Desde la retaguardiaMiquel Segura

La semana del cabreo, la furia, el fastidio, la indignación y la angustia

¿Trabajar para esto? Quizá deberían acogerse a las medidas impulsadas por el estado de la precariedad: dos paguitas por ahí, cuatro trabajitos en black por allá y a empujar el año

La palabra de la semana es «cabreo», en mallorquín de sa Pobla «emprenyadura». El personal de a pie, señoras y señores, está furioso, molesto, indignado, fastidiado y angustiado. Por diversas razones, claro está. A los mallorquines medios, los que quedamos, nos están dando tortas, mamporros, sopapos y clatellades (collejas) por todos los lados. La última -en la frente y con la fuerza de una piedra lanzada por un hondero balear- el desmesurado precio de los combustibles.

Empecemos por ahí. El precio de la gasolina -a dos euros el litro!- y del gasóleo, imprescindible para cualquier actividad empresarial, se ha puesto por las nubes. Agricultores y pescadores están echando cálculos y descubriendo con horror que los costes les están dejando sin beneficios, y que así no vale la pena. No hablemos de los sufridos automovilistas, esa gente que trabaja lejos de su lugar de residencia y a la que cada llenado de depósito les cuesta más de 60 euros. Sus sueldos están anclados en los tiempos de Maricastaña y entre impuestos y costes desaforados los cuartos se les van en los primeros quince días de cada mes. ¿Trabajar para esto? Quizá deberían acogerse a las medidas impulsadas por el estado de la precariedad: dos paguitas por ahí, cuatro trabajitos en black por allá y a empujar el año. Por supuesto, nada de restaurantes de medio nivel, ni escapadas de puente a Malta o a ver los castillos del Loira, el fregar se va a acabar y el invierno que viene puede llegar a ser muy duro.

Lo de las pateras de la Colonya de Sant Jordi, al igual que lo de la vergüenza de Ceuta, es otra cosa. La gente tiene miedo y no es para menos.

Un socialista con el que tengo la santa paciencia de tomar café algún día, me decía que el gobierno de Madrid -no digamos ya el de aquí- no puede hacer nada para paliar esta situación, que la culpa es de Trump y de Netanyahu y que «la oleada de fascismo que se nos viene encima -¿dónde habré leído antes esta frase?- no hará sino empeorar las cosas. Por su parte, mi compañero cafeteril, que trabaja en dos oenegés a la vez -una dedicada a explicar a los tiernos infantes que el género es un invento del heteropatriarcado, del que, una vez más, habría que culpar a Israel, concretamente a Abraham, Yitzac y Jacob- y la otra afanada en acoger y atender a los “menas» que llegan a nuestras costas. En general, dice que le va bastante bien, que él no se queja.

--Pues sí que puede hacer, tu amado líder -le digo- rebajar impuestos a los que trabajan y cotizan y suprimir estipendios inútiles y jugosas prebendas a los manumitos del «Régimen».

Y así llegamos al segundo motivo de cabreo del personal doliente y pagano (de pagar). Baleares ya supera a Canarias en la llegada de pateras cargadas de inmigrantes ilegales, en general argelinos y subsaharianos. Que conste que escribo esto después de mecer entre mis brazos a Nishrim, una preciosa bebé de cinco meses de padres marroquíes, cuya mamá trabaja de asistenta en casa un par de horas al día. La niña nació en Mallorca y en la lengua de esta tierra -estoy seguro- pronunciará sus primeras palabras. Pero es que lo de las pateras de la Colonya de Sant Jordi, al igual que lo de la vergüenza de Ceuta, es otra cosa. La gente tiene miedo y no es para menos. Las crónicas de sucesos andan llenas de episodios sanguinarios protagonizados por supuestos «menores no acompañados» que un día fueron acogidos por nuestras instituciones y ahora andan por son Gotleu buscándose la vida. Ya puede desgañitarse la presidenta Prohens solicitando al gobierno central medidas al respecto. No moverán un dedo porque a Marlaska y Puente ya les va bien que estas islas se conviertan en un remedo del lejano oeste. Les va muy bien y esos no tienen ni vergüenza ni sentido de la responsabilidad. No harán nada.

Se lo dijeron a un tío mío que rodó por las escaleras: «No se preocupe que mañana se encontrará peor». Roguemos.