La basura como indicador de que la crisis ya está aquí
El dato me lo facilitó un probo funcionario municipal como prueba irrefutable de que tantos los turistas como los nativos paseantes dejan de acudir a los restaurantes y cafeterías y se traen la manduca de casa o del hotel
Mientras Iago Negueruela consigue el premio al más tonto del lugar - ¿Lo dará también Ernest Urtasun?- con su absurda propuesta de limitar el uso del transporte público a ciertos turistas para aliviar la presión de los pobrecitos nativos -entre los que me cuento- Marga Prohens le está viendo las orejas al lobo de la crisis que viene y exige al desgobierno de Madrid que se apresure a rebajar el IVA de los carburantes y alimentos básicos.
Debería hacerle caso, el «Sánchez uno», ahora ocupado en partir peras con el alcalde musulmán de Nueva York, por el que siente -según me han dicho- una gran admiración. Ni siquiera a un individuo como don Pedro, tan impermeable a la realidad de la calle, le conviene que vaya en aumento el malestar que anida ahora mismo entre la gente que nada sabe de política pero que tiene muy claro que las privaciones van a ser parte de su vida en este otoño-invierno que acabamos de enfilar. No se trata de lo que desde hace tiempo vienen padeciendo las clases bajas de este país, sino de familias que años atrás eran económicamente estables y que ahora mismo han decidido comer una sola vez al día para tratar de estirar el magro sueldo o la insuficiente pensión.
Las cuentas no salen, es algo tan sencillo como eso y no hace falta tener el título de economista para percibirlo -más allá de la propia percepción, que esa esa es otra- a través de indicadores que no se estudian en las universidades. Uno de ellos es el volumen de la basura acumulada -especialmente en los pueblos considerados turísticos- en los contenedores destinados a tal efecto.
El dato me lo facilitó un probo funcionario municipal como prueba irrefutable de que tanto los turistas como los nativos paseantes dejan de acudir a los restaurantes y cafeterías y se traen la manduca de casa o del hotel. A eso los mallorquines de mi tiempo lo denominaban menjar a pa taleca, o sea consumir alimentos transportados en sus alforjas en vez de recurrir a los buenos oficios del mesonero. «En los primeros meses de esta temporada -mi informante se refería concretamente a los días de mercado- recogíamos una cantidad de desechos alimenticios mucho menor que la que recogemos ahora».
Uno de los indicadores es el volumen de la basura acumulada —especialmente en los pueblos considerados turísticos— en los contenedores destinados a tal efecto»
Otrosí digo referente a las gasolineras. El encargado de la de mi pueblo -superviviente a la escabechina efectuada en el sector por las grandes compañías low cost- se queja de que ya casi nadie llena el deposito. «Póngame treinta euros de carburante y ni uno más»- le dicen al buen señor mientras miran desesperadamente el panel de precios. Y así podríamos seguir y las cajeras de las grandes superficies -que un servidor evita en lo posible porque soy un defensor del pequeño comercio- tendrían mucho que explicarnos al respecto.
Así que a Prohens le ha sido entregado en bandeja de plata un nuevo argumentario para su pre campaña electoral. Un arma de doble filo, en realidad, porque hay mucho ciudadano suelto por ahí que no distingue entre gobiernos, competencias o jurisdicciones. En cualquier caso, si lo usa bien, puede ser un filón para avivar todavía más el descontento de la ciudadanía ante todo lo que suene a socialismo. Sánchez no solo no tiene las llaves del país -150 y pico de nuevos inmigrantes ilegales llegaron ayer a las costas de Baleares- sino que está feliz haciendo caja a costa de la inmisericorde subida de precios que sufren l'amo en Tomeu i madò Maria. Porque, está claro: cuanto más sube el precio de la gasolina, más ingresa el estado vía impuestos.
El malestar es serio y va a ir a más. Creo que el Govern debería saber canalizarlo antes de que algún gurú de la izquierda acierte a volverlo en su contra.