.

Las mejores siguen siendo las que uno encuentra por el camino, gastadas y algo torcidas, entre dos paredes de piedra. Se abre una, se cruza y se oye el golpe de la madera al cerrarla. Al otro lado, las vacas siguen pastando.

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