Faro de Barbaria, en Formentera
Ocio y cultura
Formentera antes del turismo: así era la vida en la isla hace un siglo
Mucho antes de convertirse en uno de los destinos más codiciados del Mediterráneo, la menor de las Pitiusas vivía del campo, la pesca y las salinas, con el mar como única vía de comunicación con el exterior
Hace 17 años, una de las cerveceras más conocidas de España lanzó el anuncio del verano. El escenario era Formentera y la historia, un romance de vacaciones entre playas, atardeceres y noches que parecían no tener hora de regreso. Si no les suena, busquen en YouTube «Summercat», de los suecos Billie the Vision & the Dancers. Es probable que los primeros acordes basten para devolverles a aquel verano de 2009.
El anuncio de Estrella Damm contribuyó a llevar a millones de pantallas una determinada imagen de Formentera: una isla luminosa, despreocupada y todavía alejada de las multitudes asociadas a otros destinos del Mediterráneo. No descubrió Formentera, por supuesto. Hacía décadas que recibía visitantes. Pero aquella campaña ayudó a fijar en el imaginario de muchos españoles una forma muy concreta de entender la menor de las Pitiusas.
En 2026, la situación es bien distinta. Formentera es uno de los destinos más conocidos del Mediterráneo español y durante los meses de verano recibe una presión turística difícil de comparar con la vida que llevaba la isla hace apenas unas generaciones. Ahora, además, suma otra derivada -completamente opuesta- que es la llegada de massiva de pateras con inmigrantes a bordo. La isla está desbordada por la inmigración ilegal,, pero eso es harina de otro costal.
Esto es un aperitivo de aquella Formentera anterior a las pateras, hoteles, restaurantes y ferries que diariamente vomitan miles de pasajeros. Hace un siglo, una parcela de tierra podía ser más útil que una playa y una cisterna llena suponía algo bastante más serio que tener buenas vistas. La economía dependía del campo, del mar y, para muchas familias, de un jornal en las salinas.
Vivir de una tierra con poca agua
A comienzos del siglo XX, buena parte de la actividad de Formentera giraba alrededor de la agricultura. Se cultivaban cereales, especialmente trigo, además de higueras y viñas. La ganadería ayudaba a completar la economía familiar. Una parte considerable de lo producido tenía un destino inmediato: la propia casa.
El problema era el agua. Formentera no cuenta con ríos y la irregularidad de las lluvias obligó durante generaciones a ingeniárselas para recogerla y conservarla. Pozos, aljibes y cisternas eran elementos habituales de las viviendas y explotaciones rurales. Su función era bastante menos pintoresca de lo que hoy puede sugerir una construcción antigua junto a un camino.
También las casas respondían a las necesidades del campo. Y los molinos que aún quedan repartidos por la isla tenían una utilidad evidente: transformar el cereal en harina. El pan empezaba mucho antes de llegar al horno.
Algo parecido ocurre con una de las imágenes más peculiares del paisaje formenterense: las higueras sostenidas mediante estacas. Los árboles se guiaban para extender sus ramas y facilitar su cultivo. Los higos podían consumirse frescos o secos y formaban parte de una alimentación condicionada por aquello que la isla era capaz de producir.
Las salinas daban trabajo
El campo, sin embargo, no lo explica todo. Durante buena parte de la historia contemporánea de Formentera, las salinas fueron una de sus principales actividades económicas. La obtención de sal aprovechaba un sistema de estanques en los que el agua del mar iba aumentando su concentración hasta permitir la cristalización. La explotación requería mano de obra y ofrecía jornales a habitantes que tenían pocas alternativas para conseguir ingresos en metálico.
El trabajo era duro y estacional. Pero el salario tenía una importancia considerable en una economía donde buena parte de la producción agrícola se destinaba al consumo familiar. La sal podía venderse fuera de Formentera. Ese detalle cambiaba las cosas.
La pesca ocupaba otro espacio en la economía doméstica. Las pequeñas embarcaciones servían para faenar cerca de la costa y los varaderos que todavía sobreviven en distintos puntos de la isla permiten hacerse una idea de aquella relación con el mar. Una barca era, ante todo, una herramienta.
Hasta que llegaron los turistas
El cambio se aceleró durante la segunda mitad del siglo XX. Formentera empezó a recibir un número creciente de visitantes y aparecieron nuevos negocios vinculados a ellos. Alojamientos, establecimientos de restauración y servicios fueron modificando una economía que durante generaciones había dependido de actividades muy diferentes.
También cambió el valor de la tierra. Una parcela ya no valía únicamente por los cereales que pudiera producir o por su capacidad para alimentar animales. La costa, que durante siglos había sido espacio de pesca, desembarco o aprovechamiento de recursos, empezó a adquirir un valor completamente distinto.
La transformación fue rápida. Las comunicaciones con Ibiza mejoraron, el sector servicios ganó peso y la agricultura perdió buena parte del protagonismo que había tenido en la vida cotidiana. Las salinas mantuvieron su actividad hasta la década de 1980.
Quedan huellas de aquella Formentera. Están en los molinos, en las cisternas de las casas antiguas, en los caminos, en los varaderos y en esas higueras extendidas sobre soportes que desconciertan a quien las ve por primera vez.